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artículo no publicado

Deslinde

Deslinde. Escribir teoría literaria desde América Latina ha sido, históricamente, una tarea con escasos practicantes. La teoría literaria en la región es algo que se lee, se traduce, se consume. Ríos de páginas en inglés, en francés, en alemán y a veces en castizo español inundan las editoriales y las aulas. Dicho en pocas palabras: la teoría literaria es una de esas prácticas culturales que habita una división borrosa entre el cosmopolitismo y el colonialismo. Quizá por eso El deslinde sigue siendo un texto icónico, leído por sucesivas generaciones de críticos en búsqueda de un lenguaje teórico sobre lo literario: Roberto Fernández Retamar, Alfonso Rangel Guerra, Sebastián Pineda Buitrago y Víctor Barrera Enderle, entre los más destacados. Sin embargo, El deslinde es también uno de esos textos monumentales y abrumadores que todos conocen y pocos leen, y, sobre todo, un libro que se lee casi siempre en sí mismo, sin mucha relación con el resto del corpus alfonsino. Ante esto, el reto es volver a pensar la teoría literaria alfonsina a partir de coordenadas que le restituyan su densidad significativa.

Los exegetas de El deslinde han agotado la lectura del texto como método. Propongo entonces leer el libro, y los otros trabajos de Reyes sobre el tema, como gesto intelectual. En la base de la teoría literaria alfonsina se encuentra un acto: pensar desde América Latina en el plano universal. Reyes resiste la idea de pensar desde la periferia o desde la modernidad excéntrica. A lo largo y ancho de su obra se percibe el intento de superar la condición colonial de América Latina pensando universalmente, evitando la mera teorización –o lamento– del lugar periférico del continente. Toda la teoría literaria de Reyes, desde las breves consideraciones sobre la “experiencia literaria” hasta la vasta fenomenografía del ente fluido, se enuncia desde este espacio crítico. Recuperar la teoría literaria de Reyes es, ante todo, una recreación de este gesto. Si las minucias de la metodología alfonsina siguen teniendo vigencia o viven irremediablemente en el anacronismo es, a mi parecer, lo de menos. Más bien, pensar la literatura desde un ethos humanista donde el universalismo no se desea, sino se ejerce, sigue siendo un reto intelectual radicalmente liberador. La casi total ausencia de teoría literaria pensada universalmente desde América Latina –una teoría que supere los colonialismos metodológicos y los complejos de inferioridad intelectual que acechan tanto a las academias como a las escrituras– es un signo inequívoco de lo poco que entendemos el gesto teórico alfonsino.

Aparte del gesto de enunciación, otro elemento de la teoría literaria alfonsina es particularmente iluminador: la noción de “experiencia literaria”. El enfoque en El deslinde ha llevado, en mi opinión, a borrar la dimensión más esencial del pensamiento alfonsino sobre la literatura. Al inicio de La experiencia literaria, Reyes plantea una práctica del lenguaje desde sus condiciones materiales y nos confronta con una “voz humana, a gritos primero y gradualmente articulada en los órganos bucales”, con signos que son “fenómenos sensibles” y con el momento en que “se crea la representación gráfica del habla”. La noción de experiencia es fundamental para la compresión de la teoría alfonsina: para Reyes la literatura no sólo es un ente deslindable sino una práctica profundamente inscrita en lo social y lo material. Para Reyes, la literatura es siempre experiencia, y el deslinde debe intentar, desde lo “humano”, una distinción entre “experiencia pura” y “experiencia específica”. Ante todo, Reyes produce aquí un matrimonio peculiar entre Kant y el idealismo: una crítica de la experiencia que articula el procedimiento con la búsqueda del origen.

Uno de los malentendidos históricos de la teoría alfonsina se encuentra en la idea de que Reyes pretendía encontrar una literatura pura. El mismo Reyes descarta semejante idea: “si nuestro análisis se limitara a la poesía pura, nos quedaría en la probeta una sola gotita de agua, diáfana y radiosa, pero insuficiente para las abundantes manipulaciones a que hemos de entregarnos”. Reyes prefiere no hablar de “fenomenología”, una ciencia dedicada al aislamiento del fenómeno en sí, sino de una fenomenografía, una descriptiva de un fenómeno. El deslinde no plantea nunca la existencia de una literatura-en-sí, sino que construye una heurística que permite la distinción de lo específicamente literario dentro del tejido de lo social. Por este motivo, Reyes utiliza una metáfora química, cuando plantea “una decantación previa que separe el líquido del depósito”. Así como en la realidad material no existe una sustancia pura, sino se requiere la intervención del científico para decantarla, así la literatura en pureza no existe en la práctica literaria: es necesaria la labor del crítico para deslindarla.

Aquí, entonces, radica la teoría literaria de Reyes. La literatura, como fenómeno, está fuertemente atada con la materialidad de lo humano: “El contenido de la literatura es, pues, la pura experiencia.” Esta experiencia sólo existe en su manifestación material, el lenguaje: “la literatura es la actividad del espíritu que mejor aprovecha los tres valores del lenguaje [la gramática, la fonética y la estilística]”. Reyes aclara: “no confundir nunca la emoción poética, estado subjetivo, con la poesía, ejecución verbal”. La literatura, en tanto práctica material, existe irremediablemente en lo social. Desde esta perspectiva, la labor del crítico literario es el deslinde, el proceso de decantación de la experiencia pura, de la literatura en pureza, de sus conexiones materiales con el mundo. Al comprender esta distinción obtenemos al fin esa elusiva idea de la práctica literaria en Reyes: un ejercicio social, verbal, material que debe ser decantado por el juicio para llegar a la experiencia pura. ~