¡Dejen hablar a Fox! | Letras Libres
artículo no publicado

¡Dejen hablar a Fox!

En la última semana, Vicente Fox se ha paseado por Nueva York para promover su libro Revolution of Hope. Platicó con Larry King, bromeó con Jon Stewart y se peleó infructuosamente con Bill O´Reilly. En todos lados, Fox fue Fox: un tipo carismático y simpaticón sin mucha profundidad. Su escaramuza con O´Reilly resultó particularmente lamentable. A un fanático como O´Reilly se le desarma con ideas y datos, y a Fox le faltaron ambos. Como en sus tiempos de presidente, Fox abordó el asunto migratorio desde todos los ángulos menos el que realmente puede marcar la diferencia si se trata de convencer a la audiencia conservadora de Fox News: la seguridad fronteriza. Ante la pregunta frívola de O´Reilly de por qué México “no hace nada” para detener la migración, Fox sólo pudo responder que él había “trabajado mucho”. Fue una pena. Sigo esperando el día en que un mexicano, articulado y pensante, ponga en su sitio a los “descerebrados del megáfono”, como les dice el genial George Saunders en su último libro a estos mercaderes de la “información”.

En México, sin embargo, las críticas a Fox han tenido poco que ver con la sustancia de las entrevistas. El Secretario de Gobernación, con su sutileza acostumbrada, encabezó el rasgado de vestiduras: “el (político) que se va, se calla”, dijo, haciendo referencia a una nueva versión de la omnipresente ley mordaza que está tan de moda en México desde las elecciones del año pasado. ¿Qué razones esgrimen Ramírez Acuña y comentaristas que lo acompañan? Ninguna. Sólo la consigna de silencio por el tan manido “bien de la nación”.

No cabe duda: en el principio de nuestra edad adulta democrática, los mexicanos nos hemos enamorado de las exageraciones. Exigirle a un político que ha cumplido con su deber (bien o mal, no importa) que desaparezca de la faz de la Tierra es una ridiculez. Si así se condujeran otras democracias, no habría libros de Carter, Clinton, Reagan, Yeltsin, Gorbachev, Aznar, Thatcher ni Miterrand. También nos hubiéramos perdido de esa obra menor que es la Segunda Guerra Mundial, de Churchill. Mucho menos existiría el trabajo de mediación de Tony Blair, los esfuerzos por el cambio climático de Al Gore o la cruzada filantrópica de Bill Clinton (por cierto: tiemblo sólo de pensar qué diríamos en México si un expresidente hiciera campaña abiertamente si su mujer buscara la presidencia, como hace Clinton todos los días).

Los expresidentes tienen todo el derecho a presentarse en donde les venga en gana y decir lo que les venga en gana. La obligación de los analistas –y de los políticos todavía en funciones– es reflexionar sobre las palabras del hombre en cuestión: criticarlas o aplaudirlas, pero jamás censurarlas. En México está demasiado de moda el verbo “callar” y muy poco en boga “debatir”.

- León Krauze