La historia de Jesús | Letras Libres
artículo no publicado

La historia de Jesús

Una cosa ha quedado clara a una semana de la elección del 4 de julio: más allá del triunfo de alianzas o partidos, la jornada representó un triunfo para la sociedad civil. Primero, la elección reivindicó el ejercicio mismo de la democracia: los números de participación son notables. Pero no sólo eso. También demostró que el electorado mexicano cada vez se resiste más a ese canto de las sirenas que es el populismo. Fue evidente el voto de castigo para partidos y políticos que practican viejos vicios. Lo fue no sólo por la alternancia en seis de los 12 estados sino también por el estrechísimo margen por el que se decidieron casi todas las carreras. Eso habla, de nuevo, de un electorado que desconfía de los consensos y que, si hoy da la victoria a un partido, puede inclinarse por el siguiente dentro de unos años. Un electorado exigente y racional —además de valiente, dada la violencia en el país— es señal de buenos tiempos por venir para la acción política y el cambio desde la ciudadanía, no desde las estructuras típicas del poder.

No me sorprende. La sociedad civil en México ha dado diversas muestras de salud en los últimos tiempos. Desde el comprensible aunque fallido movimiento “anulista” hasta esfuerzos mucho más notables y efectivos como “Reelige o castiga” o “México SOS”, la ciudadanía ha tomado cartas en asuntos que antes sólo correspondían a papá gobierno. Las redes sociales han jugado también un papel importante. Twitter, sobre todo, ha demostrado una capacidad notable para la reacción y la solidaridad social. La organización de diversos esfuerzos de acopio en apoyo al golpeado noreste de México es sólo un ejemplo. Quisiera sumar otro, de tintes más personales. Esta es la historia de Jesús.

Hace poco menos de un mes visité con mi pequeño hijo el parque España de la colonia Condesa. Nos encontramos con una familia acurrucada debajo de las resbaladillas. Un niño con sus padres. Al vernos jugar con la pelota, el muchacho se acercó solícito y amable. Dijo llamarse Jesús y tener nueve años. Había llegado de Veracruz con su madre para encontrarse con su padre, que se dedicaba a la cancelería. Le pregunté si no iba a clases. Me explicó, con esa inocencia maravillosa de la infancia, que la escuela le había dado “vacaciones” dos meses antes de lo previsto por “ser el más listo de la clase”. Quise saber cuánto tiempo tenían viviendo en el parque. Al menos diez días, me dijo Jesús mientras correteaba con libertad junto a mi hijo. Nos despedimos tras un par de horas. Al poco tiempo volví con algo de dinero, imaginando que Jesús y los suyos podrían aprovecharlo para rentar un pequeño cuarto o, quizá, emprender la marcha de vuelta a tierra veracruzana.

Me equivoqué. Días después, mi hijo regresó al parque con su madre. Y ahí seguía Jesús. Ahora, el niño estaba afiebrado, tapado hasta las orejas, acostado debajo de sus resbaladillas. De inmediato, mi esposa compartió el caso en Twitter. Y entonces comenzó a ocurrir el milagro; la demostración de los alcances del medio y del grupo social que convoca. A los pocos minutos ya había en línea distintas ofertas de apoyo e, incluso, de empleo. Otros preguntaban por la edad del niño para llevarle algo de ropa. Un médico se comprometió a presentarse para atender a Jesús sin costo alguno. Un par de horas después nos enteramos de que un twittero llamado Olivier Beltrán había ido al parque España para ofrecerle un empleo no sólo al padre del niño sino a su madre. Ambos aceptaron: “Julio está en una obra en Santa Fe, Guadalupe en la oficina, y van a vivir en un cuartito cerca de la oficina”, compartió Olivier en Twitter al día siguiente. El fin de semana visitamos, de nuevo, el parque. Ya no estaba Jesús.

El episodio es más que una anécdota personal. Es un ejemplo de la reacción inmediata y productiva de la sociedad civil en una situación de emergencia. En el fondo, el destino de Jesús y sus padres tiene un tronco común con la gallarda reacción ciudadana el día de las elecciones. Ambos casos dan motivos para esperar mejores tiempos a pesar de nuestros nubarrones.

- León Krauze