Cuando los pediatras recetan libros | Letras Libres
artículo no publicado

Cuando los pediatras recetan libros

Si en tu campaña se puede reemplazar la palabra “lectura” por, digamos, “zanahorias” o “verduras” y la frase sigue teniendo sentido, entonces no tienes ni idea de nada, salvo quizá de alimentación. 

“¡No hay mejor medicina que un buen libro!”

Eso dicen las “recetas médicas de lectura” que el Consejo Nacional de la Comunicación (CNC) ha diseñado para ayudar a los pediatras a sugerir lecturas para los niños, porque a la buena gente del CNC se le ha ocurrido una nueva gran idea para fomentar la lectura: que los médicos se conviertan en promotores de la lectura.

En serio, es una gran idea. Sobre todo para los pediatras del IMSS y del ISSSTE, que además de hacer todo su trabajo mal pagado ahora también deben preocuparse por estar al tanto del “catálogo infantil existente en librerías y bibliotecas”, según dice la campaña, para poder recetar “a los menores la lectura de capítulos como dosis de diversos libros”.

Como pasa siempre con las campañas del CNC, estas iniciativas tienen mucho de diseño gráfico (aquí puedes descargar hasta ¡cuatro! formatos diferentes de recetas:), algo de buena intención, y muy poco de reflexión al respecto de los libros y la lectura.

“Pregúntale a tu pediatra, él te dirá qué puedes leer”

Esta vez, el problema consiste en que la campaña parte de suposiciones que son imposibles de comprobarse: 1) que los médicos se sientan responsables por los hábitos de lectura de los niños; 2) que los médicos conozcan los materiales que pueden recomendar; 3) que los médicos tengan la capacidad real de recomendar lecturas y las habilidades básicas de un promotor de la lectura, empezando por ser lectores ellos mismos; 4) que los padres hagan caso a los médicos; y 4) el detalle más importante: el acceso a los libros.

La campaña asume lo de siempre: que toda la gente tiene la capacidad económica para entrar a una librería a comprar libros y que, de lo contrario, toda la gente usa una biblioteca con frecuencia, por no hablar del problema de las colecciones de las bibliotecas no universitarias o de cómo hacer que la gente sepa dónde están y las use. Pero incluso si solamente se tratara de conseguir libros –lo que no es el caso-, muchos libros, para que cada pediatra pudiera darle uno a su paciente luego de cada consulta, ¿eso bastaría para que los médicos se convirtieran en promotores? Y una pregunta más difícil de responder: ¿de dónde sale el dinero de cada una de estas campañas del CNC?

Si los reporteros de las secciones culturales dejaran de preocuparse por García Márquez y se dedicaran un rato a otros temas, quizá valdría la pena averiguar si todas estas campañas funcionan, cómo se mide su impacto, quién las patrocina, cuánto tiempo duran y bajo qué planes. ¿Pero cómo vamos a hacer eso si el siguiente año se cumplen cincuenta de la publicación de Cien años de soledad y desde ahora hay que empezar a entrevistar escritores para preguntarles por el legado de este clásicos de clásicos?

“El Consejo de Comunicación asegura que la lectura trae claros beneficios que ayudan a llevar una vida más saludable desde temprana edad”

Siempre he pensado que uno de los beneficios más palpables de la lectura consiste en proveer las herramientas para que uno distinga entre ideas y frases huecas. Ejercicio rápido: si en tu campaña se puede reemplazar la palabra “lectura” por, digamos, “zanahorias”, “apio”, o “verduras en general” y la frase sigue teniendo sentido (y más aún: si la frase tiene incluso mucho más sentido), entonces no tienes ni idea de nada, salvo quizá de alimentación.

Uno de los retos de una campaña efectiva de lectura es combatir justamente este tipo de conceptualización vana del acto de leer. Lo demás son preconcepciones inoperantes y muchas ganas de fomentar la industria de los espectaculares y demás negocios publicitarios.

 

 

 


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