Cuentas con Mandela | Letras Libres
artículo no publicado

Cuentas con Mandela

Libertadores africanos hay muchos, y todas las retóricas de resistencia pueden tener atractivo y razones. Lo excepcional de Nelson Mandela, y lo que explica su santidad, es la gestión de la legitimi- dad de la lucha una vez conseguido el poder. Nelson Mandela pasó veintisiete años en prisión y jamás negoció sus principios. Todas sus concesio- nes vinieron cuando tuvo el viento de cara. A su liberación, en 1990, no aprovechó su capital moral contra sus carceleros y contra quienes llevaban más de tres siglos humillando a su pueblo. Lo utilizó estrictamente contra el sistema que impulsaba acciones racistas, y para liderar a sus millo- nes de partidarios por el camino, lleno de renuncias a corto plazo, de la reconciliación y la convivencia.a

Con frecuencia, al expresidente sudafricano se le elogia una supuesta evolución, acontecida durante sus años en la cárcel, de un nacionalismo africano antiblanco a un liberalismo no racial. Esto no es del todo cierto. Al principio de su militancia política, Mandela decía que deseaba que los blancos de Sudáfrica volvieran a Europa. Pero su apuesta por una democracia para todos los sudafricanos llega mucho antes de que empiece a cumplir la cadena perpetua en 1964. Además de sus posiciones dentro del Congreso Nacional Africano (CNA), dos hitos en su vida y en la de la organización demuestran muy claramente que el nacionalismo antieuropeo de ambos duró muy poco tiempo. Tanto la “Carta de la Libertad” (1955) –cuya elaboración encabezó el CNA– como su yo acuso del juicio de Rivonia (1964) proclaman un compromiso nítido con una “sociedad libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía e iguales oportunidades”.*

El uso de la violencia es una de las críticas más repetidas por parte de los detractores de Mandela. Cofundador del brazo armado del CNA en 1961, Mandela fue su comandante en jefe hasta su detención en 1963. Tras una fase inicial de sabotajes a infraestructuras sin víctimas, el Umkhonto we Sizwe (lanza de la nación) recrudeció sus métodos violentos paulatinamente, y los coches bomba que utilizó en la década de los ochenta cobraron numerosas víctimas civiles. En la peor acción del grupo que contribuyó decisivamente a fundar murieron, en la Church Street de Pretoria en 1983, diecinueve civiles. Aunque Mandela se encuentra para ese entonces en la cárcel y no es responsable del sendero que toma el grupo, en su autobiografía sitúa el atentado en el clima de “guerra” con el régimen y lo califica de “grave accidente”, pero asume lo ocurrido como “una consecuencia de la decisión de embarcarse en la lucha armada”. Como el mismo Mandela apunta, la naturaleza de la lucha no la decide el resistente, sino el poder. El régimen contra el que él combatió reprimía, a menudo brutalmente, las movilizaciones pacíficas, que en el mejor de los casos eran completamente ignoradas.

Cierto lugar común ubica a Nelson Mandela como un personaje de ex- cepción en el movimiento de liberación sudafricano. Otra inexactitud. El CNA tuvo siempre grandes líderes de indudable estatura política y vocación pragmática y nacional, como Albert Luthuli o el matrimonio de Walter y Albertina Sisulu. Considerar a Mandela una excepción milagrosa, aun extendida a unos pocos dirigentes como Luthuli o los Sisulu, es despreciar la capacidad de decisión de los cuadros intermedios del movimiento antiapartheid y de las propias bases. Mandela y la aristocracia que tuvo cerca pudieron influir en favor de la opción no revanchista, pero las clases medias y las masas del partido tuvieron como mínimo que estar de acuerdo para deponer las armas.

Una de las pocas cosas que comprometen –me lo hizo ver hace poco el escritor cubano Juan Abreu– la merecida imagen de hombre justo de Mandela es su apoyo a un dictador como Fidel Castro. Mandela y sus compañeros del CNA tienen deudas con muchas dictaduras, que les dieron el apoyo militar y sin reservas que no encontraban en las democracias occidentales. Pero si Mandela no es un político cínico y realista, no se le puede aceptar esta gratitud ciega con Castro, cuando el propio Mandela sí ha denunciado los abusos de otro de los suyos como Robert Mugabe. Como decía Abreu, alguien que pasó veintisiete años en la cárcel por sus ideas políticas celebra a un dictador que asesina y encarcela incluso durante más tiempo a quienes se oponen al régimen; el preso político más famoso del mundo contribuye a la invisibilidad de otros presos políticos.

¿Qué país deja Mandela? En primer lugar, resulta injusto considerar la Sudáfrica actual en su conjunto como legado de un solo hombre, que además fue presidente durante solo cinco años y asumió el cargo con más de setenta de edad. Los primeros problemas del país son la pobreza generalizada y la inseguridad. No es posible revertir en menos de veinte años de democracia siglos de exclusión y abuso, aun cuando el rumbo para corregirlas sea el correcto. Pero Mandela no se ocupó nunca de este tipo de cuestiones. Obligado por las circunstancias, su misión fue evitar el enfrentamiento civil, construir una democracia para todos y encontrar un punto razonable entre “las aspiraciones de los negros” y “los miedos de los blancos”.

Nelson Mandela dejará una Sudáfrica no racial, democrática y pacífica, con inmensos retos que tiene la suerte de poder resolver como Francia y Estados Unidos y no como Siria o Egipto. Un país sólido, políticamente previsible, que aprovechando la herencia del dominio blanco, es líder económico y moral en África sin los atajos al liderazgo de los hombres fuertes o los sacrificios democráticos. Creo que el país mantendrá este rumbo en el futuro. Independientemente de la evolución del CNA, la primera garantía de Sudáfrica es la extraordinaria pujanza, admirablemente articulada en la constitución, de una sociedad civil con innumerables focos e intereses, que bebe de fuentes tan distintas y poderosas como la tradición británica, el activismo –sobre todo negro– contra la pobreza, el apartheid y el orgullo, el amor al trabajo y el apego literal a la tierra del pueblo afrikáner. ~

*Discurso de Mandela ante el tribunal que lo condenaría a cadena perpetua en el juicio de Rivonia (1964).