Del nacionalismo catalán y sus frutos | Letras Libres
artículo no publicado

Del nacionalismo catalán y sus frutos

Nada intrínseco poseía Cataluña para ser diferente del resto de la Península,
     porque los pueblos no son esencias metafísicas, sino historia, o sea lo que se hace y hay que hacer.
     Américo Castro, España en su historia. Cristianos, moros y judíos

Lo que importa de un pueblo no es su política, sino su ser esencial.
     Jordi Pujol, Prólogo a Construir Catalunya
      
     

La nación, el pueblo, la lengua: la omnipresencia de estos términos en el discurso político y periodístico fue lo primero que me llamó la atención cuando, hace poco más de diez años, llegué a Barcelona. El contraste no podía ser más acusado con el clima intelectual, social y político que había conocido durante mi prolongada estancia en París.
Difícilmente puede hallarse en los actuales escritos y reflexiones de ningún intelectual o político francés machaconas y constantes referencias a la nación francesa, al pueblo francés, a la lengua francesa. A menos que el político se llame Jean-Marie Le Pen o Bruno Mégret. También la prevalencia de un discurso impregnado de términos que remiten a la rancia concepción decimonónica del nacionalismo culturalista y esencialista, hijo del Volksgeist caro a los Herder y Humboldt y enemigo de la Ilustración, venía a chocar frontalmente con la idea que, desde la distancia, había ido forjándome de la nueva España del posfranquismo. Hija de unos españoles que, a la par que centenares de millares de otros compatriotas suyos, habían abandonado un país empobrecido y sumido por los vencedores de la contienda civil en un clima de incomparable mediocridad y estulticia, ahora me tocaba a mí "regresar" a una España que todos alababan por su capacidad de adaptación a los más liberales mores europeos.
     Era sin contar con la tenaz pervivencia de uno de los demonios mejor aclimatados en la piel de toro, torturado ámbito que, desde los Reyes Católicos, ha dado cobijo a algunos de los más destructivos íncubos. En un conocido poema, Jaime Gil de Biedma pedía que España expulsara a sus demonios, para que, por fin, fuera "el hombre el dueño de su historia". Desgraciadamente, todo indica que, pese a haber logrado al menos pactar con algunos su transición, en España sigue gozando de permiso de residencia el más pernicioso de todos: el que, desde los Reyes Católicos, musita al oído de los españoles —de todos los españoles, en sus muchas declinaciones locales y regionales— que la nación es una, homogénea en sus orígenes, eterna en su ser, inalterable ante la Historia, y que el deber supremo es mantenerla así por los siglos de los siglos. ¿Que exagero? Conviene no dejarse engañar por el espejismo de la pluralidad española, hoy ampliamente consensuada y plasmada en el ordenamiento político, administrativo y territorial del Régimen de las Autonomías. Por debajo de las diferencias de orientación política y oportunismo táctico, una común pasión anima al Aznar que convierte a Felipe II en trasunto de humanista, celebra en Cánovas al gran político democrático que nunca fue y hace del centenario del 98 la exaltación de una modernidad que la generación homónima, por el contrario, contribuyó a alejar de España, y a los nacionalistas vascos que se reclaman del letal mito de la "pureza racial", identifican alegremente lengua y etnia y aun genética (como Arzalluz, sosteniendo, sin rubor alguno, que la prueba de que los vascos son y han sido siempre vascos y, por tanto, diferentes de los "españoles", es el elevado porcentaje de portadores vascos de Rh negativo). Esa pasión común es el desprecio de la historia, a la que se sigue prefiriendo la construcción de mitos nacionales con la sucia argamasa de las supuestas inmutables esencias, y a la que se acaba siempre sustituyendo por fantásticas elucubraciones, fabricadas para justificar la rapacidad y los intereses de los gobernantes de turno.
     También entonces, a comienzos de la década de los noventa, un dato estadístico hacía atractivos a los españoles. En el contexto europeo, ya marcado por el auge de una extrema derecha a la vez antisemita y arabófoba, que hacía del "inmigrante" un perfecto chivo expiatorio de la orfandad económica e ideológica de las clases otrora obreras y hoy condenadas al paro o a los contratos basura, los sondeos de opinión hacían de España el país menos receloso con los extranjeros. Ha bastado con muy poco para que se viera que el ilusorio consenso en torno a una supuesta mayor tolerancia de los españoles a los inmigrantes y, en general, a los extranjeros era, en realidad, sólo eso: una ilusión. Baste con recordar que los gitanos, tan españoles como Aznar o Felipe González (o Pujol o Ibarretxe), son mayoritariamente identificados como un colectivo foráneo en los barómetros de opinión. El hecho de haber nacido en España no les garantiza en absoluto la consideración de "nacionales". Y el añadido de que los judíos sigan siendo identificados como extranjeros y vistos con recelo demuestra que el siempre resbaladizo terreno de los prejuicios raciales y culturalistas está fortalecido por rancias mitologías antes que por actuales realidades.
     Este hecho, el que apunta a la pervivencia de un sustrato etnicista y racialista en la construcción de la identidad nacional, impugnado por la historia pero abonado por el oportunismo táctico de los nacionalistas de uno y otro cuño, es algo que los colectivos, ONGs y demás agrupaciones de la sociedad civil que se proponen luchar contra el racismo rara vez toman en cuenta, y que sin embargo los políticos a menudo saben aprovechar para aumentar sus réditos electorales. A comienzos de la década de los 90, lo único que en punto a mayor o menor disposición de los españoles a aceptar la presencia de extranjeros no europeos diferenciaba a este país de su entorno era el aún escaso número de foráneos en su suelo. En realidad, España vivía en esos años de manera solapada su auténtica segunda transición, no la anunciada por el redivivo Cánovas que llegaría a La Moncloa en 1996, sino la que acabaría transformándola de masivo exportador de emigrantes a importador neto de inmigrantes. Sobre todo desde la segunda mitad de la década, la llegada masiva, en las condiciones trágicas que sabemos y con un escalofriante saldo en vidas humanas, de africanos y magrebíes que huyen de la hambruna y las guerras en sus países, ha transformado la percepción que los gobiernos central y autonómicos tienen de este fenómeno. Y todo indica que los políticos españoles no serán diferentes a sus homólogos europeos a la hora de explotar la cantera electoral agitando el espantajo de la inmigración como fuente de delincuencia e inseguridad ciudadana. El gobierno de Aznar, tras imponer una restrictiva Ley de Inmigración que encierra a España en la "fortaleza europea", acaba de dar el pistoletazo de salida para las próximas campañas electorales prodigando discursos en los que se equipara la presencia de inmigrantes en suelo español con el incremento de delitos. El cis, organismo que depende de la Presidencia de Gobierno, se ha mostrado "creativo" en uno de sus recientes barómetros, al introducir por primera vez, como quien no quiere la cosa, la insidiosa preguntita: "¿Está Ud. muy de acuerdo, bastante, poco o nada de acuerdo con que hoy en día, en España, existe una relación entre inseguridad ciudadana e inmigración?" A lo que, mayoritariamente (59.6%), los encuestados responden "bastante de acuerdo" y "muy de acuerdo".1

Todo por la lengua
     Pero, ¿y los catalanes? ¿Serían realmente diferentes —el famoso "hecho diferencial", tan de moda en los ochenta y hoy puesto en sordina—, abiertos y dialogantes, comerciantes, industriosos y, por ende, pragmáticos? ¿No se hablaba, acaso, de un "oasis catalán", contrapuesto al sempiterno secano castellano? Por ende, asimismo, los catalanes no se dejarían obnubilar tan fácilmente por los delirios del ser eterno y los oráculos milenaristas. En realidad, la llegada de Jordi Pujol como president a la Generalitat de Cataluña, hace ya la friolera de más de 22 años, había comenzado a poner las cosas en su lugar. "Nosotros somos un partido nacionalista, tenemos como objetivo fundamental que Cataluña sea Cataluña", declaraba en abril de 1980, en su primer discurso de investidura ante el Parlament, este hábil político, que sufrió cárcel franquista en los sesenta por manifestar públicamente su defensa de la nación catalana. El sempiterno president se ha mostrado muy proclive a manejar con calculada ambigüedad, en función de intereses económicos que engloban indistintamente "la nación catalana", su clientela política y los miembros de su familia, alternativamente el discurso conciliador con el gobierno central y el maximalismo nacionalista. En este terreno, el de la explotación de la ambigüedad política, Pujol es un maestro al que bien puede aplicársele el certero epigrama de Lichtenberg: "No son las mentiras francas sino las refinadas falsedades las que entorpecen la expresión de la verdad." El contraste no podía ser mayor con su bête noire, el viejo Josep Tarradellas, que había representado los restos del naufragio republicano y laico, y que era capaz de decir cosas como "la idea de que Madrid tiene la culpa de todo lo que nos pasa es un gran error político que sólo nos lleva a desastres."2
     Los nacionalistas de nueva planta, con Pujol a la cabeza, se dieron a la tarea de plasmar en la realidad una versión aggiornata del proyecto alumbrado por Prat de la Riba y Francesc Cambó, nacionalistas dotados del seny que nunca tuvo el vasco Sabino Arana. Mas no obstante las aparentes diferencias y en consonancia con los nacionalismos identitarios o esencialistas más agresivos, el catalán se nutre asimismo de pasados agravios y represiones, reales en algunos casos, fabricados en otros.3 Pero a diferencia del brutal y cerril nacionalismo español, o del fanático euskaldún, el catalán no tiene, por ahora, sangre derramada que hacerse perdonar. A menos que pensemos, con Karl Kraus, que las perversiones del lenguaje con fines publicitarios y políticos contienen in nuce el embrión de crímenes venideros. En este terreno, el nacionalismo pujolista, del que han sido cómplices más o menos activos los catalanistas del psc y, antes de ellos, los irredentos estalinistas del PSUC,4 ha acumulado una nada despreciable labor.
     Nada sorprendentemente, el eje alrededor del que pivota la construcción de la identidad catalana diseñada por los nacionalistas es la lengua. La lengua aquí es comprendida no como herramienta de comunicación, sino como piedra angular del edificio de la identidad catalana. El florilegio de citas podría ser abundante a la par que repetitivo. Baste con seleccionar unas pocas:

"Un pueblo es un hecho de mentalidad, de lengua, de sentimiento. Es un hecho histórico y de vocación histórica y es un hecho de etnia espiritual. En nuestro caso es también, en grado importante, un hecho de lengua." Jordi Pujol, Fer poble, fer Catalunya. Escrito de 1958, incluido en Construir Catalunya, Col.lecció Pòrtic, Barcelona, 1979, p. 45.
     "[...] la lengua no es un mero instrumento de comunicación, sino también una manera de ver el mundo, un lugar donde se configuran mitos y deseos, una casa que ayuda a convertir en pueblo a quienes la habitan." Per un nou estatut de la llengua catalana, Manifiesto de los 350, Varios prensa, 17 de abril de 1997.
     "Una lengua es un sistema de signos, verbales o escritos, que traduce, más que las cosas, una determinada manera de concebir las cosas. Una lengua expresa una manera de ser." Joan M. Pujals, La Vanguardia, 9 de julio de 1998.
     "Si desaparece el catalán, desaparece la identidad catalana: desaparece Cataluña." Heribert Barrera, La Vanguardia, 1 de marzo de 2001.
     "Si se pierde el catalán se pierde también toda la historia y tradición de Cataluña." Carme Laura Gil, consellera de Educació, acto de clausura del III Simposio sobre la enseñanza del catalán a los no catalanohablantes, Vic, El País, 7 de septiembre de 2002.

Subyace a estas expresiones un determinismo radical que postula que la lengua determina absolutamente la cultura y que las lenguas son, en rigor, intraducibles entre sí, puesto que cada una de ellas constituye la elaboración de un mundo enteramente informado por el material lingüístico que sirve para producir esa elaboración. Se trata de una vieja teoría, a la que Benjamin Lee Whorf dio su formulación clásica, de la que no se reclama actualmente ninguna escuela lingüística seria. Como con toda teoría circular, la de Whorf es autocontradictoria: si es incognoscible el universo de los yanomami fuera de la lengua que lo prohija, ¿cómo podemos saber nada de él los que no hablamos esa lengua? Y si se la ha de conocer y describir y esto sólo puede hacerse desde y con otra lengua, ello aleja definitivamente su "esencia" del estudioso. Cuando Pujol o Pujals reducen todo a la lengua, y cuando aducen que la pérdida o debilitamiento de la lengua equivaldría a la desaparición de Cataluña, están siendo perfectamente congruentes con las tesis del esencialismo determinista lingüístico de esta escuela —cuyo parentesco es obvio con las tesis de los nacionalismos culturalistas, hijos de aquel Volksgeist romántico que tan nobles servicios acabó rindiendo al Tercer Reich—.
     Pero precisamente porque esa tesis es circular y autocontradictoria los nacionalistas están condenados a ir siempre más allá, a dar más y más vueltas a la tuerca (¿hasta que se rompa?): puesto que el mero hecho de hablar alguna otra lengua significa automáticamente poner en peligro la "catalanidad" del hablante, ¿cómo lograr que el catalán sea hablado por todos los habitantes de Cataluña en cualquier circunstancia, a todas horas y en todo momento? En puridad, tal propósito —la regulación estricta del uso social del catalán— sólo puede conducir a la imposición de políticas que conculcan los más elementales derechos en una sociedad libre y democrática: precisamente los que, desde Locke y con la tradición liberal del Estado de derecho, trazan una divisoria entre derecho público y privado.
Fundamentalmente, en lo que atañe a las relaciones entre catalanoparlantes y castellanohablantes en Cataluña, la década de los noventa ha sido la de la deriva del nacionalismo hacia este tipo de posturas, mucho más radicales. La Ley de Normalización Lingüística de 1983, cuyo objetivo expreso consistía en lograr que todos los habitantes de Cataluña aprendieran y conocieran el catalán, y cuyo artículo 14.2 afirmaba: "Los niños tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua habitual, ya sea ésta el catalán o el castellano", había dado sus frutos: según cifras publicadas por el Institut d'Estadístiques de Catalunya, correspondientes a 1996, 94,45% de la población de Cataluña entendía el catalán, el 74,75% lo sabía hablar, el 71,37% lo sabía leer, el 45,37% lo sabía escribir, y sólo el 5,55% no lo entendía. Todo indicaba que la inmensa mayoría de los habitantes de Cataluña, fueran o no catalanohablantes de origen, conocía la lengua. Cataluña había aplicado exitosamente uno de los modelos posibles de integración del "otro", definido por el nacionalismo pujolista como el (aún) no converso a la lengua catalana.

Derivas xenófobas
     La insistencia en ir más allá de la Ley de Normalización Lingüística de 1983, cuyo objetivo expreso era perfectamente legítimo dentro del marco de un Estado de derecho, esa insistencia en desechar una "buena ley" y sustituirla por una ley abusiva, en la medida en que pretende normar, sancionar y, en última instancia, imponer el uso de la lengua catalana en todos los ámbitos de la vida en Cataluña, ha hecho que los nacionalistas catalanes crucen la divisoria para hollar las arenas movedizas del protofascismo. Con su acostumbrada lucidez, Roland Barthes señalaba que lo que caracteriza al fascismo no es, contrariamente a lo que se suele pensar, que base su acción en prohibir (opinar, expresarse, hacer), sino todo lo contrario: en obligar (a opinar, expresarse, hacer).


     Por estas razones, cuando en 1997 el conseller de Cultura Joan Maria Pujals puso sobre el tapete el borrador de una nueva ley lingüística, saltaron las alarmas. Una parte de la sociedad civil comprendió que el propósito del gobierno pujolista era dar una vuelta de tuerca más a su política nacionallingüística, y que la finalidad que perseguía era regular el "uso social" del catalán. Sin consignas ni intereses partidistas, los promotores y simpatizantes del Foro Babel5 alertaron a la opinión pública sobre la deriva que suponía esta nueva ley, aprobada finalmente el 7 de enero de 1998. El balance que hoy puede hacerse de las intervenciones del Foro es mitigado. Por una parte, ciertamente contribuyeron a la supresión del tabú que pesaba como una losa sobre el polémico cuan silenciado asunto de la inmersión lingüística en las escuelas, sobre todo en medios predominantemente castellanohablantes y socialmente desfavorecidos. Por otra parte, en cambio, las ideas vertidas durante más de un año en la prensa por los miembros del Foro —entre los que se hallaban algunas de las cabezas, como dirían los franceses, "mejor amuebladas" de Cataluña, de Victoria Camps a Francesc de Carreras, pasando por Eduardo Mendoza, Félix de Azúa y Gabriel Jackson— no han hallado expresión ni cauce políticos: CiU no sólo logró aprobar su peligrosa Ley de Política Lingüística, acompañada por unos grotescos decretos de aplicación en los campos del doblaje al catalán de películas, etiquetaje comercial y cuotas de música catalana en la radio, sino que asistimos actualmente al inicio de una nueva ofensiva de los sectores duros de este partido, favorables a la elaboración de una nueva ley.6
     Y es que los nacionalistas catalanes están sumamente preocupados por la llegada masiva, desde finales de los noventa, de una inmigración que en nada se parece a la que con tanta eficacia supieron "reciclar" hasta la fecha. El nacionalismo identitario etnicista catalán lo tuvo relativamente fácil con los inmigrantes del interior, llegados masivamente a brindar mano de obra barata a la industria local en los 50 y 60. Mayoritariamente andaluces, también extremeños y, en menor medida, gallegos, estas otras víctimas del franquismo —quienes, a diferencia de sus acaudalados patronos catalanes, no corrieron la suerte de ser discriminados únicamente por su lengua y cultura, sino que fueron además condenados por el inicuo régimen a la miseria y el analfabetismo—, esta hornada es, sumada a la registrada a comienzos de siglo y antes de la Guerra Civil, la responsable de que Cataluña tenga hoy seis millones y medio de habitantes: los descendientes de la inmigración representan el 60% del censo actual, y de no haberse producido este amplio fenómeno inmigratorio, Cataluña tendría ahora dos millones y medio de habitantes, y no más de seis.7
     El truco de prestidigitación practicado por los nacionalistas de CiU ha consistido en correr un tupido velo sobre esta realidad. A este ilusionismo se ha prestado sin poner mayores reparos una buena parte de la burguesía y las clases medias catalanas. Más allá de la profusa y pródiga red clientelar tejida por los nacionalistas desde 1980, y de los beneficios reales que aporta formar parte de ella, quién sabe si el tácito consentimiento de lo más poderoso y granado de la sociedad a este escamoteo tenga que ver con el asunto nunca abordado y siempre soslayado de la "colaboración", en el sentido que dan los franceses a este término, de una buena parte de la sociedad catalana con el tan denostado régimen franquista. Aún está por escribirse esa historia, así como, por lo demás, la de las otras "colaboraciones" en los diversos puntos de la geografía española.
     Pero hay algo más grave que negar, adulterándola, la realidad histórica, obligando a los alumnos en las escuelas, por ejemplo, a estudiar una fantasmática "guerra de l'Espanyol", o prodigando, como ha hecho Pujol, expresivas falacias, como "Castilla, que ganó la guerra" o "Cataluña fue vencida en una guerra": someter a las víctimas de ayer a la monstruosa operación de travestirlas en cómplices de sus propios verdugos. Los nacionalistas catalanes, con Pujol a la cabeza, no han dudado en hacer de los xarnegos, sobremanera de aquellos que se mostraban remisos a la "inmersión lingüística", los responsables de la "españolización" de Cataluña. En otras palabras, el campesino e hijo de campesino andaluz, que de la miseria pasó a ser explotado en las fábricas textiles y mecánicas catalanas, fueron quintacolumnistas de Franco, sin saberlo ni, desde luego, sacar de ello provecho alguno. La equiparación de los inmigrantes del interior, después de la muerte de Franco, con "los españoles" constituye una de esas perversiones del lenguaje que forma parte de la panoplia de los regímenes nacionalistas autoritarios. Se trata de un "proceso de manipulación de la lengua que, en lo esencial, no difiere de la que hace quinientos años llevaron a cabo los inquisidores españoles como paso previo para encender las hogueras."8 En cualquier caso, se trata de una magnífica y canallesca inversión, que permite no sólo culpabilizar a los explotados de ayer, sino que también arroja nada despreciables beneficios políticos al eximir a un importante sector de los nacionalistas catalanes —sostén de la Espanya gran cara a Francesc Cambó— de sus responsabilidades históricas como aliados y colaboradores del ejército y el régimen de Franco.
     Es cierto que después de más de dos décadas de intensa labor, ahora los nacionalistas ven cómo su castillo de naipes lingüístico puede venirse abajo. ¿Cómo harán con los magrebíes, ecuatorianos, nigerianos que envíen a sus hijos a las escuelas? A éstos no será posible amedrentarlos con el chantaje de que fueron la "quinta columna" del imperialismo cultural español para que acepten sin chistar una formación monolingüe en catalán, que sólo hipotéticamente les abriría las puertas de una integración plena en el mercado laboral y la sociedad catalana, pero que sin duda los confinará al ámbito de la catalanidad, sin posibilidad de ofrecerse como mano de obra en el resto del territorio español. Ante el creciente número de extranjeros que no responden al esquema conocido, los nacionalistas corren el riesgo de verse desbordados por otras "iniciativas", y no precisamente por su flanco izquierdo. De hecho, buena prueba de que el esencialismo y el culturalismo que han dominado la vida pública en Cataluña han echado raíces es la aparición del primer partido que hace de la xenofobia y el racismo su caballo de batalla: la Plataforma Vigatana, legalizada el 15 de enero de 2001 y liderada por Josep Anglada, vendedor de cosméticos de profesión, quien a los 18 años militaba en el fascista Fuerza Nueva de Blas Piñar y a comienzos de los noventa representaba a José María Ruiz Mateos en Vic. Como cualquier cáncer, éste ya ha producido metástasis. Así, en abril de 2002, una Plataforma per Catalunya, al frente de la cual se halla el mismo personaje, se convertía en abanderada de la oposición a la construcción de una mezquita en Premià de Mar. Actualmente, hay subgrupos de esta Plataforma en Girona y, cerca de Barcelona, en Sant Cugat del Vallès y Castelldefels, y su líder ha anunciado que presentará una candidatura por Barcelona en las municipales del año que viene. Anglada no cultiva las ambigüedades de Pujol, lo que le permite declarar, sin ambages, que "El único problema es el Islam" y que los magrebíes "no tienen voluntad de integrarse, y eso no se puede permitir".9 Sumadas a las declaraciones, un año antes, de Marta Ferrusola, esposa del president, y de Heribert Barrera, líder histórico de Esquerra Republicana de Catalunya y ex presidente del Parlament de Catalunya, en contra de "las mezquitas" y a favor de las "iglesias" (Barrera: "Mejor iglesias que mezquitas, puesto que tenemos la cosa así. Es mejor un reparto geográfico de las doctrinas: allí, mezquitas; aquí, iglesias. ¿Para qué mezclarlo todo? ¡Cada cosa en su sitio!"), estas manifestaciones son la parte apenas visible de un iceberg que comienza a crecer en torno a la "integración" de los nuevos inmigrantes en el "oasis catalán".

Folklore nacional
     Por último, una reflexión somera sobre las consecuencias de la aplicación de una política informada por los principios del nacionalismo identitario y culturalista en el terreno de la cultura. La dinámica promovida por los sucesivos y monocordes gobiernos de la Generalitat ha tenido una consecuencia lamentable: el empobrecimiento y provincianización de las manifestaciones y la vida culturales en Cataluña. Aquí sí conviene decir que lo que Franco no logró, Pujol está a punto de alcanzarlo: expulsar de la cultura catalana los gérmenes no autóctonos y convencer a los catalanes de que sólo las manifestaciones más típicamente folklóricas merecen el nombre de cultura. Cuando no se ha limitado a promover campañas de propaganda para justificar la implantación del monolingüismo catalán, la política cultural elaborada y puesta en práctica por la Generalitat desde hace 22 años ha quedado reducida a la exaltación de las manifestaciones más rancias del folklore patrio. El pujolismo huye como de la peste de la "alta cultura", sospechosa siempre de cosmopolitismo y elitismo, y si se sabe inútil para erradicarla, al menos hace todo lo posible por ignorarla o, en el peor y más resignado de los casos, confinarla al coto vedado de los amigos de Maragall en el Ayuntamiento de Barcelona. Ciudad ésta, ya se sabe, que levanta ronchas entre los sanos nacionalistas por su mayor apertura a lo foráneo, su tolerancia con el mestizaje y su patente xarneguismo.
     Fuera de Barcelona la bastarda, en cambio, el nacionalismo pujolista ha diseñado una imagen de la cultura catalana que parece un clon de aquellas otras impuestas por los franquistas en toda España: así como, bajo Franco, la cultura española era un retablo de feria por el que iban desfilando las danzas y tradiciones folklóricas de cada región —los aragoneses y sus jotas, Andalucía con su flamenco, los gaiteros gallegos, etc.—, la cultura catalana vista y corregida por los consellers de cultura pujolistas es la sardana de los domingos en la plaza del pueblo, los concursos de castells, la Patum de Berga, etc. Con todo ello, los nacionalistas se muestran de nuevo coherentes con la concepción antropológica primaria que subyace a su política lingüística. Los Joan Maria Pujals, las Marta Ferrusola y los Heribert Barrera, y, por descontado, el mismo president, podrían hacer suya, con la necesaria variación "à l'air du temps", la sentencia de Ángel Ganivet en Ideárium español, síntesis del casticista patriotismo de la generación del 98: "la habanera por sí sola vale por toda la producción de los Estados Unidos, sin excluir la de máquinas de coser y aparatos telefónicos." O, para decirlo con las palabras del fundador del moderno nacionalismo esencialista catalán, Enric Prat de la Riba: "lo primero es ser: ser uno mismo y no otro, vivir la propia vida y no una vida prestada."
     Uno de los dramas de Cataluña es que los sectores más moderados y tolerantes de su burguesía —de los que Miquel Roca es un buen ejemplo— no hayan logrado imponerse en su panorama político. Entre la izquierda timorata del PSC, la fagocitada por el nacionalismo (ERC e IC-Verds) y la meramente irreal (EUIA), y una derecha y centro-derecha siempre dispuestas a bailar el son que les toquen con tal de seguir manejando el timón, pocas perspectivas de cambio se vislumbran para una sociedad que es, no obstante la virtualidad delirante de su clase política, una de las más vitales, cambiantes y diversas de España. Cabe esperar que la sociedad catalana desoiga los cantos de sirena de los adoradores de las esencias patrias, y que en lugar de empecinarse en el cultivo interesado, y no pocas veces distorsionado por aquellos mismos que fueron sus cómplices, de pasados agravios, insista en mantenerse abierta a un mundo que cada vez más "encuentra difícil asociar una identidad humana o un sentido de ser con una cultura coherente o con una lengua. Simplemente no se fía ya de los análisis o definiciones de naciones o culturas que se basan en tales criterios."10 ~