Del socavón considerado como una de las verdaderas artes políticas | Letras Libres
artículo no publicado

Del socavón considerado como una de las verdaderas artes políticas

Los despachos de la industria de la palabra no han dejado de fabricar literatura con motivo de las efemérides que se celebran a lo largo de este magnífico año 2005. ¿Quién decía que en Madrid cualquier día daba alguien una conferencia o se la daban? En Barcelona, este año, a la misma hora, no sólo se amontonan los acontecimientos culturales, sino que incluso inspiran estos actos las más agrias reacciones. Tanto Quijote y tanto autor mediático, y sudamericano, firmando libros, como ha apuntado acertadamente la eximia escritora Maria Mercè Roca, guionista de la telenovela Secrets de família, comisaria de normalización lingüística, miembro parlamentario de Esquerra Republicana de Catalunya, y no sé cuántas cosas más.
     Un domingo de estos, por ejemplo, algún esforzado cicerón cultural arrastraba a las masas de la ciudad condal en busca de las huellas literarias del barrio de turno. Había que ver —también, por ejemplo— la colla jadeante de los entusiastas de Juan Marsé subiendo por las estribaciones del Carmelo, que después se esparcían para recuperar el resuello en lo alto de la colina entre los jaramagos y los restos de las baterías antiaéreas de la Guerra Civil, desde donde se divisaba la boca norte de la Diagonal por donde entraron las tropas franquistas. Circunstancia de extraordinaria visibilidad que, según se cuenta, algún que otro ilustre escritor catalán aprovechó para despojarse del uniforme republicano y unirse a los vencedores, alguno de esos escritores que del Ebro para adentro firmaban con su nombre en catalán, y del Ebro para afuera, con su nombre castellanizado.

Tesoro lexicográfico del socavón
     El Carmelo..., la montaña Pelada de principios del siglo xx, cuando todavía no habían llegado el barraquismo ni los trabajadores del sur ibérico. Ni los socavones, que no son responsabilidad de las autoridades municipales ni del gobierno autónomo de Cataluña, que la culpa la tienen el terreno, esos estratos geológicos podridos, esa irresponsabilidad y chapucería de los venidos de afuera, tan espabilados para saltarse las leyes urbanísticas y levantar cuatro paredes y un techo de uralita.
     El barrio del Carmelo busca su literatura. Pero tiene, más bien, poca. Está la biblioteca municipal Juan Marsé, orgullo de los responsables culturales del distrito. Está Marsé contemplando la ciudad en Últimas tardes con Teresa, con la que ganó en 1965 el Premio Biblioteca Breve. Está la ciudad allá abajo como una promesa tumbada, como una sirena varada, casi inalterable, casi en suspenso, que lanza a veces destellos de una vida distinta para los Pijoaparte de la época de Marsé y los Pijoaparte de ahora.
     La ciudad a los pies y la colina, sin más, donde la gente sigue a la espera, como se ha dejado traslucir otra vez con motivo de los "Socavones de Enero", ya así, con mayúsculas, después de que los consejeros de la Generalitat hayan echado, más cargas limpias y ecológicas, hormigón sobre el asunto, y el alcalde Clos haya pretendido honrar y agradecer a los funcionarios que se desvivieron en la atención a los vecinos damnificados con una recepción en el mismísimo y borbónico palacio de Pedralbes.
     ¿Dónde está entonces la literatura del Carmelo, de ese Carmelo que, de pronto, en los medios de comunicación, ha perdido su "o" de Sur y ha pasado a llamarse Carmel?
     Carmel, Caramel, Camelo, Carmelo.
     ¿Dónde, entonces, su literatura, en este año de festejos industriales del libro y la lectura? Marsé apenas ha querido pronunciarse sobre lo ocurrido en el Carmelo, sobre lo que las autoridades han tratado como un infausto accidente. Se ha callado por indignación. Indignación por las frases que le omitieron en unas declaraciones a la prensa. Frases en las que Marsé tocaba "el tema", que es el divorcio entre los políticos y los ciudadanos. Entre una Barcelona que vive confiada y no se da cuenta de cómo se le aflojan las velas de la europeidad, y esa otra Barcelona de los que habitan en el Carmelo, que tienen los ojos abiertos porque siguen en lo suyo, esforzándose para que mejoren las condiciones del barrio, los medios de transporte, los servicios sociales.
     Por la carretera del Carmelo, cualquier tarde, cualquier madrugada, siguen las atronadoras carreras de motos, los derrapes de los coches con el motor alterado. No sé, desde las cortinas de mi casa, si son los nuevos Pijoaparte que corren en busca de las Teresas de turno. O de la droga. Del ritual de la droga en las playas de una Barcelona olímpica y bien oliente. Esas Teresas de la burguesía excitada que se enrolan en ongs y se dan baños de multiculturalidad en los bares de diseño del barrio de Gràcia, el barrio literario de la magnífica Mercè Rodoreda, a quien todavía medio le perdona la vida el sistema vigente de los valores literarios.
     Ayer un joven se acodaba en la baranda de la carretera del Carmelo. Estaba contemplando no la ciudad a sus pies, sino la silueta de un trasatlántico de chimenea roja que abandonaba la bocana del puerto por el mar abierto al atardecer, que es la hora en que las cornejas y los vencejos se suben el tono. A sus espaldas, aún queda casi escondida la casa en que vivió el también magnífico y poco menos que ignorado Joan Sales, cuya novela Incerta glòria ha recuperado Planeta en la versión castellana de otro escritor escondido de la Barcelona actual, Carlos Pujol.
     A falta de saber si existe o no la literatura del Carmelo, la flamante comisión parlamentaria de investigación sobre los "Socavones de Enero" ha tenido a bien enriquecer a los narradores del futuro con depósitos lexicográficos al estilo de cuaternario, fraude, gunita, continuidad institucional, solera, hundimiento, cercha, comisiones, diaclasa, pacto de silencio...

Intermedio pedroliano con Maragall al fondo reflexionando en voz alta
     Dejemos por un momento la colina del Carmelo y la ciudad a sus pies. Vayamos a por unas de esas perlas artificiales que hablan, cada una a su modo, del divorcio al que me refería líneas arriba.

El otro día compré en el mercado de lance de San Antonio el Diari 1987 de Manuel de Pedrolo. Es para creer que no existen las casualidades. Lo mismo me sucedió otro domingo, que es el día del mercado, con Refent Barcelona (Rehaciendo Barcelona) de Pasqual Maragall. Cada libro al precio de un euro.
     Manuel de Pedrolo (1918-1990) ha sido uno de los escritores catalanes más prolíficos y versátiles. A mí no me interesa glosar sus méritos literarios, ni los humanos, la persona sencilla, fiel y coherente con sus ideas de la que hablan con respeto quienes lo conocieron. Tampoco voy a calificar sus intereses políticos, que lo llevaron a militar en la CNT, a combatir en la Guerra Civil (ya no sé si decir española o del Estado español) en el bando republicano y a erigirse en una de las voces más radicales, más insobornables, como suele decirse, del independentismo catalán.
     Tampoco voy a valorar los méritos literarios de ese diario de 1987, aunque a mí me parece que una retahíla de cartas al director escritas por un indignado ciudadano con acusada conciencia cívica no le iría a la zaga.
     Lo llamativo, y es por ello que lo traigo a colación, es su absoluto desprecio por todo lo que huele a castellano. A español, sería preciso concretar, pero como le sucede a tantos otros de su época y de ésta de ahora, todo lo que no se avenga a su concepción fundamentalista de lo catalán es directamente "castellano". Manuel de Pedrolo cuenta entre sus éxitos literarios el haber sido el creador de la novela policíaca en catalán, lo que podría ser el trasunto de una de las actividades que, según sus biógrafos, también desempeñó, la de investigador privado. No le costaría mucho al lector de fuera de los Países Catalanes de Manuel de Pedrolo, imaginárselo con gabardina de camuflaje disparando desde Montserrat contra todo lo que apesta a castellano, es decir, a español.
     Se pueden respetar las fobias nacionales, pero es difícil mantener el respeto cuando las anotaciones de Manuel de Pedrolo transpiran un desprecio, pueril y reiterado, por sectores de población sobre los que recae la sospecha de que no pretenden integrarse en la cultura catalana, por más que vivan y trabajen en Cataluña. Éste puede ser un caso: "los 'argentinos' (así, en castellano) que venden quincalla y obras de arte menor, casero, a cuatro pasos de la Conselleria de Cultura de la Generalitat". Menuda afrenta. Pero para Manuel de Pedrolo, la lengua propia de su nación es el catalán que ha estado "durante tantos años perseguida y, gracias a la avalancha inmigratoria, desnaturalizada". Así pues, Manuel de Pedrolo observa con lógica preocupación a "los inmigrantes o hijos de inmigrantes que todavía no han evolucionado", se entiende que hacia el abrazo del pasaporte soberano cuya expedición depende del uso exclusivo del catalán. De ahí también que se estremezca de sólo pensar lo que podría ocurrir un día si "a un gobierno de 'España' se le cae la venda de los ojos y acepta respetar todos los derechos catalanes dentro de la comunidad española, estaremos perdidos".
     Esto sucede en 1987, cuando según la teología pujolista, es catalán todo aquel que trabaja y vive en Cataluña. Y sin habérselo consultado al infeliz forastero. De modo que uno se da cuenta, así de pronto, de que ha estado en babia. Lo que no es exactamente un problema, pues uno tiene todo el derecho a vivir, trabajar, afincarse, suspirar, reponerse (¿no era Rilke quien afirmaba que sobreponerse es todo?) en los montes de Babia, en la luna de Valencia o en los jardines del Alger. Pero cuando uno lee los diarios de Manuel de Pedrolo, advierte que el encono actual de ciertos sectores políticos y civiles de Cataluña hacia los insubordinados, hacia los renuentes, hacia los forasteros por voluntad o sentimiento, hacia los que rechazan integrarse según en qué condiciones, según en qué regímenes paternalistas y matriarcales como lengua y nación, no viene de ahora, ni tan siquiera de la época de Manuel de Pedrolo, claro está, sino de décadas atrás. Pero el diamante en bruto en su reformulación moderna está, a modo de ejemplo, en ese Diari de 1987.
     La otra perla nos la regala Pasqual Maragall en su lúcido ensayo Refent Barcelona. El libro, publicado en 1986, no está escrito por el ahora honorable presidente de Cataluña, sino por el entonces alcalde presuntamente honorable de Barcelona. Unos años antes de las Olimpiadas. Por el alcalde que no dudaría en asistir al funeral del alcalde franquista Porcioles, y que glosaba la visión de país de este último, su catalanidad, sus servicios a la Gran Barcelona. Todo esto bajo las arcadas de una iglesia del Opus.
     Para Maragall, que entiende su libro como reflexiones en voz alta, Cataluña se encuentra en plena calle Mayor de Europa y aboga por que se convierta en el núcleo rector "del norte del sur" de Europa. Por abogar, también aboga porque Barcelona se reafirme como "la capital iberoamericana de España e incluso de Europa". Todo se cumple cabalmente, hoy por hoy, con un Instituto Catalán de Cooperación Iberoamericana que funciona a medio gas en un entresuelo de modestas proporciones.
     Por abogar que no quede. Pero sólo cabe pensar en la progresiva "desiberoamericanización" de Barcelona, en sus dimensiones literarias, editoriales, de cultura en suma, en nuestros días. Con un simplismo que lleva al estupor, Maragall cita embarazado de contento que García Márquez le ha pedido que le busque un piso en la plaza Real, o que Guayasamín vive la mitad del año en la calle Escudellers en varios áticos adosados, no sabemos si una superficie con proporciones parecidas al piso de Lluís Llach, "el piso del malogrado Ocaña", de 1.000 m2, también en la plaza Real, donde viven prohombres de la talla del arquitecto, urbanista y gestor municipal de la cultura, Oriol Bohigas.
     A muchos de los que se han sentido defraudados por la deriva nacionalista de Maragall, quizá les resultase útil descubrir cómo en este libro es capaz de conjugar el término "Països Catalans" con el de "Cataluña y el resto de España". Los vaivenes de estas reflexiones en voz alta, quién sabe si porque han sido proferidas en medio de sus numerosísimos viajes y buscando huecos en su atareadísima agenda, pueden llevarlo, y de hecho lo han llevado, a declararse "catalanista", en vez de nacionalista, ya que entiende que el nacionalismo catalán "clásico" ha dejado de ser válido a partir de 1978. Es decir, a partir de la constitución española de 1978. Y sin embargo, "el sentimiento de adscripción, el de pertenencia, propio de los colectivos más reducidos e históricamente previos, como la familia o la tribu, siempre estará presente en nosotros, en mayor o menor grado". Es en lo que redunda a lo largo del libro: "Nuestro país sólo puede ser algo más que nacionalista, pero nunca algo menos que nacionalista".
     O sea que, para Maragall, el nacionalismo no cabe en un país con vocación de futuro como Cataluña, y confiesa, tal vez por eso, que la palabra "independentismo" le causa menos temor que la palabra "nacionalista", pues posee, aquélla, mayor franqueza. ¿Maragalladas? Textualmente dice que el término "independentista" —y se podría uno preguntar en qué estaría pensando— le resulta más "franco". Todo lo reflexionado sobre el particular no es óbice, sin embargo, para que se avenga al sentimiento de una nación catalana: "La mejor prueba de que Cataluña es una nación viene dada por el hecho de que ha sido capaz de construir una ciudad capaz de soportar una estructura casi estatal, capaz de generar todo el sector terciario de clases 'improductivas' que conforman la cultura elaborada, los símbolos colectivos".
     Siguen en voz alta las reflexiones de Pasqual Maragall. No se sabe si se ha salido del despacho de alcalde, si se ha salido de las salas de espera de los aeropuertos de los que es asiduo. Imaginemos, mientras tanto, las caras en ese año de 1986 —por no decir en 2005— de los ciudadanos del Carmelo si prestaran oídos a sus especulaciones. O al onanismo patriótico de Manuel de Pedrolo.
     Y más elementos para la consideración de los que se han desencantado con la política del hoy día presidente de Generalitat. Afirma en Refent Barcelona nuestro notable ensayista que "España no termina de ser una realidad plena". Y concluye con este soberbio silogismo: mientras España es "una realidad inacabada", Cataluña es "una realidad torturada" y, por lo tanto, "Cataluña es más realidad, es más real como nación que España."
     Uno puede acordarse de cuando el vecino hablaba con desprecio del flamenco porque no era catalán. Puede recordar cuando en el teatro y en la televisión oficial —pero que la pagamos todos, los patriotas y los apátridas— el paleto, el chiste o la expresión grosera se expresaban en castellano, en la lengua de las fuerzas, civiles y militares, de ocupación, según la terminología de Manuel de Pedrolo.
     Son situaciones personales que no deberían rebasar el plano estrictamente íntimo. Se lo queda uno para adentro. Como se queda —o lo que quede de eso— el desconsuelo frente a los patriotas reunidos en círculo alzando sus cantos nacionales. Con lo bien que le hubiera venido a uno tener una patria. Una comunidad. Una pandilla. Unas manos unidas en círculo para cantarle al sol las tristezas del pasado y la pertenencia al futuro. Som i serem. Somos y seremos y lo hemos sido. Qué bien. Cuánta infame envidia en momentos de flaqueza no poder yo también cantar con los ojos cerrados.
     Y de repente, la tierra se hunde.

Bailando la samba con Carlinhos Brown
     Hasta aquí estos dos humildes botones de muestra. Dos botones nada más de lo que sería una mercería completa sobre el tema del desfase entre cierta concepción soberana de Cataluña y una parte de la ciudadanía. Teniéndolos en cuenta, no es que se comprenda, sino que toma otro cariz la callada, la respetuosa presencia de los líderes vecinales y los ciudadanos del Carmelo en las sesiones del Parlamento de Cataluña, donde se debatía el hundimiento del túnel de maniobras del metro el pasado 27 de enero. De esa línea de metro tanto tiempo reclamada para agilizar las comunicaciones con el resto de la ciudad. Como han denunciado las asociaciones vecinales, las retransmisiones de las sesiones del Parlamento no contemplaron la comparecencia de los propios afectados.
     El túnel desplomado fue sellado con unos 18.000 m3 de hormigón. Parece la misma carga que se le ha inyectado al oasis político en aras de lograr un nuevo estatuto para Cataluña. El mismo relleno que en las entrañas del barrio todavía no permite que se vuelva a edificar en la zona. Ni en el futuro, hasta el punto de que se piensa en ubicar en ella zonas verdes. Todo muy simbólico.
     Yo no sé si todos, o algunos, saborearon los prolegómenos del Fórum de las Culturas celebrado en Barcelona en el 2004. Disculpen que no recuerde las fechas. Y no sé si, con la presencia física o mediática, gozaron con el son de Joan Clos en la rúa de carnaval que montó el ayuntamiento con Carlinhos Brown.
     Joan Clos es un alcalde con una inteligencia política radiante. Y puesto yo a no saber, no sé si la tropa brasileña Clos guiñaba el ojo a las formulaciones maragallianas sobre la hermandad de Barcelona con Iberoamérica. Creo que no. Pero la historia es un cuento que admite varias orientaciones en la lectura, y a eso parecían apuntar los ritmos brasileños con el alcalde moviéndose encima de una carroza a lo largo del Paseo de Gracia.
     Esto viene a cuento porque Clos ha declarado, con esa inteligencia pulida por el entusiasmo, que la crisis del Carmelo no alterará las previsiones (de triunfo de los socialistas, se entiende) en las próximas municipales. También lo ignoro. Pero me da qué pensar que los vecinos de la colina, los de la loma socavada, no estarán para muchas rúas ni mucho Clos (aquí un juego de palabras intraducible: clos en catalán significa "cerrado"). El síntoma, lo que importa resaltar, es el entusiasmo inasequible al desaliento del alcalde. La convicción de que el caso está cerrado. De que la ciudad, con todo, avanza y continúa abrazada a la modernidad. La Gran Barcelona del Porcioles que Maragall, ya de presidente, no tuvo el recato de dejar de enzalzar en TV3, en un monográfico sobre el alcalde franquista, y uno de los peores depredadores inmobiliarios de la ciudad, junto a los panegíricos de Jordi Pujol y la timidez crítica de urbanistas y periodistas invitados al programa. Porque era un home de pais. Y aquí ya se sabe: con la marca de "país" en la boca, todos podemos obtener patente de corso.
     Mientras tanto, la ciudadanía de las lomas, los de la colina del Carmelo, son llamados al orden por el consejero de Política Territorial y Obras Públicas y Portavoz del gobierno catalán, Joaquim Nadal. No hay mejor defensa que un buen ataque. No hay mejor ofensa que un ataque pasado el tiempo. Cuando le han aflojado la soga al cuello al consejero. Los comerciantes del Carmelo se han quejado por la caída de ventas que ha experimentado la zona y el consejero Nadal les regaña porque no les asiste razón alguna. Con lo que se han gastado las instituciones con estos desagradecidos. Con la cantidad de proyectos que se piensan poner en marcha —como hace décadas— para la rehabilitación integral del barrio.
     Yo no quiero saber qué pasaría si un mísero agujero del AVE, que piensan hacer pasar por debajo de la Sagrada Familia, se abriera a la luz de la ciudad de los prodigios nacionales. O si un día, Maragall no lo quiera, se abriera un socavón en el internacionalista Paseo de Gracia con sus sedes de bienoliente capital extranjero. -