Cronenberg, enfant terrible septuagenario | Letras Libres
artículo no publicado

Cronenberg, enfant terrible septuagenario

Para un director pasar del cine de género, y en particular del cine de culto, al cine comercial o mainstream, rara vez es tarea fácil. Es un salto mortal que implica grandes riesgos como perder la credibilidad, enajenar a una base fiel de seguidores y lo más común: someterse a los designios de estudios y productores adictos a las fórmulas probadas. David Cronenberg es uno de los pocos cineastas que han podido hacer la transición del underground a los grandes festivales y al éxito taquillero, crítico y popular. Su carrera comienza a finales de la década de los sesenta con un par de filmes experimentales, oscuros y de bajo presupuesto: Stereo (1969), que trata de un grupo de individuos que mediante un procedimiento quirúrgico desarrollan poderes telepáticos que aumentan con la intensificación de sus deseos sexuales y los llevan al caos; y Crímenes del futuro (1970), en donde una epidemia provocada por un dermatólogo y el uso de cosméticos extermina a la población femenina fértil. Ambas cintas, filmadas sin sonido y narradas en off (la primera en un tono didáctico como si se tratara de un reporte), marcaron el inquietante debut de un autor obsesionado por el horror corporal y por el arquetipo del médico –el científico– que olvida el compromiso bioético, primum non nocere, y manipula la carne y psique de sus pacientes con la ilusión de crear sociedades utópicas. No olvidemos que Cronenberg hizo un remake de una de las cintas clásicas de doctores que experimentan consigo mismos, La mosca (1986).

A estos ejercicios de estilo, interesantes pero relativamente ingenuos y tiesos, siguieron cintas donde explora los mismos temas pero con una narrativa más convencional y un estilo vertiginoso e intenso, como Epidemia (1975), en la que un doctor crea parásitos afrodisiacos con los que espera despertar los deseos carnales de la humanidad y con ello rescatar a la especie de la esclavitud de la razón; Rabia (1977), el filme protagonizado por la actriz porno Marilyn Chambers (1952-2009), quien tras un accidente de motocicleta es operada con una novedosa técnica de cirugía plástica cuyo lamentable efecto secundario es el desarrollo de un aguijón fálico en una axila que se nutre de sangre humana y convierte en zombis a quienes ataca; El engendro del diablo (1979), la cinta en la que un padre de familia trata de rescatar a su exmujer y proteger a su hija de un psicoterapeuta y gurú que inventa una técnica denominada psicoplasmática, la cual somatiza trastornos mentales en moretones, tumores, linfomas y eventualmente en engendros monstruosos y asesinos con apariencia infantil. Los doctores delirantes y psicópatas reaparecen en un registro realista pero no menos perturbador en Una vez en la vida (1988), en donde un par de hermanos gemelos, ginecólogos, combate con métodos muy peculiares y un arsenal de herramientas pesadillescas la esterilidad femenina.

Cronenberg regresó al tema de la telepatía en Telépatas: mentes destructoras (1981), un thriller de ciencia ficción en donde individuos con enormes poderes mentales pueden no solamente comunicarse sin palabras sino también controlar organismos ajenos, computadoras y elementos del mundo físico. Poco después filmó Zona muerta (1983), a partir de una novela de Stephen King en la que un maestro de escuela adquiere el poder de ver y alterar el futuro después de caer en coma. Un par de décadas más tarde un Cronenberg maduro volvió a explorar misterios más convencionales de los desórdenes de la mente en la sorprendentemente tímida y seria visión de un hombre desequilibrado, Spider (2002), y Un método peligroso (2011), la cual recrea el “ménage à trois intelectual” entre Carl Jung, su ídolo y rival Sigmund Freud y su paciente, amante y colaboradora Sabina Spielrein.

Si bien Cronenberg está obsesionado con las mutaciones y la descomposición corporal, también lo está con la tecnología, en particular con aquellas máquinas y dispositivos íntimos que nos transforman en cyborgs, aquellas prótesis y extensiones del ser capaces de afectar nuestras percepciones y vínculos con el mundo exterior, desde el automóvil en Fast company (1979) hasta la televisión en Cuerpos invadidos (1983) –una obra visionaria sobre la escopofilia y el poder de las imágenes para transformarnos a nivel individual y social–. De manera semejante empleó los juegos de video inmersivos en eXistenZ: mundo virtual (1999), una cinta caleidoscópica en la que diferentes niveles de realidad se entretejen y confunden creando un fascinante laberinto de narrativas que ponen en entredicho las percepciones sensoriales.

Parte de la obra de Cronenberg tiene como eje la invasión, la posesión y la penetración del cuerpo por amenazas externas, ya sean parásitos, toxinas o virus biológicos y digitales. Pero debemos a este esteta de la repugnancia una muy particular e imitada mecánica del miedo. Uno de sus personajes más emblemáticos es el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum) quien queda convertido en hombre mosca en un accidente de teletransportación de la materia. La mosca es un pequeño monstruo común y doméstico, símbolo de lo que el hombre moderno considera aberrante: la suciedad, la podredumbre y la muerte. Así, en la fantasía de este cineasta la alta tecnología y las posibilidades de la ciencia están empañadas por la pesadilla de la mosca humana.

Cronenberg siguió puliendo sus credenciales como autor transgresor al llevar a la pantalla novelas consideradas infilmables y patrimonio de la contracultura como El almuerzo desnudo de William Burroughs y Crash de James G. Ballard; la primera con poca fortuna a pesar de haber creado algunas imágenes y secuencias maravillosas y la segunda con enorme tino ya que capturó los ambientes de decadencia vial, la desesperación erótica y el deseo perverso por los cuerpos heridos y mutilados de la obra maestra de Ballard. Pero de la misma manera en que explora las aberraciones de la carne, este poeta de lo grotesco, que jamás ha sacrificado su humor negro, no utilizó un solo efecto especial para disertar sobre la ambigüedad de la identidad sexual en la curiosa M. Butterfly (1993), la cual cuenta la relación de veinte años entre un diplomático francés y un actor de la ópera china que se hace pasar por mujer mientras trabaja como espía para el gobierno chino.

En el siglo XXI Cronenberg ha filmado efectivos thrillers gansteriles como Una historia violenta (2005) y Promesas peligrosas (2007), los cuales tratan sobre la seducción de la agresividad y la satisfacción primitiva que produce la brutalidad. De los pandilleros asesinos pasó a los grandes especuladores al llevar a la pantalla la novela de Don DeLillo, Cosmópolis (2012), una reflexión, a bordo de una limusina, sobre el poder real y aparente del dinero así como la atracción de la muerte en un tiempo de excesos materiales y extremo desencanto emocional.

Y es así que llegamos a la reciente Mapa de las estrellas (2014), una crítica atroz e hilarante de Hollywood y del culto a la celebridad en una era en que gracias a Facebook e Instagram todo mundo puede ser –o por lo menos puede comportarse– como estrella. Este es un filme inquietante por su realismo infeccioso pero también por ser una puesta al día de las obsesiones cronenberguianas, desde su escepticismo perenne hasta la crueldad corporal, representada por el terror a envejecer y por las escenas escatológicas en el excusado, único recordatorio de la condición humana de aquellos aquejados del virus de la fama. Cronenberg utiliza a Hollywood para mostrar una sociedad infantilizada y cruel (como los monstruos de El engendro del diablo) reflejo fiel del Zeitgeist, en la que el culto a la juventud es la más infame y principal ilusión.

A los 71 años David Cronenberg sigue siendo un cineasta de vanguardia que se encuentra en una cúspide creativa, no solo por su versatilidad, su aguda inteligencia y su capacidad de seguir generando visiones icónicas, sino también por haber demostrado que la idea del autor total surgida con la Nouvelle Vague francesa ha perdido validez. Directores como él, que “fusionan su sangre con la de escritores y guionistas”, cuentan con un excelente antídoto contra el estancamiento y el narcisismo. Esta es por lo menos parte de la razón por la que su cine, tras medio siglo de trabajo, sigue siendo tan electrizante, provocador y novedoso como sus atrevidos filmes de juventud. ~