“La huella esa, es, es un huevo” | Letras Libres
artículo no publicado

“La huella esa, es, es un huevo”

Dodo de Adam Broomberg y Oliver Chanarin profundiza en la paradoja que se ha instalado en nuestro imaginario colectivo como el huevo y la gallina compitiendo, desde siempre, por un primer lugar en la cadena evolutiva.

La locura tiene que ver con cada uno de nosotros y lo que sabemos (o creemos que sabemos) percibir. La Nave de los Locos, peregrinación castigadora para los insensatos, no ha sido reemplazada del todo por El Gran Encierro. He aquí una prueba fehaciente en el escenario marítimo es remplazado por una ruta de aire: Dodo de Adam Broomberg y Oliver Chanarin.

El Capitán Juan Yossarian, protagonista de Catch-22 de Joseph Heller, es poseedor de un saber prohibido (digamos el pacifismo) y finge demencia para eludir sus responsabilidades como soldado. El plan para apartarse de los actos obligados de ofensiva no resulta como esperaba. Yossarian se convierte en una pieza esencial del engranaje que odia: es el que está al frente de uno de los tantos aviones North American B-25 Mitchell (B-25) del ejército estadounidense. ¿Esta repentina manifestación de locura es por identificación o pasión desesperada? No hay manera de salir de la trampa en la que cae Yossarian. Nadie en sus cinco (y sanos) sentidos quiere volar en combate porque es sumamente peligroso. Pero si el aviador de una escuadrilla de bombarderos alega que no se le pega la gana volar porque tiene miedo, entonces demuestra, sin lugar a dudas, que está cuerdo. Muy cuerdo.

La versión cinematográfica de esta novela fue dirigida por Mike Nichols en 1970. Treinta y seis aviones fueron imaginados en la cabeza de un director de cine. Dieciocho aviones se hicieron realidad. Diecisiete aviones que fueron los primeros B-25 en ser construidos desde 1945. Uno de ellos no podía volar: era un didus ineptus de metal. Escenario: el Mediterráneo italiano o San Carlos, Sonora. Temporalidad: la Segunda Guerra Mundial o el bienio 2013-2014.

Dodo de Adam Broomberg y Oliver Chanarin profundiza en la paradoja que se ha instalado en nuestro imaginario colectivo como el huevo y la gallina compitiendo, desde siempre, por un primer lugar en la cadena evolutiva. Dodo conjuga la investigación documental, la expedición arqueológica, la literatura y una obsesión por la adaptación cinematográfica de Nichols. Cuatro, cuatro fotografías casi idénticas de un huevo de dodo, el único y el último sobre la faz de la tierra, son las que dan la bienvenida a esta exposición. En la sala mayor, un video de 40 minutos delata el estado natural de la isla antes de ser invadida. Los artistas, en colaboración el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, despliegan un episodio del conflicto con la naturaleza. Olas que sangran. Algas que esclavizan. En una sala lateral están los restos, es la exhumación del avión que nunca pudo volar. La tierra se ha apartado, lo que persiste es chatarra: cuatrocientas treinta y dos piececitas de aluminio, novecientos tornillos oxidados. Chatarra que fue esplendor. Un mausoleo al hierro viejo es el número dieciocho, avión traidor y traicionado.

El cerro Tetakawi, o “Montaña de Piedra” en yaqui, atestiguó la construcción de una pista de aterrizaje y despegue de casi 2 kilómetros de largo y unos 12 metros de ancho. Una paradoja más: esta pista albergó a la sexta flota área más grande desde fines de la Segunda Guerra. Dos horas para cada día de filmación, 1969. Una paradoja más: esta pista se dramatiza y sus bondades han sido aprovechadas para el tráfico de estupefacientes. Una paradoja más: la visión crítica de un escritor y la perversión de un productor. 4,891 tiras de  material gráfico proyectable en una bodega de Paramount Pictures, carretes empolvados. Una paradoja más: un alcalde corrupto y una productora corrompida. El mezquital y sus inacabables raíces que dieron sombra a setenta y cinco peones. Clandestinidad. Manos llenas y codiciosas. Torres de control, hangares. Sudor y sangre de utilería sobre 2 kilómetros de largo y unos 12 metros de ancho. Corte y no queda.

En Dodo somos testigos de la extinción actualizada: el paisaje es reconfigurado y la mano humana apenas se recupera antes de acometer una fechoría más. El antiguo San Carlos en Sonora, una isla virgen a la que solamente se podía llegar en lancha, se transforma en una película fantasma. La superposición a finales de los sesenta no es azarosa. Una playa que bautizaron como Los Algodones encara a un set abandonado que se transmuta en condominios para retirados provenientes de Canadá o Estados Unidos. Las tomas hollywoodescas no se desecharon como esta tierra. La falsa base militar ha sido abandonada pero hay una conquista más. Se llama Colonización. San Carlos o Pianosa en Catch-22, la película, es un territorio que ya no se pertenece a sí mismo sino al tiempo pretérito.

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Adam Broomberg y Oliver Chanarin, que se confiesan ávidos lectores, descontextualizan el dodo de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll y rescatan la relación entre virilidad y beligerancia de Tres Guineas de Virginia Woolf. Colaboradores de la popular revista Colors, los artistas han hecho más que un catálogo de la exposición. Una dinámica insuperable con Editorial RM y Fundación Jumex Arte Contemporáneo ha generado un proyecto editorial de Dodo que se rescata como una pieza más de la exposición. Es el testimonio impreso de la barbarie localizada: la industrial fílmica, el desarrollo turístico, el narcotráfico. Desde esta trinchera que alude a la memoria y sus imperfecciones, Broomberg y Chanarin cuentan con obras como Holy Bible (20013), una biblia mediada con las imágenes del Archivo del Conflicto Moderno, o Ghetto (2003), un recorrido por campos de refugiados desde Tanzania a la Patagonia.

El B-25 fue nombrado en honor al general Billy Mitchell. Esta exposición fue nombrada en honor a ese pájaro extinto, el primer animal desaparecido por intervención humana. Aislamiento. Un presunto huevo es una huella definitiva. Ejecutantes y ejecutado. Diecisiete bombarderos B-25 terminaron en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. La hélice de uno, el que no podía volar, está en la Galería Jumex. La hélice sin sus alerones, despedazados. Trocitos de metal. Tornillos, un par de clavos. No, novecientos tornillos. Un clavo. Una hélice que funciona. Un litoral belicoso. Un decimoctavo avión que no pudo remontar el vuelo. Una escena rodada con prisas y un accidente simulado. Tres mil bolitas de mierda de conejo y un misterio, 2013-2014. Los artistas y el equipo de arqueólogos pusieron un asterisco en la zona donde se estrelló el avión (marcando el tesoro, caridades del GPS)  para la acción y el corte. Pero el lugar exacto donde enterraron al dieciochavo avión es un secreto ahogado en el Mar de Cortés. Tantos tornillos y un clavo con la cabeza ahuecada. Dicen que el avión fue llevado al Cajón del Diablo, pero esa historia sobrevive a nuestra cabeza porque Dodo sincroniza a la extinción con nuestro reloj: “Agradece que estás sano. Amárgate, no permanecerás así. Alégrate de que aún estás vivo. Enfurécete, vas a morir”.

 

La exposición puede verse en la Fundación Jumex Arte Contemporáneo, hasta el 19 de octubre.