De cuando íbamos al cine | Letras Libres
artículo no publicado

De cuando íbamos al cine

(Greer Garson y Ronald Colman en Random Harvest)

Un sabroso libro autobiográfico de mi siempre recordado amigo Emilio García Riera tiene este espléndido título: El cine es mejor que la vida (ediciones Cal y Arena, México, 1990); y yo, que verdad de Perogrullo no me atrevería a decir tanto porque no veo cómo sin estar vivo se podría disfrutar del cine… ni de nada, me arriesgo a susurrarlo corrigiéndolo de este modo: “La vida es mejor con el cine”.

Entonces la nostalgia arrecia como una gripe. Para los niños y muchachos de mi generación, la de los nacidos en los años treinta, el cine era un vasto y fascinante fluir de imágenes que podíamos gozar mediante el solo hecho de “ir al cine”. Me explico: ahora el cine suele “venir” a uno mediante la televisión y la ya obsoleta videocasetera o el todavía vigente videodisco, pero antes “íbamos” al cine como a una fiesta sin cesar renovada en la cual, sentados en cualquier sala de proyección cinematografica, veíamos cualquier cosa que exhibieran con tal de que fuese nada más y nada menos que cine. Eran tiempos en que los “astros” y las “estrellas” de Hollywood se entretejían en nuestra imaginación y en nuestra memoria y virtualmente convivíamos con ellos.

Un ejemplo de cómo ocurría ese entretejerse del cine con la vida lo encuentro en un prestigioso melodrama de Hollywood que por muchos años se me había afantasmado entre el recuerdo y el olvido. Hacia mediados de los años sesenta lo volví a ver por la televisión y actualmente, gracias al DVD, lo reveo en esas noches en que la nostalgia es como una sed imperiosa, y así ha terminado convirtiéndose en una de mis “películas de culto”. El título original en inglés es Random Harvest (literalmente “Cosecha de azar”), pero en México la retitularon En la noche del pasado. Su argumento y sus escenas se me habían desdibujado casi enteramente, pero siempre perduró, muy detallado, el momento terminal, en el que los protagonistas (él, Ronald Colman; ella, Greer Garson) se reencontraban en un melancólico happy end. Y alrededor de esa escena resurgía también del olvido la circunstancia en la que hacia mediados de los años cuarenta había visto el film en un programa doble del cine Estrella, una sala que como tantas otras ya no existe en la ciudad de México.

Y ahora, ya recobrado el film en el videodisco, no me importa que En la noche del pasado (Metro Goldwyn Mayer, 1942) provenga de una mediocre novela de James Hilton, autor de otros libros bestsellers y también llevados triunfalmente al cine (Horizontes perdidos y Adiós míster Chips), ni que la dirección se deba al técnicamente solvente pero siempre mediano cineasta Melvyn Le Roy, sino que en torno a unas cuantas de sus imágenes ocurra un fenómeno de cristalización de la memoria como el que describe Stendhal en Del amor a propósito de la rama de acebo guardada en las minas de Salzburgo, o como el también tan famoso episodio de la magdalena sopeada en té con el que Proust comienza su Busca del tiempo pasado.

La secuencia de Random Harvest que se me había quedado viva bajo el olvido es la del final. Trataré de narrarla a pesar de que lo dificulta la melodramática trabazón argumental de toda la película:

En la Inglaterra de entreguerras el maduro sir Charles Rainier, que, a causa de un trauma adquirido en la guerra de 1914-18, ha perdido la memoria de unos años de su vida, y que ahora es ministro, visita Meldridge, una pequeña ciudad en la que piensa que nunca antes había estado. Antes de tomar el tren para volver a Londres le dice a su secretario: “Vamos a comprar tabaco, hay un estanquillo aquí a la vuelta”. El secretario se asombra: “¿Cómo lo sabe usted, si nunca antes había estado en Meldridge?”. Pero, efectivamente, la tabaquería está allí, a la vuelta de la esquina, y en ella atiende la misma estanquillera de años atrás. Desde ese momento empieza a revelársele a Rainier un pasado que había estado esperándole a la vuelta de la esquina de una ciudad supuestamente desconocida: siguiendo ese rastro de casuales detalles como un hilo de Ariadna, llegará frente al jardín de una casa campestre sin saber que ha sido su casa, abrirá la puertecilla de una valla de madera rechinante como en otro tiempo, pasa al jardincillo bajo la florida rama de un cerezo (igual que en aquellos tiempos que están solicitando ser recordados), y, ante la puerta de la casa, toma de su bolsillo una llave (una llave que ha tenido desde hace mucho sin saber de dónde era), y abre, y… En ese instante, Rainier oye su nombre (su otro nombre, el que tuvo alguna vez y que había olvidado) susurrado a sus espaldas por una hermosa mujer que fue su esposa y que no recordaba. Súbitamente viene a sus labios el nombre anterior de ella, Paula, y corren él y ella a abrazarse envueltos en la apoteósica música del happy end.

(Hay todavía más intríngulis en esta historia, por ejemplo que la mujer esté casada por segunda vez con el protagonista, pero con otra identidad y sin que él la recuerde, de modo que finalmente el afortunado Rainier abraza dos encantadoras Greer Garsons sintetizadas en una.)

Los detalles circunstanciales de ese admirable segmento terminal (que también emocionaba a Salvador Elizondo): el intuido estanquillo de tabaco, el proustiano emerger de la memoria, la busca en Meldridge, la llave de una no recordada casa, el chirrido de la puertecilla de la valla y las floridas ramas de un cerezo, añaden al admirable segmento terminal de Random Harvest algo que me evoca el breve poema acaso japonés que, allá en mis tan lejanos veinticinco años, le oí a otro amigo, el poeta y cineasta Jomi García Ascot:

Aunque yo haya partido

y muchos años dure mi ausencia,

tú, cerezo bajo el alero,

no olvides la primavera.

(Publicado previamente en Milenio Diario)