Envidia de la buena | Letras Libres
artículo no publicado

Envidia de la buena

No pude evitar sentir envidia al seguir la votación en la que el Senado francés aprobó la dolorosa pero necesaria reforma al sistema de pensiones propuesta por Nicolas Sarkozy. A pesar de una intensa presión social –mucho más caótica y frívola que informada– el gobierno francés hizo un ajuste significativo a la esencia misma de su versión del Estado benefactor, yendo contra lo políticamente correcto y asumiendo los costos electorales que la aprobación significará. La determinación de Sarkozy reivindica el acto de gobernar. De ahí mi envidia. Irremediablemente, la mano firme en París me hizo recordar todas las reformas que hacen falta en México. Sobre todo pensé en una, que engloba la larga lista de vicios y defectos que han hundido al país en la única parálisis que realmente importa: la de largo plazo, la que tiene que ver con las generaciones futuras. Me refiero, claro está, a la reforma profunda de nuestro sistema educativo.

No se necesita ser un experto para darse cuenta de que la crisis educativa es el origen de buena parte de nuestros infortunios y, al mismo tiempo, la clave para solucionarlos. En este México encolerizado nos hemos querido convencer de que la única obligación del gobierno es proteger a la ciudadanía. Es una de ellas, claro. Pero el gobierno tiene otro deber irrefutable y, a la larga, mucho más importante: garantizarle a la población acceso universal a una educación de calidad. En el primer rubro, hay que decirlo, México ha avanzado. Pero la calidad educativa es harina de otro, apolillado, costal. Al dar el banderazo de salida al periodo docente 2010-2011, el presidente Calderón aseguró que contar con un sistema educativo que opera “con regularidad” es una “de las grandes cosas que tenemos en México”. Se equivoca. La “regularidad” dejó de ser una “gran cosa” cuando quedó al descubierto la bajísima calidad de ese mismo sistema educativo.

Por eso es una buena noticia que, en los últimos años, varias organizaciones de la sociedad civil hayan decidido debatir el modelo educativo mexicano para encontrar maneras de reformarlo. Mexicanos Primero y Clase –que esta semana ha reunido un extraordinario grupo de expertos en el Distrito Federal– son solo un par de estas asociaciones. En los últimos días incluso se ha anunciado un documental muy efectivo dirigido por Juan Carlos Rulfo y respaldado por varios de los hombres detrás de Mexicanos Primero, además de mi colega Carlos Loret. Algunas de las primeras conclusiones a las que han llegado son valiosas aunque evidentes a priori. A saber: la importancia de la participación de los padres en el proceso educativo. Naturalmente, si los padres leyeran con sus hijos y asumieran su educación como una prioridad, muchas cosas caminarían mejor. Pero es falso que la atención del núcleo familiar sea suficiente. La salida de la crisis educativa mexicana pasa por reformar el proceso docente formal, maestros y sistema. Lo dice David Calderón, quien preside Mexicanos Primero: “para cambiar el estado de la educación en México se necesita concentrarse en los maestros”. Tiene razón.

Y de ahí la envidia que le tengo a Francia. Porque el acto de valentía equivalente a lo que hizo Nicolas Sarkozy sería dar un golpe en la mesa y cortar de tajo los privilegios de la dirigencia magisterial que, intoxicada con la persecución del poder, ha condenado a una generación a vivir no en un país de conocimiento sino de conocidos, como me dijo un experto en el tema hace unas semanas. Un país en el que las escuelas han dejado de ser precursoras de movilidad social para convertirse solo en una parada más del camino de frustración de los jóvenes mexicanos. La educación volverá a ser “una gran cosa” cuando consigamos ponernos de acuerdo en un cambio sistémico que parta, quizá, de una nueva concepción cultural del modelo educativo donde la educación, sus recursos y sus maneras, se descentralicen y se optimicen. Un modelo en el que los actores consigan presionar eficazmente al magisterio para que deje de hacer política y se concentre en educar. Un modelo sin un SNTE privilegiado y cínico ni una CNTE rijosa y vulgar. Eso sí que sería una “gran cosa”.

– León Krauze

(Texto publicado previamente en el periódico Milenio)