Una víctima del Estado | Letras Libres
artículo no publicado

Una víctima del Estado

No es lo mismo vivir en una sociedad en la que el Estado aprovecha el monopolio del uso de la fuerza para aterrorizar, que hacerlo en un país en el que el Estado se ve rebasado.

Está de moda hablar sobre las responsabilidades del Estado. Qué bueno que así sea: es un debate urgente, y no solo en México. Me parece que una de las consideraciones iniciales tendría que ser la siguiente: no es lo mismo vivir en una sociedad en la que el Estado aprovecha el monopolio del uso de la fuerza para aterrorizar y controlar activamente a sus habitantes que hacerlo en un país en el que el Estado se ve rebasado por una erosión institucional que le antecede y, tristemente, le sobrevivirá. Es decir: no es lo mismo la acción del Estado que su omisión.

La semana pasada tuve un encuentro que me recordó claramente la diferencia entre una cosa y otra: entrevisté a Maziar Bahari. Periodista nacido iraní y nacionalizado canadiense, Bahari fue detenido casi cuatro meses en la terrible prisión de Evin en Teherán, tras ser acusado de conspirar contra la teocracia iraní en los días que siguieron a las elecciones fraudulentas del 2009. Bahari fue torturado física y psicológicamente por las fuerzas del Estado y solo alcanzó la libertad después de que su esposa, embarazada en Londres, lanzara una campaña internacional que culminó con la intercesión directa de Hillary Clinton. Tras salir de prisión, Bahari digirió el trauma escribiendo un libro ágil y conmovedor que ahora ha sido adaptado a la pantalla en una película dirigida por el lúcido comediante Jon Stewart. Gael García Bernal interpreta —con su acostumbrada brillantez— al protagonista.

La historia de Bahari es una crónica perfecta del poder destructivo de un Estado paranoico y violento, empecinado en garantizar su propia supervivencia, aun a costa de perseguir a sus ciudadanos. Hijo de una familia ilustrada y políticamente activa, Bahari viajó de vuelta a Irán en el 2009 para cubrir la votación que enfrentó al radical Mahmoud Ahmadineyad con el moderado (para los estándares iraníes) Mir-Hossein Mousavi. Como muchos iraníes de su generación, Bahari guardaba la esperanza de que, en un improbable acto de apertura, los ayatolás encabezados por Ali Khamenei permitieran un proceso electoral auténticamente libre. El entusiasmo en las calles de Teherán, sobre todo de los jóvenes, hizo suponer a Bahari y a muchos otros observadores que el triunfo de Mousavi era no solo posible sino probable. El resultado fue el opuesto. En un fraude descarado, los autócratas iraníes anunciaron la “abrumadora” victoria de Ahmadineyad. Miles de iraníes salieron a protestar a las calles en lo que se convertiría en la famosa revolución verde. Bahari hizo lo que tenía que hacer: encendió su cámara y grabó la feroz respuesta de las fuerzas represoras del Estado. Luego escribió sus experiencias para Newsweek. La respuesta del gobierno iraní fue inmediata. Una mañana, Bahari despertó para encontrarse con la presencia de un grupo de tres miembros de la policía secreta. Después de decomisar prácticamente todas las pertenencias del periodista (incluida su colección de Los Soprano, a la que consideraron “pornografía”), echaron a Bahari en un auto y se lo llevaron. La madre del periodista, una octogenaria que ya había sufrido la detención y tortura de su marido y su única hija en décadas anteriores, se quedó sola en el umbral de la casa. No volvería a ver a Maziar, sino hasta 118 días después.

En prisión, Bahari fue sometido a sesiones diarias de tortura. “No hubo un día en que no me amenazaran de muerte”, me dijo en la conversación que tuvimos. Durante toda su estancia en la cárcel de Evin —la enorme prisión que funciona, para cualquier consideración práctica, como centro de represión para la dictadura iraní— Bahari vivió (es un decir) en aislamiento absoluto. Estuvo a punto de enloquecer. Casi se quita la vida rompiendo el cristal de sus gafas. La única manera que halló para evitar la demencia fue inventarse diálogos con su padre e imaginar que quizá tendría la suerte de ver nacer a su hija. Las sesiones de tortura se intensificaron hasta que Bahari se vio obligado a ceder: roto psicológicamente, accedió a grabar una absurda confesión en la que aceptaba haber encabezado una conspiración de los medios internacionales contra el Estado iraní. Después de eso —y sobre todo después de que Hillary Clinton mencionara su nombre en una entrevista— fue liberado. Voló de vuelta a Londres, pero no sin antes recibir una advertencia: “cuidado con lo que dices: podemos encontrarte en cualquier lugar”. Así reprime, intimida y persigue un Estado activo y brutal. En el caso de Bahari y los otros miles de detenidos durante el 2009, la responsabilidad fue, sin duda, del Estado, por acción, no por omisión. No sé qué implica mayor desamparo, pero vale la pena recordar la diferencia.

(El Universal, 3 de noviembre, 2014)