Deutscher y Berlin | Letras Libres
artículo no publicado

Deutscher y Berlin

Issac Deutscher, importante biógrafo de Trotsky, tuvo una larga rivalidad intelectual con Isaiah Berlin.

Entre los primeros libros serios que leí estuvieron la trilogía de Isaac Deutscher (1907–1967) sobre Trotsky y su equívoco libro sobre Stalin. Ese judío polaco refugiado en Inglaterra fue para mí, lo que un siglo atrás, habrá sido, para los jóvenes lectores de Michelet o Lamartine, la introducción a la historia de las revoluciones modernas. Leí a Deutscher –y conmigo muchos otros– antes que al propio Trotsky o a Lenin, lo cual tiene lógica: ésa es la misión de un divulgador como él  (o como decían apropiadamente los rusos, de un publicista) armado de una magnífica pluma. No he releído aquellos libros editados y traducidos para Era, en México, por José Luis González, de memorables títulos (los dedicados a Trotsky: El profeta armado, El profeta desarmado, El profeta desterrado) pero los he consultado en algunas ocasiones, los tengo a la vista en mi biblioteca y me propongo releerlos alguna vez, para ejercer la vanidad de la relectura (acordarse de uno mismo en el espejo impreso) y reconfirmar si Deutscher fue ese gran biógrafo que tirios y troyanos dicen que fue, al cual le debo mi  adicción a las biografías y hasta mi actividad de biógrafo eventual. Actualmente, leo a otros historiadores de la Revolución rusa cuyas opiniones comparto (Robert Service, Orlando Figues, por ejemplo) y tras ellos las ideas de Deutscher me parecen repugnantes, justificaciones de crímenes sin nombre, pero ello no obsta en mi aprecio por sus libros. Porque son, creo, gran literatura histórica, como la de Suetonio o Gibbon o Carlyle –otro de ideas impresentables, que al menos tuvo la coartada de haber anhelado el fascismo como cosa futura sin contemporizar con él, como Deutscher lo hizo; el trotskista preferido por los estalinistas.

Años después, pasados los veinticinco, ya estando en la revista Vuelta, leí a Isaiah Berlin (1909–1997), instigado a hacerlo por Enrique Krauze y gocé de la lectura de uno de los grandes liberales del siglo XX que, como todo pensador importante, es polémico y nos alimenta más con desacuerdos que con ideas fijas (las llamadas convicciones, que tan buena prensa tienen o tenían). Inclusive, el otro día, buscando otra cosa en la hemeroteca virtual de Vuelta, me encontré con una muy mala nota necrológica, escrita por mí tras la muerte de Berlin, en 1997, y sentí vergüenza de haber desaprovechado esa generosa oportunidad de ejercer uno de mis géneros preferidos, la oración fúnebre.

Todo esto viene a cuento porque leí Isaac & Isaiah. The Covert Punishment of A Cold War Heretic (Yale, 2013), de David Caute, la crónica para mí del todo desconocida de la rivalidad que separó al trotskista del liberal a lo largo de los casi treinta años que convivieron en la academia y en la prensa británica; ambos judíos cultivados, agnósticos e integrados que llegaron a la isla huyendo del totalitarismo. Sir Isaiah Berlin se asimiló a las altas esferas, más cercano al arquetipo de los exitosos judíos victorianos en las finanzas y en el poder, mientras Deutscher hizo su fortuna en la izquierda, más allá de la academia, militando contra la guerra de Vietnam hasta que murió sorpresivamente en Roma.

A ambos, agrega Caute, como a todos los judíos en el mundo gentil, los incomodaba el judaísmo y hasta incurrieron en ciertas formas del auto desprecio judío: uno (Isaiah) por razones de clase y arribismo; otro (Isaac) porque el marxismo (Marx y Trotsky así lo creyeron) llevaba al judío más allá del judaísmo. Deutscher fue poco sensible ante el antisemitismo terminal del régimen de Stalin, y Berlin tuvo amistades equívocas entre los alemanes (von Trott, un nazi arrepentido ejecutado tras conspirar contra Hitler en 1944). Berlin despreciaba a Deutscher creyéndolo un judío de aldea aunque la verdad, dice Caute, es que el caballero estuvo más cerca de su antigua religión que el camarada, quien mintió al fabricarse una infancia piadosa.

El villano del libro de Caute es Berlin y presenta a Deutscher como víctima de una venganza ideológica y de un odio teológico sembrado en el campus, cuando el liberal logra impedirle al marxista la posesión de una cátedra en Sussex. Esta le habría impedido malgastar su salud en la prensa  y perpetrar su biografía de Lenin –por las páginas póstumas publicadas habría sido una hagiografía, sin el romanticismo que hermosea la trilogía sobre Trotsky o la real politik desprendida con escándalo de su biografía de Stalin. Berlin, por cierto, tenía buenos amigos en la izquierda, como el historiador del bolchevismo, E.H. Carr al cual creía un tonto útil y no un marxista;  detestaba a Hannah Arendt casi tanto como a Deutscher, no sólo por el discutidísimo Eichmann en Jerusalén, sino por las tinieblas germánicas de su filosofía, pero ella estaba lejos, en Chicago o en Nueva York, de las largas manos de Berlin. Habrá, seguramente, defensas del autor de Contracorriente contra los cargos de Caute, que abarcan otros temas, como Israel y el sionismo.

El efecto de la rehabilitación hecha por Deutscher de Stalin, enfureció tanto a Berlin como a los trotskistas, quienes en su mayoría, en el mundo anglosajón, evolucionaron hacia el anticomunismo. Esa mujer extraordinaria que fue Natalia Sedova, la viuda de Trotsky, ayudó mucho a Deutscher sin dejarle de advertir lo equivocado que estaba en creer que los crímenes de Stalin no lo descalificaban como el gran revolucionario del siglo, el heredero de Lenin, el vencedor de Hitler y que la URSS, sin importar las discusiones bizantinas de los heterodoxos, era una nación socialista. Curiosamente, leyendo en frío a Deutscher junto con Caute, se descubre que el genio político lo tenía Stalin y no Trotsky, que desde que cayó en desgracia a mediados de los años veinte, fue de profecía errada en profecía errada hasta que lo alcanzó en Coyoacán su enemigo mortal. En fin, está vida paralela escrita por David Caute se quedará, me parece, como un clásico de la historiografía sobre la Guerra Fría y sus guerreros. A mí, además, me ha regresado al hogar de las primeras lecturas, al tiempo de mis profetas armados, desarmados, desterrados.