Desde Monterrey | Letras Libres
artículo no publicado

Desde Monterrey

Vine a Monterrey para escuchar, con profunda humildad, la crónica de estos tiempos trágicos. Descubrí varias cosas que, sí, me dejan dolido y preocupado, pero también esperanzado.

El periodismo no puede ser una labor académica. Llega un momento en que no es suficiente leer sobre la realidad. En este oficio, de algún modo, hay que vivirla. Desde hace mucho tiempo me sentía en deuda con Monterrey. Es una deuda profesional pero también personal. En esta ciudad vibrante obtuve mi primer empleo, hace más de la mitad de mi vida. Desde entonces he vuelto muchas veces. Tuve la oportunidad de conocer el carácter regiomontano en la amistad y el trabajo (nunca tuve la suerte de conocerlo en el amor). Siempre me llevé la mejor impresión. Admiré la claridad de los empresarios de Monterrey. Aquí no conocen el abrazo hipócrita, la zalamería improductiva. Hay algo profundamente honesto aquí. Siempre he pensado que esa honestidad —y hasta la famosa frugalidad regia— arraiga en el origen de la ciudad. Surgida entre la nada y de la nada, aislada del centro del país, asediada por la naturaleza y los habitantes originales: casi un milagro de empeño. El génesis del noreste de México se siente aún hoy, cuando han pasado cientos de años desde que Carvajal pisara esta parte de la Nueva España.

Vine a Monterrey para escuchar, con profunda humildad, la crónica de estos tiempos trágicos. Descubrí varias cosas que, sí, me dejan dolido y preocupado, pero también esperanzado. Vamos por partes. Por años, la situación en Nuevo León ha sido muy complicada. Situado como está en la frontera misma donde se libra la batalla entre el Cártel del Golfo y Los Zetas, Nuevo León se ha vuelto no solo territorio disputado, sino zona de tránsito de unos y otros. La lucha entre ambos bandos —y el papel del Estado, en pugna con los dos— han provocado un terror constante que, por momentos, se ha parecido a un estado de sitio. El primer semestre de 2011 fue el más violento de la historia del estado. La tasa de homicidios ha ido en aumento. Las escenas de horror parecen sucederse unas a otras. La barbarie del Casino Royale fue solo la punta del iceberg. Y la gente está asustada. El jueves, mientras cenaba, un buen número de mesas pagó la cuenta y se fue casi al mismo tiempo. Quise saber por qué. “Seguramente se enteraron por Twitter del asalto a otro lugar”, me confió mi acompañante. Así las cosas.

No es casualidad que la gente aquí —o al menos la gente con la que hablé— critiquen el papel de sus autoridades. Me parece comprensible y hasta natural. A la innegable inseguridad se suman las sospechas de corrupción y hasta las torpezas menores pero significativas desde el punto de vista simbólico, como las fotografías del gobernador Medina paseando por Disney World en día laboral. Lo cierto, sin embargo, es que yo encontré algunos motivos para la esperanza. Platiqué un par de veces con Medina y varias más con su círculo cercano. Lo malo es que reconocen la gravedad del asunto. Lo bueno es cómo lo reconocen. A diferencia de otros gobernantes con los que he dialogado, aquí no hay una voluntad de achacar la crisis sólo al gobierno federal o de defenderse argumentando que, pues, “así está todo el país”. Tampoco hay eufemismos. Aquí, el gobernador reconoce que su estado no estaba preparado para esta ola de violencia y abuso, y admite que todo su aparato policial necesita no una reestructura, sino una refundación. El matiz no es menor. Como tampoco lo es reconocer que el proceso de pacificación de Nuevo León tomará años. Como periodista uno está acostumbrado a oír a demagogos refinadísimos. Eso, al menos, no lo encontré en Nuevo León.

Mi duda, claro, es si la gente aquí estará dispuesta a tenerle paciencia a la formación de su nueva policía. En este sitio, acostumbrado (con toda razón) a los resultados inmediatos, empresariales: ¿existirá la voluntad de comprender —con algo de resignación, me temo— que esto “tardará años? ¿Tendrá Rodrigo Medina el talento para dar resultados y ofrecerle a los neoleoneses aunque sea sólo un atisbo de la luz al final del túnel? Todo eso está por verse. Yo, por lo pronto, me niego a apostar contra Monterrey.