Crónicas marcianas | Letras Libres
artículo no publicado

Crónicas marcianas

No me puedo imaginar la vida sin Crónicas Marcianas. Tampoco me la puedo imaginar sin el teléfono móvil y sin Internet. Las tres cosas han aparecido en los últimos años. Aparentemente innecesarias hasta que aparecieron. De las tres, puedes escuchar y leer a diario que son una mierda y que no sirven para nada (de Internet que es lento y del teléfono móvil que sólo sirve para llamar a casa y decir que estás en el atasco y que llegarás diez minutos tarde, de Crónicas Marcianas que Javier Sardá podría hacer algo mejor, como La Ventana, su viejo programa de la radio). Cada nueva temporada de Crónicas Marcianas parece la primera. O mejor: parece la última. También se pregunta mucho la gente cuánto tiempo aguantarán en antena si siguen poniendo esos vídeos de San Josemaría Escrivá de Balaguer comentados por Boris Izaguirre. Casi todo el mundo en este país ha visto en algún momento de su vida los vídeos de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Yo los he visto: he visto hablar al santo aragonés del matrimonio y del carácter y de la fortaleza y de su pequeño libro de aforismos, Camino. Pero los comentarios de Boris no los había oído hasta ahora. Crónicas Marcianas es alimento para el alma. El peor alimento, basura en su mayor parte, pero ¿no comemos habitualmente mierda? (véase Fast Food, el excelente ensayo de Eric Schlosser publicado por Grijalbo); la mayor parte del cine que vemos, ¿no es auténtica mierda?; buena parte del sexo que tenemos, ¿no es una mierda?; ¿cuántos de los libros que leemos no son auténtica mierda? (incluso algunos de los que escribimos son auténtica mierda); y los lugares que visitamos como maravillosos destinos turísticos, ¿no nos suelen parecer una mierda?
     Crónicas Marcianas no hace nada nuevo: inventa un chivo expiatorio (los cutrefamosos, los famosos menos cutres, el Bartolín de turno) y se dedica a despellejarlo, todo con mucha alegría, con mucha música, con muchos gritos. A nadie le interesa hablar de la realidad. Toda la televisión habla de la no realidad. Toda la televisión está llena de chivos expiatorios. (Otra figura, contraria al chivo expiatorio pero con un funcionamiento social muy parecido, es la estrella del deporte: el domingo 6 de octubre, cuando escribo esta crónica, la noticia que abre el telediario de la Primera de la noche es la nueva lesión de Ronaldo.) Belén Esteban, Rociíto y su madre y su ex marido (nuevo contertulio de Crónicas Marcianas), Carmen Ordóñez (que después de obtener la mayor atención mediática la temporada pasada por los malos tratos de su ex marido Ernesto Neyra no está en su mejor momento), Norma Duval, Pablo Sebastian, Marujita Díaz, Tamara, Carlos Jesús, Dinio, toda la tropa de Gran Hermano (algunos de los cuales han utilizado el plató para tirarse los trastos, para divorciarse y para querellarse), el variado ejército de cantantes que muestra Javier Cárdenas (siento no acordarme del nombre artístico del intérprete de "Las chicas de Zaragoza", pero desde aquí mi reconocimiento)... son chivos expiatorios. Pero lo extraño es que, utilizando los mismos chivos expiatorios que utilizan Corazón corazón o Corazón de Otoño (antes de Verano, antes de Primavera y pronto de Invierno), el programa de María Teresa Campos, el programa de Ana Rosa Quintana, Gente y el resto de programas cuyo nombre no recuerdo, Crónicas Marcianas sea un programa político. Un programa completamente político ahora que la política ha desaparecido de la televisión —salvando el programa de Carlos Dávila, El tercer grado, esa pieza vibrante de La 2 (y a lo mejor salvando los programas de desayuno: lo siento, no me levanto lo bastante pronto como para saberlo a ciencia cierta)—. Crónicas Marcianas es un programa político porque defiende la libertad: sexual, de opinión, de acción (esa gran iniciativa crítica de los culos al aire ha calado hondo rápidamente entre la audiencia), incluso de credo (la sección de Javier Sierra, con sus ouijas y sus psicofonías, puede ser tomada a cachondeo pero puede ser tomada completamente en serio)... Crónicas Marcianas es un programa político porque la risa es su principal argumento (más en esta temporada en la que se han desprendido, decisión que me ha gustado mucho, de Galindo y de Mariano Mariano). Después del 11 de septiembre, la risa es más importante que nunca, porque nunca la risa había estado más proscrita (no me extrañaría que hubieran suprimido del Selecciones del Reader's Digest su sección "La risa, remedio infalible").
     Crónicas Marcianas ha conseguido, además, convertirse en el primer programa de pago de la televisión en abierto. Los mensajes telefónicos que aparecen por la parte baja del televisor en la emisión de Crónicas Marcianas son más eficaces que la cuota de abono a Canal+: "Boris métetela porque dentro se te ve tanto como fuera". "Raquel eres la mejor, una guarra pero la mejor". "Coto cósete la boca". Hasta en esos mensajes telefónicos donde todo pensamiento se reduce al límite, Crónicas Marcianas es un programa político: sus protagonistas pueden ser criticados instantáneamente por la audiencia. Todos los protagonistas menos Javier Sardá. Javier Sardá ha conseguido estar por encima del bien y del mal. Javier Sardá es como el hombre invisible. Javier Sardá está, habla, dice, pero es como si no estuviera, no hablara, no dijera. Javier Sardá es un gurú. La audiencia lo adora. Javier Sardá no se desgasta, es incombustible. Y los programadores de Antena 3 lo odian (hizo que cayera Pepe Navarro; fulminó a Máximo Pradera). Crónicas Marcianas parece siempre el mismo programa pero siempre es un programa distinto. Javier Sardá es un Zelig. Javier Sardá es un presentador político cuando han desaparecido los presentadores políticos —salvo Carlos Dávila en su espacio de La 2, El tercer grado (prometo que algún día me levantaré para comprobar si los programas de desayuno son políticos)—. Carlos Latre también es un Zelig, pero Carlos Latre no es un político (y a sus buenas imitaciones les falta una dosis de mala leche).
     Crónicas Marcianas es, como casi todos los programas (el de María Teresa Campos, el de Ana Rosa Quintana, Gente, Corazón Corazón, Corazón de Otoño, Invierno, Primavera y Verano y otros que no he visto y otros que he visto pero cuyo nombre no recuerdo), un programa glosa: se comentan imágenes de cutrefamosos (generalmente tomadas en presentaciones tan freaks como ellos mismos, a veces en fruterías), se comentan imágenes de otros programas, se comentan noticias... Pero Crónicas Marcianas ha conseguido hacer que esa glosa sea política. ¿Cómo? A menudo se escucha y se lee que Crónicas Marcianas es como la mierda, en la que nunca faltan moscas. (Leo Bassi se comió una mierda en Crónicas Marcianas: otro acto político.) Pero Crónicas marcianas es un programa odiado porque es un programa político.
     ¿Cómo no me han invitado todavía a gritar en la mesa de Crónicas Marcianas, a discutir con Enrique del Pozo o con Jorge Berrocal? Inexplicable, pero corregible; aunque advierto que no pienso ir gratis, como esos espectadores fules que se han incorporado esta temporada como comentaristas accidentales. ~