El carácter de Javier Hernández | Letras Libres
artículo no publicado

El carácter de Javier Hernández

Quizá la clave para entender al Chicharito es apreciar la alegría de vivir para jugar y jugar para vivir. Es un privilegio que pocos tienen y él parece valorarlo y agradecerlo.

Hay logros sustanciales en la vida mexicana (en todos los ámbitos) y en tiempos de desesperanza que vale la pena señalarlos. Un caso que todos conocemos anima a una reflexión sobre el carácter. El de Javier Hernández.

¿Qué vuelve un ídolo a un deportista? En algunos casos, la excelencia en el campo de juego es suficiente. En Argentina, por ejemplo, Diego Armando Maradona es un ídolo. Nada de lo que haga fuera de la cancha, ninguna de sus insolencias será suficiente para desgastar el pedestal que los argentinos le erigieron. Pero lo de Maradona no es la norma. El caso más cercano es el de Hugo Sánchez. Lo que hizo Hugo fue una hazaña, pero nunca fue un ídolo, al menos no en México. Y es que no es lo mismo ser admirado que querido. Para ser querido hace falta algo más, algo que haga deseable no solo la emulación deportiva, sino también humana.

No me refiero a una extrema exigencia moral. Los deportistas no tienen por qué ser santos. Pienso en una probidad dentro y fuera del terreno de juego, una combinación de valentía, estoicismo y humildad. Ningún aire marea como el de la fama. Por eso mismo, pocos tan admirables como quien, en las alturas, logra mantener la cabeza fría y trata al triunfo y al desastre como “dos impostores”, tal y como recomendaba Kipling en su poema “Si”.

Lo primero que hay que aplaudirle a Chicharito es su aversión a la comodidad. En los últimos años ha optado ya dos veces por asumir retos que, al menos en el papel, sonaban casi imposibles. De los dos, quizá el más difícil fue el primero. Dejar Guadalajara para intentar hacerla en el Manchester United parecía entonces una misión kamikaze, sobre todo para un chamaco de poca experiencia y cierta fragilidad física. Quizá más que ningún otro, el futbol inglés se juega desde la fortaleza. Es una liga de atletas y pugilistas, donde la picardía tiende a contar menos que la velocidad, la fuerza y hasta la rudeza. A todo esto habría que sumar el carácter del equipo al que llegaba Chicharito. Es justo asumir que un vestuario encabezado por Wayne Rooney y Alex Ferguson no se andaba con bromas. A todo eso se impuso Javier Hernández, aprovechando cada oportunidad, ganándose el aprecio de propios y extraños.

La segunda virtud de Chicharito es su tolerancia a la frustración, su perseverancia. Imaginemos por un momento lo que habrá sentido al entrar por primera vez al campo de entrenamiento del Real Madrid. Saltó a la cancha sabiendo que había sido empleado como actor de reparto, a destiempo. Habrá visto frente a sí a un conjunto ya incorporado de futbolistas ganadores, una familia consolidada, no precisamente dispuesta a recibir a alguien nuevo, y menos a un suplente a préstamo. En los meses posteriores tuvo que aguantar una y mil tonterías: que solo había sido contratado para vender más camisetas, que era un cartucho quemado, solo un animador de grupo. A todo esto respondió con goles. Y cuando ya no hubo goles porque se acabaron los minutos, recurrió a la paciencia y al trabajo silencioso y solidario. No hay que confundir nada de esto con docilidad. Gente cercana al Real Madrid lo describe como un tipo incansable y siempre dispuesto a aprender. Y eso lo hizo crecer, como futbolista y como persona. Lo que ocurrió en el partido del miércoles pasado —y ayer, en Vigo— no fue consecuencia de la casualidad, sino de la fortaleza de carácter. Nada hubo de azaroso en la recompensa.

El último ingrediente de la figura de Javier Hernández es su humildad; misteriosa por inusual. Desde hace más de veinte años, he tenido el gusto de tratar con futbolistas. Nunca, en dos décadas, me había topado con alguien similar. A pesar de haber jugado (y anotado en) dos mundiales, ser parte de dos de los equipos más celebres del mundo y ser reconocido por millones, Javier sigue siendo el mismo de siempre. Hay algo infantil en él, en el mejor sentido. Algo de constante asombro ante la fortuna de ser futbolista. Es de risa y llanto fáciles, por ejemplo. Quizá la clave para entenderlo es apreciar, finalmente, la alegría de vivir para jugar y jugar para vivir. Es un privilegio que pocos tienen. Javier Hernández parece valorarlo y agradecerlo. Sin aspavientos, sin desplantes, sin escándalos: con una sonrisa iluminando el rostro sudado.

Un buen muchacho mexicano, un buen ejemplo. No es poca cosa.

(El Universal, 27 de abril, 2015)