Huérfanos de espíritu | Letras Libres
artículo no publicado

Huérfanos de espíritu

Se veía venir. Nunca había recibido una respuesta como la que provocó “Las otras víctimas de Maciel”, el texto que publiqué sobre la Legión de Cristo. Y digo que se veía venir porque todo aquel que se ha atrevido a criticar a Marcial Maciel desde que se publicara el primer reportaje exhibiendo su perversidad ha tenido que aguantar la misma soflama. A lo largo de los años, víctimas, periodistas, medios de comunicación enteros y desertores de la Legión han sido perseguidos, arrinconados y estigmatizados por atreverse a hablar sobre que los crímenes de Maciel, que comenzaron (hasta donde se sabe) en 1956, cuando aquél tenía 36 años de edad y estaba por fundar su famosa orden.

Como recordaba Carlos Puig el sábado pasado en Milenio, en los últimos años, decenas de empresarios alrededor del mundo blandieron su poder político y económico para acabar con las carreras de aquellos que, por dignidad personal o valentía periodística, decidieron exponer el secreto a voces. México no fue la excepción. Muchos tuvieron cerca a Maciel, quien fungió como confesor privado, consejero y sacerdote personal. La culpa debe ser enorme para los que prefirieron proteger a un monstruo antes que atender las heridas de sus víctimas y darles amparo a los pocos profesionales de la información que se atrevieron a cuestionar la pureza moral del “Padre” supremo de la Legión.

De todas las reacciones a mi texto me quedo con esta carta, que reproduzco respetando el anonimato de quien me la envió, una madre en el corazón de un drama que, por desgracia, no le es exclusivo.

Soy madre de un ex Legionario. Leí con mucho interés tu artículo y ese fue el motivo por el cual decidí hablar después de diez años de permanecer callada. Permanecí callada por muchas razones. La principal fue mi hijo, mi adorado hijo. (...) Lo peor fue cuando mi hijo me dijo que se iba a trabajar para la Legión sin importarle nada. Como robot lo fueron llevando estos bandidos abusivos. Un día después de haber terminado un verano en la universidad, llevando una carrera sin problemas, teniendo en sus manos todo su futuro, dijo que se iba. Sentí que mi alma se iba. Me pidió la ropa más sencilla, que le fui a comprar. Lo único que me dijo de su universidad fue que si no regresaba, Dios lo mandaría a otra. Llegó el día en que se fue. Primero a Guadalajara, luego a Monterrey y como último a Hermosillo. Todo para conseguir patrocinadores, a pie, con cuarenta grados, de traje, todos los días. Y algo muy importante: nosotros teníamos que depositarle dinero cada 15 días sin falta. Hasta ahorita no sabemos a dónde fue a dar el dinero. La tristeza y la desilusión de él se fueron manifestando poco a poco. Su voz se fue apagando. Si algún Legionario lo veía que hablaba por teléfono, como lo hacía sólo una vez por semana, se quedaba cerca de él para oír todo. La presión que ejercían sobre él era de tal magnitud que pensé que algo le pasaría. Un domingo le dije que si no tomaba el avión y regresaba iba yo por él sin importarme nada. Me oyó y volvió, directo con un psicólogo. Regresó inseguro, austero, aislado, su voz baja, su mirada perdida; delgado, severo con él mismo y con los demás. El hijo cariñoso que yo tenía no ha vuelto. Tal vez nunca regrese. Para terminar, porque esto me duele tanto, deseo que ese movimiento disfrazado algún día desaparezca y que todos y cada uno de esos pederastas disfrazados de sacerdotes o consagrados sean castigados como se merecen y que Maciel, si el infierno existe, pague el terrible sacrilegio que cometió y que sus cómplices insisten en encubrir. Soy una madre dolida que tuvo la desgracia de conocer el verdadero Regnum Christi.

Esa es la verdad de la Legión de Cristo. Un movimiento cercano, por vocación, al poder y al dinero; creado, definido y guiado por un hombre que abusó y engañó durante medio siglo a jóvenes seminaristas, mujeres aterradas, familias crédulas y potentados necesitados de redención. Todo bajo el amparo de la Iglesia católica, que lo protegió y cuidó como una empresa a su mejor vendedor. Eso lo sabe la madre que me escribió y lo sabe Álvaro Corcuera, quien encabeza la Legión en estos tiempos. En la primera entrevista tras la “disculpa” del viernes pasado, Corcuera aceptó, con reveladora candidez, que la Legión se ha quedado “huérfana”. Minutos más tarde, José Barba, víctima de Maciel, matizó implacable: “están huérfanos... de espíritu”. Amén.

- León Krauze