Réquiem por Marisela | Letras Libres
artículo no publicado

Réquiem por Marisela

Este México no da tregua. Apenas unos días después de que Isabel Miranda de Wallace concluyera su lucha por llevar a la justicia a los responsables del secuestro y muerte de su hijo Hugo Alberto, el país nos regala una bofetada espeluznante. Si la señora Miranda encarna todo lo que es posible hacer, con valentía, suerte y ciertos recursos, desde la sociedad civil, Marisela Escobedo, la mujer asesinada la semana pasada al pie del Palacio de Gobierno de Chihuahua, representa el desamparo más absoluto.

La sucesión de errores y tragedias que desembocarían en la muerte de la señora Escobedo comenzó hace un par de años en el epicentro del drama mexicano: Juárez. Fue ahí donde Rubí Marisol, la joven hija de Marisela, se lió con un tipo propenso a la violencia doméstica llamado Sergio Barraza. Tuvieron una hija, Heidi. Un mal día algo ocurrió y Barraza perdió el control. Mató a Rubí. Desesperado, sin saber qué hacer con el cadáver, eligió profanarlo brutalmente. Descuartizó a su mujer, quemó los pedazos y arrojó lo que quedaba en una marranera, entre retazos de puerco. Después de no saber de su hija, Marisela se acercó a las autoridades. Contaba que la regañaron, le gritaron y le dijeron que se pusiera a repartir volantes. Humillada, eso hizo. Fue así como descubrió que Barraza había confesado su crimen a un grupo de amigos del barrio. Valiente, se dispuso a hallar a su yerno. Diez meses después lo encontró en Zacatecas, donde ya comenzaba una nueva vida. Barraza no tardó en confesar la atrocidad que había cometido. Dijo dónde estaba el cuerpo (“unos huesitos calcinados”, decía Marisela), explicó cómo hizo lo que hizo y se entregó a la autoridad. La señora Escobedo seguramente pensó que aquello sería el final de su batalla. Se equivocó: no contaba con la estulticia del Ministerio Público ni con el cinismo de los jueces en el flamante sistema oral de Chihuahua. Los errores técnicos en la investigación pesaron más que la confesión detalladísima de Barraza. De manera asombrosa, el asesino fue absuelto. Por unanimidad. El primer sorprendido debe haber sido el criminal, quien, durante el juicio, había pedido perdón, anticipando así su estancia en prisión: “Dios me ha dado la oportunidad de conocerlo dentro de un penal”. Los gritos de dolor de Marisela Escobedo en el momento de la absolución forman parte ya del registro de la calamidad mexicana.

Tras su liberación, Sergio Barraza escapó. Marisela Escobedo, por su parte, siguió peleando. Y consiguió que, en segunda instancia, su yerno fuera condenado a 50 años de cárcel. Pero era demasiado tarde. El asesino se había ido. Hay quien dice que se enroló con Los Zetas, que aprovechó el regalo de la (in)justicia mexicana para radicalizarse. En cualquier caso, la policía nunca pudo aprehenderlo. A pesar de que Marisela de nuevo consiguió localizarlo en Zacatecas, Barraza logró escapar saltando por las azoteas. La policía —torpe, inútil— le perdió el rastro. Marisela suplicó ayuda al gobierno chihuahuense. También buscó el apoyo del gobierno federal. Nadie, salvo algunos organismos internacionales, le hizo caso. Solía marchar por las calles con una foto de su hija sobre el pecho y el rostro maquillado como un payaso, con una lágrima negra descendiendo por la mejilla izquierda. En algún momento de este año, comenzaron a amenazarla. Ella pidió protección y se fue a montar una protesta afuera del Palacio de Gobierno de Chihuahua, a metros de las elegantes oficinas de la autoridad. Ahí sí le asignaron dos agentes, pero para evitar que pintarrajeara los monumentos históricos de la zona. La noche del jueves, un hombre se acercó a Marisela, la persiguió hasta los escalones de la sede del gobierno, y la mató de un balazo en la cabeza. Los brillantísimos sabuesos locales ya sospechan de la gente cercana al impune Sergio Barraza.

Víctima de la larga cadena de podredumbre que, en su peor expresión, es el sistema de supuesta impartición de justicia de este país, la señora Escobedo trató de enfrentarse al monstruo multifacético de la villanía que acecha México. Perdió. Y, con su derrota, perdemos todos.

- León Krauze

(Imagen tomada de aquí)