Cuatro días ilustrados | Letras Libres
artículo no publicado

Cuatro días ilustrados

Es mi primera vez aquí, en la feria del libro infantil de Bolonia. Se nota en mi alto consumo de paracetamol. Los habituales traen maletas con ruedas y visitan un pabellón por día. Yo, que quiero verlo todo, paso quince horas diarias caminando entre los veinte mil metros cuadrados de feria, con el peso de los catálogos y revistas acumulándoseme en la bolsa: ni mochila traje. Escuelas de ilustración, países, editoriales: todo el mundo tiene un folleto para ti. Viéndolo –y cargándolo– parece histérico y remoto el debate sobre la supervivencia del papel. Pero es un tema recurrente en los pasillos: aquí todo el mundo se dedica al libro. A la feria solo entran profesionales. De hecho, el público en general nunca había tenido acceso hasta que se abrió un único pabellón en forma de librería internacional.

Hay otros cuatro pabellones con estands de editoriales y uno dedicado al licensing, lleno de objetos susceptibles de ser decorados con la cara de algún personaje famoso. Hay también una zona, en el segundo piso, dedicada a los agentes: quizá la parte más importante de una feria pensada para albergar el comercio de derechos. Básicamente a eso se viene aquí: a vender y a comprar algo que, bien mirado, resulta de lo más abstracto pero que, al final del día, permite la circulación de un mismo libro en distintos idiomas. El eslogan de la feria es “The rights place for children’s content”. Aquí es donde las editoriales del mundo consiguen o revenden sus hallazgos. “I’m only selling”, te dicen unos. O: “Just buying!”

Los otros gremios del libro tienen un –pequeño– nicho para conferencias y eventos: autores, traductores y –el mejor representado– ilustradores. Es en el carácter universal de la ilustración donde mejor se espejea la fisonomía internacional de la feria.

En Bolonia se anuncian los premios más importantes de la literatura infantil: tantos que no me cabrían aquí. Mencionaré solo dos, muy nuevos, que hablan de para dónde vamos: premio al mejor libro electrónico y premio al mejor “libro silencioso” (ilustrado y sin palabras). Este último es un indicio de la independencia que están cobrando los ilustradores como creadores. Otro es que, en Italia, ahora se llaman autori di immagini. En el pasado (francamente no muy largo) de la literatura infantil y juvenil, el escritor tradicionalmente ha recibido más atención y respeto que el ilustrador. Eso debe cambiar, y es en Bolonia donde este giro urgente se siente más cercano. Aunque la Feria Internacional del Libro de Guadalajara no se queda atrás. Verónica Mendoza, coordinadora de expositores, explica que, inspirados en Bolonia, empezaron a hacer FILustra y el Catálogo Iberoamericano de Ilustración. Este año, además, dan un fellowship para diez editores no hispanos que quieran traducir libros latinoamericanos infantiles. A su vez, filustra inspiró eventos similares en Bogotá y en Santiago. Una cadena feliz, que va in crescendo.

La feria está a veinte minutos en autobús del centro, pero Bolonia entera se involucra. Las galerías exponen ilustradores, y de los más grandes: Katsumi Komagata, Isol, Benjamin Chaud; y en las vitrinas de las tiendas de joyas o chocolates hay libros álbum expuestos, aunque ya el viernes empiezan a cambiarlos por huevos de Pascua. Aunque no sea más que por cuatro días al año, resulta conmovedor ver a una ciudad rindiéndole homenaje a una rama de la narrativa tan injusta como sistemáticamente ninguneada.

Para el jueves –cuarto y último día– los estands están de mudanza, han metido todo en cajas o celebran sus últimas citas apuradas. Me encuentro a una editora chilena que llora a mares: en lo que fue al baño, le vaciaron el estand. Los habituales nos explican que el último día la gente comienza a robar libros, es casi tradición. Me resulta perturbador el dato: ¿los lectores de libros infantiles no somos más honrados sino, en todo caso, apenas más pacientes?

En el estand de Suiza han dispuesto una mesa larga sobre la cual hay un lunch de lujo (por lo menos en comparación a la pizza que todos llevamos tres días consumiendo, de pie) y –aún más impresionante– vino en copas de verdad. Gli svizzeri... me dice suspirando un italiano que está, como yo, ahí parado observándolos. En el pabellón de licensing, ahora pelón, se apilan las exparedes de los estands. Ayer Ana Luelmo, coordinadora de fil Niños, me dijo que ella observa, además de los libros, los estands mismos. Parte de su trabajo es idear un mobiliario que aguante nueve días de feria, y luego pueda reciclarse. Me parece fascinante, empiezo a mirar mejor las cosas y los materiales. ¿A dónde van los estands cuando no hay feria? Le pregunto su opinión a una señora de la limpieza. No sabe, pero me asegura que domani no habrá nada: ni siquiera las alfombras. ~