Deuteronomio: día 3 | Letras Libres
artículo no publicado

Deuteronomio: día 3

La tercera parte del diario hallado en un búnker. 

“Hoy hemos visto que Dios puede hablar al hombre sin que este perezca. Pero no queremos morir devorados por ese gran fuego, y si seguimos oyendo la voz del señor nuestro Dios moriremos. Porque, ¿hay algún mortal que, habiendo oído como nosotros la voz del Dios vivo hablando desde el fuego, haya quedado con vida?” Dt 5-24

Me despertó una fuerte sacudida. Al principio pensé que soñaba, pero después me di cuenta que el búnker se había ensanchado. Fue un terremoto, uno de tantos que vendrán durante la destrucción. Una de las paredes de la vieja estación se derrumbó y ahora hay un hueco, una boca enorme que desea tragarme. La risa que escuché anoche proviene de ahí. ¿Cómo llegó hasta este lugar? Quizá vino conmigo durante el Proyecto Noé y aquí se quedó, esperando pacientemente mi regreso en la oscuridad. Intuyo lo que me espera del otro lado del agujero: palabras hechas de burbujas de sangre y saliva. Pero antes de acudir al inevitable encuentro, debo pensar en cómo era mi hijo cuando estaba vivo, en ese único recuerdo que poseo previo a su  muerte: lo que Dios me permitió guardar en la memoria para saber que no fue una pesadilla, que aquello que destruí era algo hermoso que le arrebaté al mundo, a su madre, pero sobre todo a mí mismo.

Era un día soleado. Mi hijo disfrutaba de los juegos infantiles en el parque. Sonreía. Iba de los columpios al sube y baja, y sonreía. Yo lo observaba, sentado en una banca, con la Biblia entre las manos. Su pelo chino y castaño reverberaba con el sol, y sus dientes blanquísimos refulgían cada que reía. De pronto desapareció. Había bajado la vista un segundo hacia las páginas de la Biblia y, cuando regresé la mirada hacia los juegos, él ya no estaba. Fue una sensación espeluznante. Y no porque me llenara de temor la repentina desaparición de mi hijo, sino porque me di cuenta que su ausencia encajaba perfectamente en el mundo. Cuando mi hijo emergió, segundos después, de uno de los juegos en forma de túnel, riendo como siempre, supe que las voces tenían razón, y que yo debía borrar esa sonrisa. Era demasiado perfecta.

Ahora la voz de mi hijo me llama desde el hueco del muro. Es un borboteo. El siseo de una serpiente. El ruido de un cuerpo momificado que se arrastra en la penumbra. Llevo tanto tiempo escuchándola que comienzo a entenderla. Me dice: Hola, papá. Ven a jugar conmigo aquí abajo. Flotaremos en la oscuridad. Y ya nada podrá separarnos.

Tengo lista una antorcha. Me llevaré solamente este cuaderno. Un viento caliente sopla desde el agujero, y se me unta en la cara, como la lengua de un animal. La risa es más nítida. El juego está empezando a ponerse serio. Miro a la pared y me dispongo a penetrar en su boca hambrienta.

 

(Fuente de la imagen)