Cultura y continuidad creadora | Letras Libres
artículo no publicado

Cultura y continuidad creadora


La cultura es ante todo herencia, una actualización del pasado que se transforma por innovación (positiva, negativa o neutra para la vida). La herencia puede ser biológica (como la capacidad para el lenguaje, transmitida por los genes) o cultural (como los refranes, transmitidos por el cuerpo social). La cultura es herencia no genética.

La cultura aparece entre los homínidos (y los pájaros, ballenas, chimpancés) como una innovación accidental (usar una piedra para abrir una nuez) que se incorpora a la conducta individual, se imita por los demás (se transmite no genéticamente) y se conserva en la sociedad. La cultura animal no acumula innovación sobre innovación (conservar la piedra que mejor casca nueces, pulirla, perforarla, ponerle un mango). Esta capacidad no se ha observado más que en la especie humana (Peter J. Richerson y Robert Boyd, Not by genes alone. How culture transformed human evolution). La cultura es tradición: continuidad creadora que conserva, renueva y acumula innovación sobre innovación.

Las culturas tradicionales progresan, pero cuidando su equilibrio: lentamente (Claude Lévi-Strauss, Antropología estructural). Domestican el fuego, inventan la cocina, los útiles, las armas, la herbolaria, el pastoreo, la agricultura, la metalurgia; la práctica de enterrar a los muertos, el culto a los ancestros y a los dioses, los refranes, canciones y mitos. Todo esto se conserva en la memoria y se reproduce por la educación. También se plasma en objetos, monumentos y construcciones que, además de su función práctica y simbólica, enriquecen la imaginación. La cultura es patrimonio: un conjunto de recursos que hace más habitable y significativo el mundo, que enriquece la vida humana y facilita mantener o superar el nivel alcanzado por las generaciones anteriores.

Muchas innovaciones no sólo se heredan, también se contagian de unas tribus a otras (Lévi-Strauss prefiere decir que los mitos se comunican entre sí, por medio de los hombres). O viajan con las migraciones (Luigi Luca Cavalli-Sforza, Genes, peoples and languages). La presencia mutua de culturas particulares, el intercambio de innovaciones y el bilingüismo existen desde hace milenios. La cultura es apertura.

Todas las culturas son capaces de comprender (hasta cierto punto) a las otras, de verse (hasta cierto punto) desde afuera, de saltar por encima de sus particularidades a un punto de vista metacultural, y admirar, criticar, rechazar o adoptar las innovaciones de las otras. Así como el lenguaje es una capacidad universal que está por encima de las lenguas particulares, la metacultura es una capacidad universal que está por encima de las culturas particulares.

No hay razas superiores. Toda la especie humana tiene prácticamente el mismo genoma. Pero hay innovaciones superiores (como la tradición crítica) o degradantes (como la esclavitud). El reconocimiento de lo mejor es una forma de realismo, una capacidad metacultural. No se reduce a preferir lo ajeno o lo propio. Tampoco a imitar a los que están en el poder. Los romanos dominaron a los griegos, pero los dominados no se pusieron a estudiar latín y copiar a los romanos, sino al revés.

¿Hay culturas superiores? Aristóteles era más culto que casi todos los atenienses; pero no que Sócrates, aunque leyó más libros y acumuló más información. La cultura de Atenas era superior a la de Esparta. Hay criterios posibles de evaluación, pero no es fácil aplicarlos: la creatividad, la apertura, la capacidad de autocrítica, la conservación del pasado, la continuidad creadora, el cúmulo de innovaciones positivas, de obras y personalidades notables. Un criterio práctico: el liderazgo (la imitación espontánea suscitada en otras culturas) es ambivalente, porque también las degradaciones se propagan.

Hay una creatividad de las cosas mismas, que antecede a la creatividad humana. El progreso puede considerarse una realidad desde el Big Bang, o desde que aparece la evolución de las especies, como lo creen Leibniz (Sobre el origen último de las cosas) y Teilhard de Chardin (El fenómeno humano), pero no Stephen Jay Gould (Full house: The spread of excellence from Plato to Darwin). En todo caso, hay progreso, cuando menos, desde que aparece la cultura tradicional; especialmente, desde la llamada revolución del neolítico (Gordon Childe, Progreso y arqueología).

La creatividad humana se remonta a los orígenes de la cultura tradicional. Fue vista con admiración, temor y reproche, en cuanto rebasa la educación recibida. La conciencia del progreso y hasta la crítica del progreso están objetivadas en muchos relatos míticos: la hazaña y el castigo de Prometeo (la domesticación del fuego), el pecado y la penitencia de Pandora y de Eva (la domesticación de las plantas).

La invención de la escritura permite fijar los textos memorables en objetos materiales. Crea una memoria externa que aumenta la capacidad de conservar la experiencia, las vivencias, la fantasía, el pensamiento. Desarrolla un patrimonio creciente de contenidos objetivados de manera perdurable. Acelera la acumulación de innovaciones. Favorece la división de la sociedad en clases y el control social desde el poder, pero también la libertad individual y el desarrollo de la tradición crítica.

En las tribus nómadas, la educación y la buena educación son lo mismo. El distingo aparece en la vida sedentaria, como distinción. Las familias en el poder educan a sus hijos para el mando, la guerra, la diplomacia, el lujo, la ociosidad. La civilidad aparece en el mundo urbano, la cortesía en las cortes (Norbert Elias, La sociedad cortesana).

La cultura personal (más allá de la educación y la buena educación, civilidad, cortesía) aparece como autodesarrollo del que ha leído, visto y experimentado con espíritu crítico. Hay cultura personal en los profetas bíblicos y en los sabios de la India, China, Mesoamérica. Pero hay algo más en la filosofía griega. Tales de Mileto, paradójicamente, pone en marcha la crítica del saber tradicional como una nueva tradición (Karl Popper, El mundo de Parménides). Y los romanos, también paradójicamente, hacen de la imitación de los grandes creadores un taller de originalidad. Horacio recomienda: “Día y noche estudia los modelos griegos” (Arte poética).

La cultura superior como bandera para legitimar la conquista (llevar el progreso) aparece en los tiempos modernos. Provoca la reacción romántica: la cultura nacional como bandera para legitimar la independencia. Pero la superioridad (y la degradación) está en las innovaciones, y las innovaciones superiores pueden surgir en cualquier parte. No son de esta o aquella cultura, sino de las personas que las adopten libremente en su cultura. La cultura nacional deja de ser cultura si renuncia a la apertura. La cultura universal no es el imperialismo de una cultura particular, sino el patrimonio acumulado por la humanidad.

Hay, pues, progreso, cultura animal, cultura tradicional, metacultura, educación, buena educación, civilidad, cortesía, cultura personal, nacional y universal como realidades afines, pero distintas. Unas preceden la aparición de otras. Ninguna ha desaparecido.

La cultura animal subsiste en el mimetismo y conformismo sin los cuales la vida humana sería imposible; porque nadie puede innovar en todo y a todas horas, porque sería tonto ignorar las innovaciones ajenas y porque biológicamente estamos orientados a la imitación (las neuronas espejo hacen sentir como propio un acto ajeno). El mimetismo es central para el desarrollo de la vida humana (René Girard, Les origines de la culture).

La cultura tradicional también sigue viva. No sólo entre los pueblos indígenas que conservan sus creencias, usos y costumbres, sino entre las tribus universitarias que dominan el planeta. El patrimonio inicial de la humanidad (el habla, las canciones, el fuego, la cocina) pervive en la cultura moderna, con pocas o muchas transformaciones. La tradición oral sigue vigente, incluso para muchas creencias, usos y costumbres de médicos, abogados, ingenieros.

Errores comunes: Creer que no somos animales, o que no somos más que animales. Creer que todas las innovaciones ya fueron hechas (nada es nuevo bajo el sol), o que pueden ignorarse (hay que partir de cero). Creer que toda tradición es respetable (incluso el canibalismo), o que ninguna es respetable. Creer que todo tiempo pasado fue mejor, o que todo futuro será mejor. Creer que todo es avance o retroceso (no hay cambios indiferentes), o que nada es mejor o peor (todo es relativo, da igual, es indiferente). Creer que todo experimento es un peligro, o que ninguno lo es. Creer que la cultura tradicional o nacional debe conservarse intacta, o que debe ser borrada, para que impere la cultura global. Creer que la cultura no puede, ni debe, ser negocio; o que es un negocio como cualquier otro. ~


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