Democracia, playa y rock | Letras Libres
artículo no publicado

Democracia, playa y rock

A estas alturas no resulta ya muy claro eso de que la democracia sería un bien para todos. Si en el mundo musulmán democráticamente se votara en el asunto de si las mujeres deben continuar o no veladas, recluidas en casa, viviendo como meras pertenencias de los hombres y sin más derecho humano que la capacidad de aguantarse propia de las féminas, se puede apostar a que la casi totalidad de los musulmanes, incluidas las musulmanas, votaría por el sí; lo cual a final de cuentas parece no ser esencialmente democrático, ni siquiera para las musulmanas conformes con el yugo.

Pero no es necesario irnos hasta el islam para descubrir las contradicciones que conlleva la palabra democracia. Venga a cuento un asunto personal. Durante unas vacaciones junto al mar, adonde mi esposa y yo, huyendo de la Ciudad de Esmógico, habíamos ido para descansar del smog y el estruendo citadinos y refrescar los nervios escuchando la natural música del viento y el oleaje y los esporádicos gritos de las aves marinas, nos encontrábamos siempre en la playa frente al hotel, desde la mañana a bien avanzada la noche, a un jovenazo tumbado bajo un parasol, bebiendo un repetido cocofizz y escuchando de un enorme aparato de radio tan vigorosas piezas de horrorrock, que se podrían oír, supongo, hasta en Timbuctú y contra las cuales no había viento ni oleaje ni ave capaces de competir. Cuando al tercer día me permití solicitar al voraz rockómano que por lo menos bajara algo el volumen, me respondió airadamente que de ningún modo, que él era muy consciente de sus derechos democráticos y hasta humanos, y que por lo tanto tenía el de disfrutar de su música (así la llamó) en el volumen que le placiera, y si a nosotros no nos gustaba podíamos irnos, con su anuencia, a otra playa, a otro hotel, a otro país, a otro planeta, a ya saben ustedes dónde, y terminó la parrafada insistiendo en que él conocía muy bien sus derechos democráticos. Fue inútil que le dijese yo que, en efecto, él tenía el derecho democrático de escuchar su música o lo que fuese, pero (discúlpese el adversativo) nosotros también teníamos el de no estar obligados a oírla (por no decir sufrirla), y pronto se insinuó un íncipit de bronca que preferí no continuar, pues el jovenazo era espectacularmente musculoso, con algún parecido a un robocop, y, en cuanto di la discusión por terminada, él, lo que sea de cada quien, se puso amable y pedagógico, me dio una sucinta lección verbal de democracia, y mantuvo SU aparato en el mismo volumen sonoro de SU gusto, puesto que pagaba SU estadía en el hotel (y en la playa) con SU dinero, y estaba indiscutiblemente en SU país y en SU derecho de escuchar SU música y, además, si no usaba audífonos (como yo, irreflexivo, ay, le había sugerido) era porque lo ensordecían para el viento, el oleaje y las aves, a los cuales a él también le agradaba escuchar al mismo tiempo que el rock, ¿o qué?, ¿nomás nosotros éramos refinados?

Y, ni modo, mi esposa y yo nos volvimos al cuarto de hotel, esperando que en el televisor hubiera un programa como el que describía Pedro Miret en su desvelatoria novela Insomnes en Haití, en el cual durante las veinticuatro horas del día la pantalla ofreciese la permanente vista del mar, del oleaje, y el sonido del viento y los gritos de las aves.