Deefeños (1) | Letras Libres
artículo no publicado

Deefeños (1)

Si a los habitantes de París se les llama parisienses o parisinos, a los de Londres londinenses, a los de Madrid madrileños, a los de Nueva York neoyorquinos, a los de La Habana habaneros, etc., etc, ¿cómo deberíamos llamarnos los habitantes de la ciudad de México, Distrito Federal? Hasta donde sé nunca nadie, desde el gobierno de la República, ni desde el de la misma ciudad capital del país, ha encontrado, y quizá ni siquiera buscado, algún modo de llamar a quienes en esta ciudad vivimos, y carecemos de un nombre genérico que ponernos. Lo he tratado de imaginar para un librito de unos cien relatos que estoy escribiendo o trascribiendo acerca de personajes de la urbe que el barón de Humboldt y Alfonso Reyes y Carlos Fuentes llamaron “la región más transparente del aire” y que ahora es... Esmógico City. Y tras buscar y rebuscar me he decidido por deefeños, es decir ciudadanos del D.F. (del Distrito Federal, pues), aunque no sé si la palabreja la habré escuchado a alguien o la habré leído en algún texto. Que conste. Y van las prometidas historias.

I. EL METRONAUTA

Yo, amigo –me dijo entre la estación Juárez y la estación Coyoacán–, me llamo Heliodoro Martínez Crespo, servidor, soy soltero, solitario, exoficinista gubernamental, jubilado. Duermo en un cuartito de azotea de una sobreviviente casa-vecindario de la calle Donceles del Centro Histórico, y mi existencia es sencilla, vivo como Dios me permite, pobre pero honrado, y déjeme decirle que lo peor no es la pobreza sino la monotonía, el tedio, pero lucho contra el aburrimiento haciendo digamos que turismo. No se sorprenda, ya veo que está usted preguntándose qué clase de turista seré yo sin salir de nuestra ciudad y tan pobremente vestido, pero… Sí, aquí donde usted me ve, soy turista, ni siquiera en plan nacional, y ni conozco Acapulco ni Cancún ni sé qué es una playa con mar azul ni palmeras borrachas de sol o de luna o cualquier lujoso paraíso por el estilo, pero no me quejo, tengo mi modo de turistear, y... Soy metronauta, pues, y viajo mucho de acá para allá, tal es como quien dice mi lujo, mis vacaciones de pobre, o sea que empleo unas dieciséis horas de cada día viajando en vagones del metro a puro trasbordo, y a lo largo y lo ancho y lo profundo de toda la red del transporte público subterráneo, y no me sale caro, es sólo tres pesos del boleto por cada día, y viera que me da para todos los viajes y de una estación en otra, de una línea en otra, de un convoy en otro y un andén en otro, y vuelta a empezar, salvo una ligera parada en la estación Hidalgo para echarme una torta con un refresco, con eso tengo y hasta lo disfruto, porque esta otra ciudad de México, la ciudad subterránea, tiene su chiste, tiene su panorama humano como que dijéramos, hay quién sabe cuántos miles y miles de caras pasajeras, fugaces, distintas y algunas veces repetidas, y pues entonces como que dijéramos que cada día estoy nadando entre olas y olas de caras y no estoy del todo solito. Qué más le digo. Soy metronauta, es decir turista del metro, metroturista si usted prefiere, y con eso tengo hasta que Dios quiera, y es mi filosofía de la vida. Todo consiste en que, ya sea de andén en andén, como si fuese de playa borracha de sol en playa borracha de luna, y viceversa, he llegado a comprender que nacimos para turistas en este mundo de arriba o de abajo de la tierra, y yo hace mucho que sé que nací para vivir viajando… Y que me dure hasta que sea la voluntad de Dios que trasborde yo a la línea terminal.

II. AMOROSOS DEL SIGLO XXI

Julia Pérez Manzano y Rómulo Castillo, deefeños, solteros y solitarios los dos, ella dueña y única dependienta de una pequeña papelería en la Avenida Coyoacán al sur de esta ciudad, él contador público titulado con oficina en su casa en la calle de Uruguay de la colonia Centro de esta ciudad, eran dos absolutos desconocidos pues no se habrían encontrado ni siquiera una vez en sus corrientes y monótonas vidas, y acaso ni siquiera en uno entre los miles y miles de cruces casuales de gente mutuamente desconocida en las calles de Esmógico City. Pero he aquí que cada uno tenía una laptop con internet y una noche ocurrió que —ahora sí por una de esas casualidades que tienden a producir una señal del Destino— supieron uno de la otra, y viceversa, en una electrónica página de “Corazones Solitarios” o algo así, y como por juego empezaron a chatear noche tras noche, y a las dos semanas ya desde sus e-mails se enviaban piropos vez más exaltados, y su diálogo entre las distantes pantallas fue haciéndose cariñoso, fue creciendo hasta convertirse en un intenso idilio, o “romance” (según suele decirse). Si Rómulo una noche escribía: “Eres la mujer de mi vida”, Julia tecleaba: “Eres mi amado de todo el corazón”, y se juraban amor hasta más allá de la muerte, y....

Y cuando en su primera y unica cita se encontraron en un recoleto café de la colonia Roma, se miraron silenciosos y parpadeantes y, después de más o menos de una hora de platicar del clima y de la dificultad de los traslados por la ciudad y de una película que ella había visto y él no, descubrieron que su mutua pasión electrónica los había vuelto más tímidos de lo que ya eran, y que no sabían qué más decirse ni qué hacer, y finalmente Rómulo dijo “Para mí es una gran alegría saber que existes”, y Julia musitó “Pues yo, igualmente”, y él pagó los capuchinos y los bizcochitos y se besaron en las mejillas y se fue cada uno para su casa...

Desde entonces, los dos, separados por kilómetros de ciudad aunque unidos en espíritu, no han vuelto a verse, pero, felices de haber encontrado el modo definitivo de vivir una misma y compartida pasión, noche tras noche se envían amorosos mensajes que, finalizados con la frase “De aquí a la ternidad” (tomada de la célebre película From here to Eternity), centellean en las pantallas de sus laptops.