Deuteronomio: día 5 | Letras Libres
artículo no publicado

Deuteronomio: día 5

La última entrega de los fragmentos de un diario hallado en un búnker. 

 

“Y vosotros que erais numerosos como las estrellas del cielo, quedaréis reducidos a un pequeño número por no haber obedecido al Señor Dios”. Dt 28-62

El sargento Gutiérrez se persignó y salió de la iglesia. Aunque era domingo y su esposa y su pequeño hijo lo esperaban en casa, tenía que ir al Servicio Médico Forense para hablar con López. El caso que tenía en sus manos era uno de los más extraños que le habían tocado a lo largo de su carrera. Accidentalmente, trabajadores del sistema de drenaje profundo provocaron un derrumbe en uno de los túneles mientras hacían reparaciones, y descubrieron un búnker secreto. Dentro estaba un hombre muerto, y un cuaderno en el que se relataba su estancia en aquel agujero. El texto era críptico, pero se entendía que el hombre creía en el Juicio Final y por eso se había refugiado bajo tierra. Cómo llegó a esa estación de bombeo abandonada, era una de tantas preguntas que rodeaban aquel misterioso suceso.

López le mandó un mensaje mientras se encontraba en misa, diciéndole que tenía los resultados de la autopsia. Tras despedirse del sacerdote y de algunos parroquianos, se subió a su coche y condujo por calles poco transitadas. El cielo estaba despejado y hacía un clima agradable. ¿El fin del mundo? Qué tontería.

López le ofreció una taza de café y después le entregó el expediente. Mientras lo revisaba, el forense le dijo:

–Hay algo inexplicable.

–Es un caso singular –comentó Gutiérrez, sin despegar la mirada de la páginas–. ¿Pero qué encontraste que no hayamos visto antes?

–Por fuera, el cuerpo de este hombre estaba intacto… –López hizo una pausa, mientras encontraba la manera adecuada de expresarse–. Pero por dentro…

–Lo leeré primero aquí si te sigues tardando.

López tomó aire y se animó a decirlo:

–Parece como si se le hubieran cocido las vísceras.

Gutiérrez dejó de leer el informe. Lo dejó sobre el escritorio y miró fijamente a López. No dijo nada, pero aquellas palabras se clavaron en sus oídos como uñas afiladas.

De regreso a su hogar, Gutiérrez pensó en aquel hombre, en su sombrío refugio subterráneo, y en el contenido del cuaderno de notas. Recordó lo que relataba: el descenso hacia la caverna y el encuentro con la Zarza Ardiente. Y, por alguna razón que en ese momento no pudo comprender, también pensó en su propio hijo, que lo esperaba en casa, con sus juguetes y una sonrisa reluciente. Demasiado reluciente, reflexionó, con una creciente incomodidad. Cuando cruzó la puerta, media hora más tarde, el desasosiego era completo, pero saludó a su familia como si nada ocurriera.

Esa noche, las voces acudieron a su cabeza por primera vez. Creyó que pronto se irían, pero se equivocó: no lo abandonaron jamás.