Alarma en Toluca | Letras Libres
artículo no publicado

Alarma en Toluca

Entiendo la tentación de restarle importancia al triunfo de las alianzas electorales en la jornada del domingo. Resulta extraño interpretar la efectividad priista —nueve de 12 elecciones ganadas— como una derrota para el tricolor. A la prensa internacional, por ejemplo, le ha costado un inmenso trabajo entender por qué es que una tarde tan exitosa desde la aritmética más fría es leída en México como una derrota con tintes de contundencia. Y es que además del número mismo de gobiernos ganados, el PRI puede ufanarse de haber echado al PAN de dos entidades valiosas, como Aguascalientes y Tlaxcala y, sobre todo, de haberle quitado al PRD su querido bastión zacatecano, vínculo del perredismo con el norte del país. A eso habría que sumarle los triunfos en municipios de peso y la histórica jornada en Baja California, donde el PAN sufrió el precio de su total indiferencia. Pero lo cierto es que, al final de la jornada, el rostro de Beatriz Paredes, eufórico y encendido en los últimos días, revelaba una cautela que, por momentos, parecía desánimo. Y es que Paredes sabe que, en política, todo presente es, antes que nada, futuro. Y la derrota priista en tres de sus estados con mayor tradición y arraigo no augura nada bueno para el siguiente par de años.

Antes que nada, el triunfo de las alianzas pone de manifiesto una variable democrática que debe, incluso, emocionarnos: el votante en México es capaz de sentirse agraviado y traducir su decepción en votos. En otras palabras, el elector ha reivindicado aquel adagio de Abraham Lincoln: no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo. Los gobiernos de Oaxaca y Puebla estiraron hasta el hartazgo la liga de la paciencia social. El domingo terminó por reventarles en el rostro. Ulises Ruiz tuvo que pagar años de jugar de mala manera con los conflictos regionales oaxaqueños, además de su célebre apetito por la corrupción. Lo de Mario Marín en Puebla es otra cosa: si un electorado demostraba ser incapaz de castigar al partido de un gobernante tan claramente exhibido no sólo como un corrupto sino como un perverso, la democracia mexicana habría perdido terreno. A Dios gracias (para utilizar un término muy poblano), los votantes de Puebla dijeron “basta ya”. Intuyo que los electores de Sinaloa dieron un golpe parecido en la mesa. El estilo personal de hacer campaña de Jesús Vizcarra —con sus comilonas de carne (de su empresa, claro) y regalos de enseres domésticos, playeras, gorras y demás—, además de los rumores sobre sus vínculos incluso afectivos con el narcotráfico, terminaron por pasarle una enorme factura. Al final, los sinaloenses no quisieron vincular su futuro con el de un hombre con cuatro características que, juntas, dan mucho miedo: poderoso, adinerado, ambicioso y sospechoso. Así, el PRI se quedó sin tres de sus míticos bastiones.

Y la oposición al PRI se queda con mucho qué pensar. Si las alianzas funcionaron frente a maquinarias temibles en Puebla, Oaxaca y Sinaloa, ¿qué no podrán hacer en las siguientes dos elecciones cruciales: el Estado de México y la grande de 2012? La lucha dentro de un año por la tierra mexiquense será, para usar una palabra que le escuché a Beatriz Paredes el domingo, una “epopeya”. Con toda seguridad, PAN y PRD tratarán de ir juntos para sacar de su casa a Enrique Peña Nieto. A juzgar por lo ocurrido el domingo, el eventual éxito en el Estado de México de una coalición —con un candidato de peso, hay que matizar— es altamente posible.

Y eso lleva, de manera irremediable, a pensar en la carrera presidencial. ¿Será realmente una posibilidad que, después del 2006 y sus agravios, veamos a la izquierda unida con su acérrimo rival en busca de Los Pinos? Hasta el sábado me hubiera parecido impensable. Hoy estoy menos seguro. La clave, claro, sería el candidato. Habrá que convencer a muchos de bajarse del cuadrilátero y a otros tantos de hacer fila detrás del aspirante en común. Habrá que ver qué se negocia y cómo se negocia, pero el camino, por escondido que parezca, está ahí.

- León Krauze