Del sindicalismo y otros demonios | Letras Libres
artículo no publicado

Del sindicalismo y otros demonios

Solo unas cuantas voces valientes ha librado una lucha frontal contra la simulación de representación sindical. 

“Los demonios del sindicalismo mexicano”, nos cuenta Martín Moreno en su libro, son varios líderes sindicales, corruptos in extremis, que han podido amasar fortunas incalculables y regalarse faraónicos estilos de vida gracias a la falta de transparencia con la que estas organizaciones administran sus recursos, y que el autor atribuye a algo que llama “soberanía sindical”.

Los grandes sindicatos y centrales del viejo pacto corporativo que sobreviven hasta nuestros días son quizá las instituciones más desprestigiadas de nuestro ya muy desprestigiado sistema político; su corrupción es tan legendaria como bien documentada. Por lo mismo es sorprendente el pobre trabajo de recopilación y presentación de pruebas de Martín Moreno: varias fotografías sin fuente identificable que “serían” ejemplos de las lujosas propiedades de líderes como Carlos Romero Deschamps, algunos estados financieros que prueban la existencia de los fondos en las arcas sindicales, pero no su apropiación indebida por parte de los dirigentes y muchos, demasiados chismes.

El libro de Moreno no es tanto un esfuerzo periodístico serio como una repetición del relato de la gran corrupción sindical. Es fácil estar de acuerdo: por supuesto que muchos dirigentes sindicales mexicanos son unos caciques delincuentes cuya impunidad es una bofetada en la cara de todo el país, pero principalmente de los trabajadores que los padecen directamente. Pero esa es solo una parte de la compleja historia del sindicalismo en México. Hay por ahí en el libro algunas alusiones a la protección de gobiernos de todos los colores que hace posible este estado de cosas, pero el libro carece de un auténtico análisis no solo de las redes de protección política a los dirigentes más conspicuos, sino a la función política del sindicalismo mexicano en nuestros tiempos.

La corrupción es el cemento del pacto corporativo entre el sector hegemónico del sindicalismo y el poder político. Esta situación no es exclusiva de México, por supuesto. En Argentina, los dirigentes sindicales más cercanos a las cúpulas gobernantes, desde que la Confederación General del Trabajo (CGT) se plegó a los designios de Perón a finales de los años 40, no desmerecen la comparación con sus colegas mexicanos. A los dirigentes de los grandes sindicatos de servicios desde los tiempos de Menem se les conoce como los “gordos”, término que es la contraparte argentina del mexicanísimo “charro”. La función es la misma: a cambio de desempeñar un papel de contención de la militancia obrera y de fungir como correas de transmisión entre trabajadores y gobiernos, “gordos” y “charros” tienen manos libres para regentear sus organizaciones y participar en algunos de los más lucrativos negocios accesorios a su materia de trabajo. Por ejemplo, en Argentina, los sindicatos operaban directamente las “obras sociales”, que son las instituciones de seguridad social a nivel de industria, mientras en México los “charros constructores” del echeverrismo construían las unidades habitacionales del INFONAVIT.

En ambos país, la pérdida del empleo formal, derivada de las políticas de ajuste estructural, dio como resultado no la desaparición de la lacra del sindicalismo corporativo, como presagiaban algunas voces optimistas, sino la diversificación de los negocios de los dirigentes corruptos. En México, experimentamos un crecimiento exponencial de los contratos de protección a partir de los años ochenta. Por medio de estos contratos, sindicatos de membrete cobran cuotas de protección a los patrones a cambio de desistirse de revisiones salariales y contractuales. Miles de trabajadores laboran bajo contratos que desconocen y con la representación de sindicatos fantasma que solo se aparecen a cobrar la cuota de protección al patrón, obteniendo ingresos tan jugosos que ni siquiera se molestan en cobrarles las cuotas sindicales a los trabajadores.

El contratismo de protección es un negocio multimillonario, mucho más lucrativo que las transas del líder más impresentable que menciona Martín Moreno en su libro. Sin embargo, es una actividad que permanece lejos del interés de los medios y la indignación de la sociedad. Solo unas cuantas voces valientes –como las del Frente Auténtico del Trabajo (FAT), varios liderazgos de la UNT y pequeños sindicatos muy tenaces, como el Sindicato de Trabajadores de Casa Comerciales Oficinas y Expendios Similares y Conexos del Distrito Federal (STRACC), que organiza a despachadores de gasolina en la ciudad de México– han librado una lucha frontal contra los contratos de protección. Son ellos quienes conocen de cerca los peores demonios del sindicalismo en México y quienes no han cesado de combatirlos. Seguramente serán ellos los que tengan la última palabra.