Dahlberg entre nosotros | Letras Libres
artículo no publicado

Dahlberg entre nosotros

“Una parte del manuscrito de Vivirán estos huesos”, nos dice Antonio Saborit al prologar su traducción de un libro que era del todo desconocido en español, “empezó a cobrar forma en México. En julio de 1937, al principio de su estancia en este país, Edward Dahlberg rentó un cuarto de servicio en la capital [...] El cuarto de Dahlberg estaba en la azotea de un edificio en las inmediaciones del colosal monumento a la Revolución, apenas en obra. En los altos de este manicomio particular vivió rodeado de tendederos y sábanas secándose al sol, un par de aves de corral y una mujer de pueblo que allá arriba hacía tortillas sobre un comal, el silencioso testigo de su orfandad. De imaginar a la ciudad de México como escenario idóneo para cualquier poeta, pasó en breve al menosprecio por los mestizos y a la admiración por la cultura indígena.”

Dahlberg (1900-1977) hizo la vida callejera y salvaje de la que tanto se enorgullecen algunos de los escritores de los Estados Unidos, pasó por orfanatorios católicos y judíos y, a los veintidós años, según refiere Saborit, se consideraba plenamente educado por la necesidad, el dolor y la soledad. De la lectura de los novelistas rusos pasó a las universidades de Berkeley y Columbia. En esta última fue alumno de John Dewey y a juzgar por Vivirán estos huesos (1947 y 1960), dedicó su vida a contrariar las certezas del pragmatismo, como el anarquista que fue, impaciente y colérico ante la democracia, enemigo temprano del nazismo, de cuya violencia antisemita fue víctima en las calles de Berlín.

Asociado por el amor-odio a Charles Olson, a la vez su discípulo y su maestro, Dahlberg, pese a los reconocimientos fugaces de D.H. Lawrence, Edmund Wilson, Alfred Kazin o sir Herbert Read, ha pasado por la posteridad rodeado de la indiferencia, como vivió. Militante comunista en los años treinta, testigo que no ha sido llamado a testificar del París de la Generación Perdida, adicto al matrimonio y al divorcio, Dahlberg escribió novelas proletarias y dejó, en Vivirán estos huesos (Universidad Veracruzana, 2009), el manifiesto crítico de un solitario furioso, gritón, ese profeta hebreo que según Wilson estaba condenado a pasarse la vida hablando solo. Escribió Dahlberg, en síntesis casi versicular, sobre casi todos los temas esenciales de la literatura, como el lector se dará cuenta si lee tres de los fragmentos de Vivirán estos huesos que me he tomado la libertad de reproducir:

No podemos percibir lo que canonizamos. El ciudadano se asegura contra el genio por medio del culto a la imagen. Al toque de la vara de Circe, los divinos agitadores se traducen en cerdos bordados con lentejuelas. Piénsese en el modo en que ha opacado en Thoreau y a Walden. Walden, la parábola más pura que se halla en Estados Unidos, sigue cerrada. Aun así, Walden, cuya inspiración proviene de los Vedas, es la Biblia secularizada de nuestra ética. Lo que el libro sugiere –cómo resistir al mal, a la sociedad, al patriotismo, a la pobreza y a la guerra– no osemos descuidarlo más. ¿Cómo resistir? La moral entera y todo el terror de este mundo están ahí. (p. 43)

La gran literatura occidental es el Apocalipsis del Tedio: esta es la noche de Cristo y la Bestia de Dostoievski. Las novelas de Dostoievski, la oscuridad aderezada de sangre que él desarrolló, son el Mundo Occidental. Los nihilistas sibaritas de Dostoievski, los hambreados profetas de la no-existencia, son los precursores del bípedo europeo que engorda taciturno con sus propios impedimentos. (p. 178)

Petesburgo, ya sea el de Dostoievski o el de Stalin, es la fría, racional ciudad teórica: el dique megalopolitano en el que el abstracto bípedo se pudre de manera abrumadora, solo. Este disyuntivo Onán nacional, alejado de la mujer, a quien la loca faena de la industrialización secó su savia angelical, vierte inevitablemente su semilla en la Patria, ¡a fin de renacer! (p. 179)

Su visión de la literatura de los Estados Unidos es, quizá, la más radical que se haya escrito; sus páginas sobre Thoreau, Melville, Poe o Whitman son la obra de un maníaco de la indignación como los hay pocos. A mí Edward Dahlberg sí me parece un Des Esseintes proletario: intemperante ciudadano de un mundo propio, cerrado y a su vez perfecto.

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma)