El fin de la ira | Letras Libres
artículo no publicado

El fin de la ira

La historia cuenta y está ahí para cualquiera al que realmente le interese, sin el velo del prejuicio, reconocer los avances del país.

Los votantes no tendremos una tarea fácil el 1 de julio. Para muchos, la elección se ha reducido a un ejercicio de resignación ante la mediocridad menos flagrante. En un momento revelador, Juan Villoro ha explicado con el siguiente derroche de entusiasmo por qué votará por Andrés Manuel López Obrador: “Es un caudillo anticuado que no conoce la autocrítica, pero que representa un mal menor”. Es de suponerse que un buen número de los que favorecerán a los otros dos aspirantes justificarían su voto en términos similares. A todos queda claro que ninguno de los candidatos está a la altura de un país confundido, enojado, temeroso de la regresión.

Los últimos días de la campaña se han concentrado en una apuesta morbosa: ¿habrá conflicto poselectoral? Se trata de una tensión inmerecida. México ha trabajado durante décadas para construir un sistema electoral que ofrece garantías democráticas más que suficientes. Después de 2006, el marco legal que rige nuestras elecciones se volvió hasta melindroso: entrevistar a los consejeros del IFE implicaba sumergirse en una especie de subcultura donde la “equidad”, la limpieza del proceso y hasta la supervisión del “periodismo genuino” eran mantras a repetirse con devoción religiosa. Sacudido por el 2006, el IFE optó por endurecerse. Se preparó seis años para ganarse de nuevo, a trompicones, la confianza de la ciudadanía (confianza que se le arrebató injustamente, pero no vale la pena volver a repasar aquello).

En estas últimas semanas de junio, varios consejeros y simpatizantes de la nueva legislación electoral han pasado horas desmintiendo a aquellos que insisten en sembrar la duda. Gente de notable probidad intelectual —como José Woldenberg, Lorenzo Córdova o Ciro Murayama, por mencionar solo tres— han aclarado que no, Hildebrando no es la mano que mece la cuna del conteo; que no, los contados episodios con las boletas no ponen en peligro la elección; que no, la coacción del voto no amenaza los avances de los que hoy goza el votante mexicano. El etcétera es casi interminable. Imagino que el agotamiento de quienes desmienten mitos debe serlo también.

Los defensores del proceso electoral han tenido que enfrentar un buen número de voces que insisten que México vive una falsa democracia electoral. Algunas son bien intencionadas, gente preocupada por los polvos de aquellos lodos. Es comprensible: no se puede atravesar por décadas de atropellos sin arrastrar temores. A los que temen una restauración de los abusos y costumbres del antiguo régimen habría que explicarles, por enésima ocasión, las razones por las que el México de 2012 no es el de 1988. Ni siquiera el de 1994. La historia cuenta y está ahí para cualquiera al que realmente le interese, sin el velo del prejuicio, reconocer los avances del país.

Por desgracia, me temo, hay otros cuyas reiteradas dudas sobre el proceso electoral parten de una intención aviesa. O al menos de la persecución más cínica del rédito político. Nunca entenderé qué ganan exagerando los riesgos que corre la democracia, acusando a medio mundo de vendido, cuestionando la aritmética de las encuestas, enturbiando la legitimidad del proceso mismo de votación, aprovechando la ignorancia y temor de miles para sembrar discordia. El desprestigio institucional es una apuesta tóxica perfecta: no beneficia a nadie y perjudica a todos. Cuestionar hasta la demencia los resultados de 2006 no benefició a Andrés Manuel López Obrador: un sector de la población nunca le perdonó la beligerancia; otro lo siguió, supurante y coqueteando con la histeria, hasta el final. La sombra del supuesto fraude terminó por desprestigiar al IFE y ensuciar a la sociedad: derrota universal.

El 1 de julio, los actores políticos tendrán una nueva oportunidad de revertir la erosión de la confianza democrática mexicana. Si los perdedores reconocen su derrota y prometen trabajar por el bien del país desde una lúcida y activa minoría, México será un país mejor. Y aquellos que se han acostumbrado a la ira y al insulto cotidiano podrán, quizá, tomarse un merecido respiro.