Crímenes reales, crímenes imaginarios | Letras Libres
artículo no publicado

Crímenes reales, crímenes imaginarios

Te mata la persona con la que vives. La persona con la que follas y con la que vas a comprar los yogures al supermercado. Te mata la persona a la que lavas la ropa y con la que buscas en internet un lugar de vacaciones. Te mata la persona a la que preparas una manzanilla cuando se ha pasado con la bebida. Matas a la persona que te pregunta si quieres azúcar en el café. Matas al padre de tus hijos. Matas a la mujer a la que haces aguadillas en la piscina.

Matamos lo que tenemos cerca. Lo que amamos y hemos dejado de amar. Matamos a nuestro socio y a nuestra madre. Y si te mata un extraño, es posible que haya sido contratado por alguien muy cercano.

Por eso sorprende que tengamos tanto miedo a los extraños, que generemos tantos recelos ante los desconocidos. Los extraños y los desconocidos nos matan raramente. Casi por error.

Sí, hay asesinos psicópatas, aunque más en la ficción que en la realidad, y sí, hay violadores, aunque los violadores también suelen haber tenido algún contacto con sus víctimas, y sí, hay enemigos que se atreven a matarte, aunque no son muchos, y sí, hay atracadores que tienen poco cerebro y el gatillo fácil,
y sí, hay terroristas que quieren imponer su visión del mundo a bombazos. Pero es mucho más difícil que acabes asesinado por estos psicópatas, violadores, enemigos, terroristas y atracadores estúpidos a que te mate tu propio marido, tu hermano, tu amigo. Sí, Caín merece una mención y la saldo aquí.

Durante mi estancia en la cárcel conocí a varios asesinos. Uno de mis compañeros de celda había asesinado a su mujer con sus propias manos: se entregó a la policía y estuvo en la cárcel menos de seis meses tras un juicio chusco.

Así habría podido enterarme de que te matan los tuyos, si no lo hubiera sabido desde mucho antes gracias a las series policíacas de televisión. Me han gustado desde niño: Los hombres de Harrelson, Colombo, Kojak, Banacek... Me gustaba que ganaran los buenos y que los malos quedaran, en menos de una hora, a buen recaudo. Y a la vista del éxito del género, no era el único que deseaba que ganaran los buenos.

Al parecer, la televisión de éxito, y creo que no hay otra televisión posible, no está hecha para detenerse en los vericuetos morales de los personajes. El investigador portugués Antónico Câmara cree, y lo explica en su ensayo O futuro inventa-se, tan sencillo como interesante, que la lectura de novelas es fundamental porque las novelas exponen un mundo complejo que no es en blanco y negro. Es posible que quien, como yo, lee demasiadas novelas que exponen un mundo complejo, necesite un mundo más elemental. Un mundo de satisfacción rápida. Por eso no he renunciado nunca a ver series policíacas. Series donde vencen los buenos y los malos son encerrados.
Series donde los buenos trabajan incansablemente, muchas veces mandando a la mierda su vida privada, para detener a los malos. Series donde los buenos no se rinden. Series, siempre, estadounidenses.

Durante temporadas en las que me he sentido más avergonzado de mi adicción infantil al mundo simplificado, he volcado esa pasión policíaca en los documentales policíacos. Mi preferido, que emite La Sexta por la mañana sin prestarle mucha atención, como si el programador metiera eso porque no le quedara más remedio, repitiendo episodios, cambiando los horarios, se llama Crímenes imperfectos, un genérico que agrupa a varios programas diferentes que tienen en la ciencia forense, y en sus aledaños, el centro de interés.

Seguramente en La Sexta se hicieron con ese paquete de Crímenes imperfectos ante el éxito de csi. En ese anhelo por hacerse con algo parecido también compraron una serie de tercera división, ncis, que cuenta la trepidante vida de los forenses de la marina (que al final, por cierto, ante el éxito de la serie en Estados Unidos, han tenido su propia serie de no ficción, no tan trepidante y mucho más burocrática): ncis la emiten por las tardes y algunas noches y es lo más parecido que ofrece la parrilla a las peripecias antiguas del Equipo A.

csi, me han dicho, es una serie fascista, porque ignora completamente el papel de la justicia. csi, me han dicho, es una serie fascista porque todo termina con la acción policial. No creo que csi sea una serie fascista, porque la investigación criminal en Estados Unidos consta de dos elementos fundamentales que la Fiscalía necesita para encausar a un delincuente: la evidencia de su autoría material (las pruebas) y las razones por las que cometió el crimen (el móvil). Los policías forenses de csi, con diferencias sustanciales entre los modos de Las Vegas, Nueva York y Miami, tratan de resolver, siempre, esas dos cuestiones y en ningún caso se toman la justicia por su mano: ellos acaban su trabajo, no el trabajo.

La combinación obsesiva de prueba y móvil es, narrativamente, fantástica. Y eso que el móvil, casi siempre, salvo en los casos de psicopatía, violación, terrorismo o chapuza terrible, es el mismo: dinero, dinero o dinero. Los enemigos, de los que no me olvido, también suelen matar por dinero: menos competencia. Los enemigos, aparentemente lejanos si los contemplamos desde la perspectiva del mundo afectivo, suelen proceder de nuestro campo de actuación. Pondré dos ejemplos: es más fácil que yo tenga un escritor enemigo a que yo tenga un enemigo astrofísico; es más fácil que me odie un vecino que me odie un tipo que vive a 3.000 kilómetros de mi casa.

En las series policíacas de ficción el móvil dinerario suele tener un interés secundario, escaso. Pero en las series policíacas de no ficción, las que hablan de asesinos reales con crímenes reales, el móvil tiene una importancia fundamental.

De la misma manera, en las series policíacas de ficción la localización y encaje de las pruebas es más importante que en las series policíacas de no ficción, donde los criminales son mucho más chapuceros, más descuidados... mucho más soberbios.

Ejemplo de chapuza: una mujer se carga a su marido (por dinero), alquila una furgoneta de mudanzas, deja a su marido en una cuneta, va al supermercado a comprar detergentes, porque en las casa han quedado rastros del crimen (esa molesta sangre), y acude a su supermercado de confianza; allí, la cajera le pregunta si tiene su tarjeta de descuento, ella, la asesina, le entrega la tarjeta de descuento y la cajera la pasa por la maquineta. Gracias a la tarjeta de descuento, y a las cámaras de seguridad del establecimiento, consiguieron localizar a la mujer. Ahorro: diez centavos. Consecuencias del ahorro: cadena perpetua.

Otro ejemplo de chapuza: un tipo envenena a sus vecinos porque le vuelven loco con sus fiestas, el tipo pertenece a mensa (la asociación que agrupa a quienes tienen un “coeficiente alto de inteligencia”; por cierto, aquí me detengo para recomendar un libro muy interesante contra este tipo de medición de inteligencia, escrito por Hans Magnus Enzensberger, titulado En el laberinto de la inteligencia y publicado por Anagrama), y en una de las reuniones de mensa plantea, en un juego de ficción para los participantes, un supuesto crimen imaginario que es idéntico al que él cometió. Objetivo: jactarse de haber cometido el crimen perfecto, pero sólo ante él mismo. Consecuencias: cadena perpetua. Por cierto, este tipo de mensa pertenece al género de enemigos cercanos.

Los crímenes más aireados en España son los domésticos: los maridos que matan a sus mujeres, y solemos dar el móvil por supuesto: no soportaba su independencia, no toleraba sus desafíos... pero los crímenes domésticos en Estados Unidos, los que reflejan las series de Crímenes imperfectos, son siempre por dinero. A veces entra en juego el amor, otro amor, pero siempre la pieza central es el dinero. Como en las novelas de James M. Cain, el dinero de las pólizas de seguros es lo que se codicia: altas sumas si el cónyuge muere asesinado por un extraño o accidentalmente. El deseo de dinero y las condiciones para cobrar la póliza ponen en marcha la imaginación de los beneficiarios.

Imaginación es un concepto extraño, y el Diccionario de la Academia da definiciones también extrañas. Pero al escribir “imaginación” me refiero a la preparación teórica del crimen: le golpearé con el jarrón, la cortaré en trocitos, la tiraré en el contenedor, fingiré una violación... La imaginación, nublada por la codicia, no puede hacer frente a todo lo que se necesita para cometer un crimen y salir indemne.

Un ejemplo: una familia de rancheros (madre, hija y novio de la hija) se conjura y mata al padre, ninguno de ellos se delata... pero quien ha atado los cordones de las zapatillas de correr del padre lo ha hecho mal, y ya se sabe que por el hilo se saca el ovillo.

Quizá lo que nos hace humanos es que, pese a no haber podido impedir el crimen, detengamos al criminal y hagamos justicia. En ese círculo que se cierra encuentro consuelo, un extraño consuelo. ~