Damas de blanco. La resistencia de los gladiolos | Letras Libres
artículo no publicado

Damas de blanco. La resistencia de los gladiolos

Una brisa fría de principios de febrero bate sobre la glamorosa Quinta Avenida en la parte oeste de La Habana. Calle de tráfico veloz, exhibe un paseo central con árboles de ramas recortadas y bancos de granito. Más de una treintena de mujeres vestidas de blanco la recorre con gladiolos en las manos, hasta llegar a una esquina donde se paran y gritan varias veces la palabra “libertad”. Los autos que circulan –a uno y otro lado– aminoran la velocidad para verlas peregrinar, mientras los policías vestidos de civil hacen notar su hosca presencia. Algunos transeúntes pasan y las aplauden; otros evitan acercárseles para no ser captados por las cámaras que rodean el lugar y que intimidan a todos con sus ojos de cristal. Son las Damas de Blanco, esposas, madres e hijas de presos políticos que ya llevan siete años condenados a largas penas y a cuantiosos insultos oficiales. Su marcha es la única expresión de descontento cívico que ha logrado arrebatarle al gobierno cubano un fragmento de ciudad, un trozo de ese país que permanece asustado y silenciado por el control.

La iglesia de Santa Rita, abogada de los imposibles, acoge cada domingo la plegaria de este grupo de féminas conocidas dentro y fuera de Cuba. En la amplia capilla se ve la claridad de sus ropas aquí y allá, orando por el marido cuya salud se ha deteriorado en la frialdad de una mazmorra o por el hijo al que se le ha ido la juventud esperando una amnistía. Ninguna de estas mujeres de rostro triste podía imaginar que la desgracia las uniría para formar un movimiento ciudadano con crecientes simpatías entre la población de la isla. Hace ocho años muchas de ellas desconocían la existencia de las otras, pero la Primavera Negra de 2003 las hizo confluir en el llanto, la exigencia y estas largas caminatas dominicales. Al comenzar la guerra de Estados Unidos en Iraq, el gobierno de Fidel Castro creyó que era el momento de aprovechar la distracción y meter en la cárcel a casi un centenar de opositores y periodistas independientes. Esa vez el viejo truco de esperar a que la comunidad internacional estuviera mirando hacia otro lado no funcionó. El repudio fue total, pero no logró evitar que las salas de los tribunales procesaran, con toda premura, a 75 ciudadanos bajo la temible Ley 88, más conocida como Ley Mordaza.

En marzo de este año se cumplirá el séptimo aniversario de aquellos juicios sumarios, y todavía 53 de los condenados siguen en prisión, acusados de realizar “acciones que en concordancia con los intereses imperialistas persiguen subvertir el orden interno de la Nación y destruir su sistema político”. Como castigo adicional se les ubicó en centros penitenciarios a cientos de kilómetros de distancia de sus casas y se les permitió sólo una frecuencia muy espaciada de visitas familiares. Aún hoy, dieciocho de los que quedan tras las rejas están alejados de sus provincias, encerrados en cárceles de máxima seguridad. La presión internacional ha logrado que varios obtengan una licencia extrapenal bajo la condición, en algunos casos, de partir al exilio. A pedido de diferentes gobiernos, personalidades y organismos de todas partes del mundo, dejaron salir –a cuentagotas– a aquellos cuyo estado físico hacía temer por sus vidas. Esto no significó, sin embargo, la revocación de las sanciones, pues sobre sus cabezas pende aún la posibilidad de ser retornados al calabozo, a esos estrechos y húmedos espacios donde van a parar los inconformes.

Ante la impotencia que trae la injusta prisión de un ser querido, es difícil predecir cómo van a reaccionar los parientes que quedan del lado de acá de los muros carcelarios. En el caso de las Damas de Blanco la indignación y la tristeza se trasmutaron en un movimiento pacifista que no incluye ni la violencia ni el alarido. Sus acciones son constantes pero sosegadas, van desde la peregrinación semanal hasta la apelación legal y la firme denuncia. No tienen nada que ocultar, aunque el gobierno cubano ha lanzado sobre ellas las hordas de la difamación y el puño airado de las Brigadas de Respuesta Rápida. El pasado 10 de diciembre, durante la jornada dedicada a los Derechos Humanos, sufrieron los gritos e injurias de un supuesto “pueblo enardecido” que tenía todas las trazas de haber sido organizado y convocado por la policía política. Sortearon las frases vulgares y los empujones, mientras marchaban silenciosas con su flor de la resistencia apretada entre las manos.

Estas mujeres de diferentes edades y orígenes sociales viven asediadas por operativos de vigilancia alrededor de sus viviendas, sus días están marcados por la estigmatización social, las maniobras de penetración de la seguridad del Estado y el alejamiento de quienes –asustados– prefieren no interactuar con familiares de presos políticos. Han perdido muchos amigos y sin embargo cada domingo hay nuevos rostros femeninos que apoyan la peregrinación con su presencia. Detrás de las persianas, otros tantos miran sin atreverse a acompañarlas.

Los procesados durante la Primavera Negra han pasado a ser una carta en una jugada política que nada tiene que ver con la justicia ni con la legalidad. Sus vidas están pendientes de que, en una espaciosa oficina enclavada en la Plaza de la Revolución, una mano rubrique la orden de descorrer los cerrojos y dejarlos salir. La testarudez que caracteriza al régimen cubano no permite la acción conciliadora de amnistiar a estos hombres y devolverlos al lado de los suyos. Así como no han sabido implementar a tiempo los cambios que está necesitando el país, tampoco se han percatado de que un gesto de clemencia puede mover más simpatías populares que la amenaza o el correctivo. Mientras, los meses pasan y la oportunidad de enmendar la injusticia se aleja.

Las Damas de Blanco no constituyen un partido ni un bloque uniforme, sino un grupo hermanado por el sufrimiento y la espera. Se han convertido en una presencia constante en nuestras calles y sus claras indumentarias generan admiración en unos y cierta comezón insoportable en la retina de otros. Cada vez que las han reprimido, ha quedado demostrada la desproporción entre su fragilidad y el poderío de un gobierno que cuenta con una enorme maquinaria propagandística, con los tribunales, los cuerpos policiales y la capacidad de rehacer las leyes a su antojo. Apabullar desde el poder a señoras que sólo exigen la excarcelación de sus familiares es un triste papel para los líderes de una revolución social que una vez se autotituló la causa de “los humildes, por los humildes y para los humildes”, pero que terminó por llenar el país de prisiones donde se aglomeran los más desfavorecidos. Tratando de estigmatizar a estas féminas, han logrado lo contrario: hacerlas más conocidas y respetadas dentro y fuera de nuestra isla. Esa admiración crece en medio de un escenario donde el simbolismo que emanaba de las barbas y los uniformes verde olivo hace mucho tiempo que perdió toda su eficacia, que gastó todo el capital político que una vez tuvo. Tanto derroche de fuerza sólo ha dejado en evidencia que los procesos políticos basados en emblemas viriles son especialmente frágiles cuando se les opone una frase maternal, una fila de mujeres con gladiolos caminando por una avenida. ~