Cosas domadas en un viejo establo | Letras Libres
artículo no publicado

Cosas domadas en un viejo establo

El estudio de Chema Madoz es un viejo establo en las afueras de Madrid, cerca de un anodino pueblo llamado Galapagar. Lo que alguna vez cobijó a los animales que venían de pastar es la parte frontal del hogar del fotógrafo, custodiado por un par de rejas forjadas en hierro diseñadas por Chillida, un lujo que el antiguo dueño sabía que no podía incluir en el precio, cuando la adquirió Madoz, y tampoco llevárselo. Es un lugar despejado, con un par de mesas, varios muebles de cajones y archivos, alguna que otra silla y una pared completa de anaqueles de madera.

A pesar de las reformas estructurales, la construcción mantiene su espíritu rústico y agreste, y recuerda que es un lugar de trabajo. De trabajo manual. Porque la imagen nace mucho antes de ajustar el obturador y hacer clic. Madoz recoge o compra objetos. Luego, los doblega. Los doma como a caballos cimarrones, acostumbrados ya a la vida asilvestrada. Puede rebuscar entre los puestos de los tenderos del Rastro para dar con una llave o acudir a una serrería tras otra en busca de un pedazo de tabla que se ajuste con el boceto que ha dibujado en su libreta.

Techos altos y paredes gruesas en una estancia que, gracias a sus dimensiones, almacena tanto los objetos domados, que se acumulan en descuidadas estanterías de madera donde se abrigan del polvo del camino y el campo que entra por las ventanas y la puerta casi siempre abierta, como aquellos que podrían servir para algo o para nada. Cosas que quizás alguna vez sean retratadas. Desde luego, retratadas para mostrar una esencia que no les corresponde.

El verdadero trabajo de Madoz, que no se reconoce como un fotógrafo técnico, consiste en lograr esa alquimia, tras un largo proceso creativo que se muestra en la exposición Ars Combinatoria, celebrada en La Pedrera. En la sala están algunos de los objetos rendidos ante la ocurrencia de su amo pero, esta vez, a algunos no solo se les verá fotografiados. Uno de los aspectos más relevantes de esta exposición comisariada por Oliva María Rubio, que la diferencia de muchas otras que ha tenido este fotógrafo en los últimos años, es que varios de los objetos transformados, inicialmente solo para ser fotografiados, se exponen como obras. Son únicos pero no son esculturas. El arte está en la perspectiva que se logra una vez traspasado el tamiz de la cámara y no en la unión de las partes físicas. Con todo, los organizadores han asegurado cada pieza en tres mil euros. “Hasta ahora nunca me había planteado su exhibición –dice Chema Madoz–. Aquí están tan solo como ilustración de una parte del proceso, de la misma manera que también estarán algunas libretas de apuntes. Lo cierto es que últimamente está cambiando la forma de elaborarlos. Hasta ahora yo había realizado casi todos los objetos, pero de un tiempo a esta parte he encontrado un taller que me ayuda con aquellas cosas que no alcanzo a realizar y tanto en esos como en los que sigo haciendo yo hay un acabado distinto, más completo, que en un momento dado permitiría esa opción.”

Así, más que una curiosidad, estos objetos son elementos esenciales para comprender la complejidad de Madoz. Porque son los protagonistas de la imagen, sí, pero también por la escasa importancia que él mismo concede al vestigio que dejan las tareas previas al clic de la cámara (Madoz sigue utilizando la vieja Hasselblad 500 c que compró de segunda mano): los objetos están allí, arrumados casi al aire libre y no hace ningún ademán de acomodarlos, limpiarlos o arreglarlos cuando, con fines de documentación, sus editores encargan a otro fotógrafo que acuda a su taller para captarlos.

Previo a la creación de aquello que será fotografiado, hay otro paso, que en esta exposición también queda a la vista del público, al menos de manera parcial: el boceto. Madoz dibuja con lápiz las ideas que surgen para una obra. En su colección de libretas, que tampoco están celosamente custodiadas, hay trazos sencillos, en ocasiones simples, otros más elaborados que dibujan con fidelidad los objetos a utilizar y varios con instrucciones más precisas. Algunos de estos estudios pasarán a la siguiente fase, aunque no necesariamente de forma inmediata. Otros no tendrán ese privilegio jamás. Estas libretas son comunes y corrientes. Forman un conjunto disparejo. Nada de marcas de moda o extravagancias. La ausencia de pose artística, que en sí misma podría considerarse también una pose si no fuese por la amabilidad y cercanía que tiene con cualquiera, es uno de los rasgos acuciados de la personalidad de Madoz.

Después viene el gran esfuerzo, que es la domesticación de los objetos, para que asuman la posición y la apariencia que les exige el autor. Esta parte la hace Madoz con sus propias manos en la gran mayoría de los casos. Todavía hoy prefiere esa orfebrería al Photoshop. En Ars Combinatoria se reúnen setenta fotografías de diverso formato, la mayoría de más de medio metro de ancho aunque algunas superan el metro. Cuatro son de los años ochenta, cuando Madoz utilizaba modelos, casi siempre amigos del barrio, que posaban como si representaran un acto teatral. Una primera etapa que, a medida que avanzó ese encuentro con su visión propia del lenguaje fotográfico, fue relegando para centrarse, como únicos recursos, en los objetos y en las posibilidades que podía sacarles para componer lo que algunos llaman poesía visual o arte surrealista.

La omnipresencia de los objetos en su obra marca una segunda etapa, este actual largo y fructífero periodo, al que pertenecen el resto de fotografías expuestas en La Pedrera y que incluyen sus dos obras más conocidas: la del fósforo apagado sobre una madera que parece brindarle flama (Madrid, 1990) y la de la escalera de un solo apoyo sobre un espejo que bien pudiera ser una ventana por la que asoma el otro par de ese apoyo precario de la escala (Madrid, 1994). Ambas fases convivieron en los albores de los noventa.

Hace aproximadamente un año, Madoz exhibió en la Galería Moriarty una obra que parecía romper con ese empeño de la creación artesanal de la composición de lo retratado. ¿Cedía a la tentación de utilizar las herramientas con que la informática ha seducido a tantos otros fotógrafos? La imagen era la de un avestruz que esconde su cabeza en un huevo de avestruz que podía verse como un descolorido globo terráqueo. “Es analógica, toda la manipulación es previa a la toma, pero sí que en alguna ocasión estoy utilizando la fotografía digital, para solucionar imágenes que no podrían ser resueltas físicamente, como por ejemplo las que hago con las nubes.” Como para darse la razón, en la más reciente edición de Arco presentó una fotografía de un avión, construido con sus propias manos con cosas que jamás, en la imaginación de nadie que no sea él, podrían pertenecer a un fuselaje. “Es una pieza que está realizada por corte láser en el taller que antes mencionaba –dice Madoz–. La idea era darle un cierto aspecto de collage, para que no quedara plana como un dibujo. El material no puede ser más sencillo, una especie de cartulina negra recortada en forma de avión y descansando sobre ella, en el lugar de la hélice una rosa de los vientos, de esas que se utilizan en las maquetas de los edificios, para indicar su orientación en la realidad.” Nada de computación. El autor sigue siendo artífice de la magia que queda convertida en arte cuando se hace la fotografía. Aunque ninguna de estas dos obras recientes está incluida en esta exposición, sí hay quince reproducciones que pertenecen a la producción hecha a partir de 2000. También se muestra el resultado de su colaboración con dos autores: Joan Brossa y Salvador Espriu.

Para finalizar el proceso creativo, la decisión última, la que corona el largo proceso de creación: cuál será el punto de vista (ángulo, enfoque, contexto…). “Cuando surge la idea, le doy vueltas a cuál puede ser el ángulo más aceptable para fotografiar –dice Madoz–. Es el propio objeto el que se convierte en una especie de esqueleto sobre el que construir la imagen. Ocupan prácticamente todo el espacio y la mayoría de las tomas son muy descriptivas, permiten que la mirada se pasee por la totalidad del objeto.” Decisión crucial porque dará el “tono” con el que hablará el objeto y convencerá a quien le “escucha”. Está en juego si creer o no lo que la mirada de Madoz ofrece, una interpretación disímil del universo. Si el público le escucha decir lo que él quiere, entonces lo ha logrado, otra vez. ~

 

La exposición Ars Combinatoria se puede ver en La Pedrera (Barcelona) hasta el 28 de julio.