Cuatro meses en Viena | Letras Libres
artículo no publicado

Cuatro meses en Viena

Nunca me había planteado vivir en Viena. La ciudad estaba trenzada con la historia de mi familia, pero a mí me atraían más París, Madrid, Jerusalén –ciudades cuyos idiomas yo hablaba. Había estado en una ocasión en Austria, a los diecisiete años, con mis padres, para visitar los lugares donde había vivido mi abuelo, quien había muerto ese mismo año.

Pero en 2006 gané una beca de periodismo que incluía cuatro meses de residencia en un instituto de investigación en Viena. Yo lo ignoraba todo de la ciudad. Le escribí a todos mis conocidos preguntándoles dónde vivir. Extrañaba vivamente a mis abuelos –mi abuela había muerto en el 2001– por primera vez en años.

Encontré a mi casera-compañera de cuarto –la llamaré Hilke– en Craigslist. El anuncio prometía un piso “iluminado y amistoso” y una “caminata de dos minutos a la estación Friedensbrücke”, que era la parada de metro para mi instituto. Intercambiamos e-mails y hablamos una vez por teléfono. Me dijo que era artista. Yo comenté de paso que mi familia había abandonado Viena en los años treinta.

Llegué tarde en la noche, a principios de febrero, y emergí de mi taxi a una calle húmeda, fría y vacía. Hilke preparó té y me hizo sentar en su cocina de tapiz amarillo. Si pasaras junto a ella en la calle, no te llamaría la atención. Pelo lacio hasta los hombros, casi rubio. Era del tipo hippie-punk de Mitteleuropa, de 36 años aunque parecía menor, con afición a usar falda encima de los pantalones, con botas de montaña y ojos delineados. Durante años, me dijo Hilke, se había rapado la cabeza, un estilo que atribuía en parte a su romance con el Aktionism, un movimiento artístico extremo que tenía que ver con la sangre, el semen y la violencia. “Tú eres periodista”, dijo, con ganas de continuar lo que habíamos avanzado en nuestra conversación telefónica. “Sí”, respondí, “estoy escribiendo sobre judíos, musulmanes y extranjeros en Europa”. “¿Los judíos son musulmanes?”, preguntó, riendo nerviosamente. “Es una pregunta estúpida, lo sé”. “No, estúpida no”, dije perpleja. “¡Ojalá fuera así de sencillo!” Me excusé, procurando terminar la conversación. Dije que estaba cansada. Me enseñó mi habitación, que estaba desnuda, con un colchón en el piso y una plancha de madera sobre dos caballos también de madera: un escritorio. Pero estaba bien aireada y –lo descubriría al día siguiente– iluminada, con grandes ventanas del siglo XIX. Me dormí.

En Viena me sentía como un fantasma –transparente, desconectada, ingrávida–, una sensación exacerbada por mi ignorancia del idioma y por la propia Hilke, que solía encerrarse en su habitación. Viajé por la ciudad en U-Bahn, siguiendo los pasos de mi abuelo. Saqué frases semi-recordadas de las profundidades de mi cerebro. Eine kleine espresso, bitte?

Una semana después de mi llegada, llegué a casa del trabajo y puse la tetera en la estufa. Hilke salió de su habitación, me preguntó si podía sentarse conmigo y se lanzó a contarme una historia sobre un romance fracasado. Yo contribuí con una historia parecida. “Sí, el tío estaba un poco loco”, dije, refiriéndome a un ex. Ella sonrió. “¿Todos los judíos enloquecen a los cuarenta?”, me preguntó. “Porque sé que los gitanos sí”. “No, eso no es cierto en ninguno de los dos casos”, dije con delicadeza, intentando no asustarla si parecía demasiado severa. “Pero… al parecer tienes ideas muy peculiares sobre los judíos”. “Es cierto”, concedió, “es exactamente por eso que te renté la habitación a ti. Era obvio que eras judía –nadie más salió de Viena en los años treinta”.

De adolescente, me explicó rápidamente Hilke, había salido con una banda de skinheads (siguiendo a un chico) en un suburbio de Viena y había absorbido despreocupadamente su antisemitismo anacrónico. Sus padres eran maestros de historia, dijo, que reprobaban el racismo y el antisemitismo –y, por extensión, a sus amigos. Su censura la incitó. Sólo después, en la universidad, reprimió sus sentimientos. “Siempre he tenido que ser tan políticamente correcta”, dijo con énfasis. Y aunque ahora no despreciaba activamente a los judíos, el resentimiento permanecía: no le gustaba que la obligaran a estudiar el Holocausto, o a sentirse culpable por algo que ella no había hecho. Pero quería saber más. “¡Ahora puedo hacer las preguntas que nunca he podido hacer!” Con mi ayuda podría entender, al fin, qué pasaba con los judíos, por qué éramos tan denigrados. Me había elegido como su maestra: Sarah Wildman, portavoz de los judíos.

A la mañana siguiente, aún procesando la petición de Hilke, caminé por Wallensteinstrasse rumbo al Instituto de Ciencias Humanas, pedí mi habitual exprés doble y bollería en la panadería local y continué con mi investigación sobre los extranjeros. Le envié un e-mail a mi pareja, Ian, que estaba viviendo en Madrid, detallando lo sucedido la noche anterior. “¿Qué hacer?” A las 12:30 en punto, mis veintitantos colegas y yo bajamos al comedor. Lidia, la cocinera polaca que preparaba el almuerzo, ya había demostrado molestia ante mis peticiones vegetarianas, así que me salté la entrada caliente, fui directa a la ensalada y me senté con el ruidoso grupo de filósofos e historiadores. Cuando la conversación se apagó un poco, solté: “¡Mi compañera de cuarto es una ex skinhead! ¡Me rentó la habitación porque soy judía!” La mesa se conmocionó. Esto era absurdo, dijeron, tenía que mudarme de inmediato. Dije que buscaría otro lugar, pero también tuve que decirles que, por alguna razón (¿arrogancia, quizá?), sentía que podía cambiarla.

Haber crecido en el área metropolitana de Nueva York significaba no haberle tenido que explicar a nadie quién era yo. Respetábamos tibiamente el Sabbath (cena los viernes por la noche, shul los sábados por la mañana, cine con amigos por la tarde), mis padres procuraban que el hogar fuera kosher, mi abuelo era un refugiado del Holocausto, yo iba a un campamento de verano judío. Conocía a docenas de otras personas que compartían el mismo entorno. En Viena, me sentí visiblemente judía, lo que, contra todo instinto, me llevó a enfatizarlo. En el Instituto, algunos se sintieron incómodos. “Eres tan americana”, dijeron, lo cual significaba llamativa. Me reí más llamativamente, hablé más llamativamente, me vestí más llamativamente.

Sólo había otro judío: Thomas, un filósofo de Budapest que fumaba un cigarrillo tras otro. Tenía una postal de Die Stadt Ohne Juden (“La ciudad sin judíos”), la película de 1928, pegada en el corcho de su oficina. En la película una ciudad expulsa a todos sus judíos y la ciudad se derrumba; es una comedia. Pero pocos de los otros colegas sabían que Thomas era judío. Thomas creció en la Hungría comunista y se mezcló tan rápido como pudo con Austria; no era alguien que llamara innecesariamente la atención sobre sí mismo, como yo.

En mi segundo fin de semana en la ciudad, salí con uno de los chicos austriacos, Herwig, un historiador del Holocausto, y su novia polaca. Les conté alegremente sobre la emoción infantil que me provocaba viajar en trenes en los que pudo haber viajado mi abuelo, sobre su imperturbable amor por Viena. “La vida aquí, en 1938, debió ser terrible para él”, dijo incómodamente Herwig, “especialmente cuando el derecho a practicar la medicina les fue arrebatado”. A la mitad de la comida le pregunté por qué había escogido estudiar el Holocausto. “Bueno”, aclaró su garganta, “supongo que es por mi familia. ¿Cómo explicarlo?...” Su abuelo, me explicó, fue un traductor de la Gestapo y muy probablemente participó en las detenciones de judíos en Praga. Como otros alemanes étnicos, fue expulsado de Checoslovaquia después de la guerra, y vivió, sin arrepentimiento, hasta los noventa años. Adoré a Herwig por contar la historia sin justificarla, pero al mismo tiempo me sentí profundamente incómoda. ¿Acaso Herwig y yo nos debíamos algo? Sentí que, de alguna manera, estaba demasiado expuesta. Me desperté la mañana siguiente con una sensación de desánimo, como si me hubiera acostado con la persona equivocada.

Hilke, por su parte, en realidad no estaba interesada en obtener respuestas sino en expresar su frustración. “Estás obsesionada con tu propio victimismo”, solía decir, y yo replicaba: “Si quieres tú puedes ser la víctima, Hilke”. Ella quería encontrar la manera de que compartiéramos la culpa, un argumento que culpara, al menos parcialmente, a los judíos por el Holocausto. Quería que fuéramos de alguna manera diferentes. “Pero mi identidad es básicamente occidental”, le dije, creyendo que causaría un impacto. “Fue arbitrario que mi abuelo no fuera el doctor de tu familia. Por un azar de la historia, sería tu vecina”. Negó con la cabeza. Tenía que haber habido una razón. “Durante siglos fueron perseguidos”, me dijo una tarde mientras yo acomodaba las compras. “¿No crees que eso significa que algo estaba mal?” Intenté explicarle que, sencillamente, el no creer en Cristo los hacía sospechosos. Esta respuesta la aburrió. “Mira”, dijo, y me llevó a la habitación que usaba como oficina. En su tablero tenía fotos de sus abuelos en uniforme nazi. Me explicó que las tenía ahí clavadas para recordarse a sí misma tanto lo que habían hecho como que no tenía por qué avergonzarse de su linaje. Fue como si estuviera diciendo que si ella había abrazado a los demonios de su familia, yo debía abrazar a los míos.

Antes de ese momento nunca me había sentido tan agudamente consciente de mi propia piel, tan otra, tan étnica, parada frente a esos familiares muertos y frente a Hilke. Aun así, no me moví, aunque sí cambié el tema. Hablamos, sobre todo, de sexo. Hilke estaba en su fase tantra; solía ir a talleres de sexo tántrico y regresaba a casa días después, más callada, con el pelo grasiento. Una noche encontré la casa con la temperatura a casi cuarenta grados, humo espeso de incienso y el sonido de Hilke y un hombre cantando. De alguna manera, sus debilidades sexuales la volvían menos amenazante.

La mayoría de las tardes, después del trabajo, yo preparaba la cena y ella me contaba historias. “Estuve en una relación sadomasoquista con una mujer durante un año”, soltó una noche mientras comíamos pasta. “La primera vez que nos acostamos juntas, me desmayé durante el acto”. Ocasionalmente hablaba de arte, pero el arte solía desembocar en el sexo, lo cual, de una manera extrañamente circular, desembocaba en mí. Parecía resuelta a escandalizarme. Y yo estaba igualmente resuelta a no escandalizarme. “¿De verdad, te desmayaste?”, le decía, “pásame el parmesano”.

Después de seis semanas de vivir con Hilke, mi situación se volvió parte de la conversación diaria durante el almuerzo en el trabajo. Los entretenía con una especie de rutina trovadoresca judía usando a Hilke como pareja cómica –sus hazañas sexuales, su antisemitismo indiferenciado, su inclinación por escuchar marchas bélicas mientras limpiaba la casa.

“Le conté a un amigo que le estaba alquilando a una judía”, dijo Hilke una mañana mientras se servía el muesli y preparaba té de hierbas. Pequeños prismas que colgaban del techo reflejaban arcoíris a todo nuestro alrededor. “Él dijo ‘¡Oh, Hilke! ¿No crees que no deberías usar esa palabra nazi, Jude?’” Suspiré, molesta. “No, Hilke. Judía no es una palabra nazi.” Pero hubo otros que respaldaron el sentimiento. “Sí”, dijo Karin, una amiga de la clase de baile, “así me sentí yo de niña. ‘Judío’, ‘raza’ –eran palabras que no se debían pronunciar en una sociedad educada”. Fue extraño crecer en Austria, concedió Sophie, una filósofa. “Para nosotros, los judíos estaban sencillamente muertos. Era raro encontrarlos, años después, en las discos”.

Comencé a preguntarme qué tan rara era Hilke en realidad. ¿Era atípica? ¿O simplemente más honesta en su confusión? Una mañana le conté lo que Karin y Sophie me habían dicho. “Sí”, dijo impasible, alzando la vista de su ordenador. “Los judíos fueron solamente víctimas, pilas de cadáveres en las fotos. Yo odiaba su debilidad”. Me contó sobre una visita a Mauthausen, con su novio skinhead, cuando tenía dieciséis años. Se compró el libro conmemorativo y pegó las fotos en su habitación, para recordarse a sí misma su propia fortaleza.

“Pero los cuerpos no eran débiles al principio: fueron debilitados”, protesté. Ella se alzó de hombros.

El juicio de la debilidad me molestó más que ninguna otra cosa. Lo saqué a tema unos días después. “¿No te parezco normal?”, le pregunté estúpidamente, a la entrada de su habitación, jugando con mis cutículas. “¿No parezco fuerte? ¡Voy al gimnasio!” Supongo que era una forma del masoquismo. ¿Estaría cambiándome ella a mí, y no yo a ella?

Más allá del trabajo y de Hilke, exploré Viena. Circulé en tranvía por la arquitectura fría, marmórea y gloriosa de los Habsburgo en el primer distrito, y de ahí a los apartamentos aún pobres del segundo distrito, donde mi abuelo Carl vivió alguna vez y donde un puñado de judíos ultraortodoxos, con sombreros Streimel, vive hoy en día. Vagué por la ciudad –se sentía vieja, con el promedio demográfico arriba de sesenta, con muy pocas sillitas para bebés–, caminé por donde Carl había caminado y fui a la ópera qué él amaba. Me enamoré del Naschmarkt, donde docenas de vendedores de frutas y verduras se confunden, los sábados, con los paseantes que están a la caza de todo, desde botones hasta papiros raídos de la Torah rusa.

Mi abuelo Carl regresó por primera vez a Viena en 1950, buscando a otros sobrevivientes; no había ninguno. Dos años después, él y mi abuela volvieron otra vez. Durante décadas, regresaron cada dos años, quedándose seis semanas en cada ocasión. En mi presencia, mi abuelo nunca habló de la ola antisemita que ahogó a la ciudad en 1938. En cambio rememoraba la ópera, Goethe, los días de primavera en el parque Augarten y la mejor escuela médica del mundo. Pero en privado era mucho menos optimista. Mi padre tuvo un pasaporte desde el día que nació. Y en cuanto reunió algo de dinero en los Estados Unidos, mi abuelo abrió cuentas de banco fuera del país, para asegurarse de que la familia no empezara de nuevo sin nada si tenía que huir otra vez.

A finales de marzo, mis padres llegaron a visitarme por una semana. Bajo la lluvia helada, paseamos de la casa de Freud al Museo Leopold, al Naschmarkt, al Museo Albertina, frente al cual se yergue el primer homenaje a la comunidad judía destruida: una estatua de un judío, de rodillas, condenado, al estilo de Sísifo, a fregar a perpetuidad la calle frente al museo, con la espalda cubierta de alambres de púas. “¿Esto nos honra?”, preguntó mi padre mientras salíamos del museo.

En nuestro único día soleado, mis padres y yo fuimos en procesión a la casa de mi abuelo y observamos su exterior aún desastrado: Rueppgasse 27, no lejos del Prater, donde acecha la gigantesca noria inmortalizada en El tercer hombre. De camino, pasamos a ver mi apartamento. “Les dije a mis amigas que vivías con una nazi”, había dicho mi madre antes, riéndose. “Por favor no la llames así”, rogué. “Tal vez debería conseguirte una camiseta”, dijo mi madre, “Tu abuelo intentó asesinar a mi abuelo y todo lo que yo conseguí fue esta camiseta”.

Hilke estaba en casa cuando llegamos. Los tres éramos más bajos que ella. Se saludaron cordialmente. Yo estaba imaginando que Hilke comenzaría a cacarear “¡Tres judíos! ¡Tres judíos en mi apartamento!” Pero Hilke estuvo agradable. En realidad no esperaba que se portara mal con mis padres. Para entonces, ella y yo teníamos una especie de buena relación. Todas esas comidas y conversaciones francas sobre relaciones, sexo y, sí, judíos, significaban algo, ¿o no? O tal vez no. “¿No son las mujeres judías sexualmente disolutas?”, me preguntó una mañana después de que le pagara el alquiler. “Le mencioné a un amigo que no te incomodaban mis historias, y él me dijo que eso era porque las mujeres judías son medio putillas”. Acababa de regresar de un taller sobre lluvias doradas (¿se necesita un taller para aprender a mearse sobre alguien?, me pregunté). “A las mujeres judías se las llama putas y frígidas –¿no se cancelan entre sí?” Estallé y me salí, azotando la puerta. “¡Saca la basura!”, gritó detrás de mí.

Thomas y yo comenzamos a pasar más tiempo juntos. Hablamos del conflicto israelí-palestino, un tema que yo nunca hubiera tocado con los otros europeos en el Instituto. Cuando volé a Tel Aviv a pasar la Pascua, los otros colegas se escandalizaron. ¿Cómo podía perderme una semana de la beca? Entonces Thomas anunció en el almuerzo que él había ido a Budapest para el Seder. Todos se le quedaron mirando. ¿Thomas también es judío? Fue como encontrar a un hermano largamente perdido.

“Sarah, sólo tú puedes encontrar a la única treintañera abiertamente antisemita en esta ciudad”, me decía Thomas, moviendo la cabeza y aspirando un Nil, la marca de cigarrillos fuertes que fumaba. “Escuché que en realidad no es antisemita”, dijo otro filósofo que creía conocer a alguien que conocía a Hilke. “Es una artista”. Y justo cuando yo comenzaba a creerlo –tal vez realmente sólo se estaba educando, aunque burdamente–, el comportamiento de Hilke finalmente acabó por hartarme.

Era el Primero de Mayo e Ian, que estaba de visita por el fin de semana, y yo estábamos en su oficina viendo una película en la televisión. “Dos judíos viendo un documental sobre el Holocausto”, dijo abordándonos, “en una noche lluviosa en Viena. ¡Es como el principio de un chiste!” Cuando Ian se enojó, ella dijo “¿Por qué te molestas tanto? Ustedes mataron a sus indios”. Conté la anécdota en el trabajo, pero mis amigos en el Instituto comenzaban a aburrirse con la rutina. “Múdate de una vez”, me dijeron.

Pero yo había creído que la podía convertir. Creí que podía llegar a quererme, a considerarme divertida e inteligente. Ella entendería que las mujeres judías eran occidentales y normales. Yo quería que las extrañas noches de ansiedad significaran algo. ¡Tal vez sí estaba hablando por los judíos! Además, sólo me quedaban unas semanas –a esas alturas mudarme era una estupidez. No obstante, una parte de mí se preguntaba si no había sido absorbida por una más de las relaciones sadomasoquistas de Hilke, sin palabra de seguridad.

Dejé de contar historias sobre Hilke, pero me quedé hasta el final de mi beca. Y cuando ésta terminó era casi junio, el tiempo finalmente era cálido y el apartamento se llenó de luz. Nos sentamos en la oficina de Hilke y platicamos. “Ahora sé que hay judíos que son más como yo”, dijo, “pero todavía creo que son débiles”.

Había fracasado. Pero eso ya lo sabía. Era hora de irse.

“Eres periodista”, me dijo tristemente unos días antes de mi partida. Yo estaba parada incómodamente en la entrada, observando a sus ancestros nazis. “Vas a escribir algo sobre la austriaca estúpida, estoy segura”. Le prometí que cambiaría su nombre. ~


Aparecido en inglés en Nextbook