Contra Aznar vivíamos mejor | Letras Libres
artículo no publicado

Contra Aznar vivíamos mejor

Los atentados cometidos en París el 13 de noviembre han traído el recuerdo de las manifestaciones contra la guerra de Iraq en 2003. 

Una de las características de la nueva política es la nostalgia. La tendencia es más acusada en la izquierda, quizá porque hay más romanticismo en sus posturas. Cuando Podemos hablaba todavía del régimen del 78 y criticaba la transición, ponía en sus mítines canciones asociadas a la oposición antifranquista. Luego, con el giro en busca del centro, perseguía las comparaciones con la victoria del PSOE en 1982. En poco tiempo, ha habido ecos de mayo del 68, unas victorias electorales y hasta la llegada del desencanto.

Pero varios acontecimientos que se han producido en las últimas semanas hacen pensar que vuelven algunos de los temas de de los gobiernos de José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Esos años, cuando la economía española iba bien, fueron tiempos de guerra cultural. Rodríguez Zapatero cometió errores graves -entre ellos, decir que bajar impuestos era de izquierdas-, pero también fue más habilidoso de lo que generalmente se concede y supo patrimonializar algunos asuntos.

Una de las ideas que hemos visto regresar en las últimas semanas es la politización de la violencia de género. Otra ha sido la memoria histórica. Estos días se han cumplido cuarenta años de la muerte del dictador y desde hace 37 vivimos en un régimen democrático que representa muchas de las cosas contra las que luchó toda su vida. Si resulta llamativo que una formación cuyo órgano de propaganda fue financiado por la famosa república feminista de Irán insinúe que otros partidos son insensibles a la violencia de género, también es desconcertante que se exijan credenciales democráticas a formaciones con un largo historial de respeto a la Constitución.

Es descorazonadora la reticencia del PP, a veces obscena, como cuando Pablo Casado se burló de la reivindicación de la apertura de las fosas. Pero es más difícil de entender la reticencia de algunos representantes de Ciudadanos, que se abstuvieron en la votación por la retirada de una medalla al dictador en dos localidades (Aranjuez y Calatayud). Enterrar a los muertos, como dijo Albert Rivera a Ana Pastor, es una cuestión de dignidad. Retirar el nombre de Francisco Franco de las calles o de las medallas de la ciudad tampoco debería ser una cuestión controvertida. La condena a ese régimen y la retirada de los símbolos no supone en modo alguno el desdén a quienes vivieron bajo él. Es un rechazo democrático a un régimen liberticida.

Los atentados cometidos en París el 13 de noviembre han traído el recuerdo de las manifestaciones contra la guerra de Iraq en 2003 y el trauma de los atentados del 11-M (ideados antes de la invasión) y la pésima gestión del gobierno de José María Aznar. También han reaparecido algunas de las teorías de la conspiración cuya difusión constituye uno de los episodios más repugnantes del periodismo español contemporáneo.

El tercer ejemplo de revival combina a algunos representantes de la nueva política y algunas personas vinculadas a la izquierda: el manifiesto “No a sus guerras”, firmado por los regidores de varias de las ciudades más importantes de España (Madrid, Barcelona, Zaragoza), por líderes políticos como Alberto Garzón y Teresa Rodríguez y por personalidades de la cultura y los medios como Alberto San Juan, Marta Sanz, Isaac Rosa o el Gran Wyoming, que citaba en Infolibre a un profesor canadiense acaso sin conocer su largo historial como fabricante de teorías de la conspiración. Aunque entre los firmantes figura también el Frente Democrático para la Liberación de Palestina, una organización terrorista, el manifiesto dice estar “contra el terrorismo, contra la islamofobia y contra sus guerras”. En su segundo párrafo, dice:

El fanatismo terrorista del Daesh (ISIS) es funcional y retroalimenta al fanatismo racista europeo, mientras nuestros Gobiernos practican recortes de derechos sociales y libertades fundamentales, xenofobia institucional y bombardeos indiscriminados, que se han demostrado ineficaces. Nos negamos a participar en el falso mercadeo entre derechos y seguridad. Aquí, en París, en Iraq o en Siria, son los pueblos los que ponen las muertes mientras unos y otros trafican con influencias, armas e intereses geoestratégicos.

El texto incurre en la falacia de la equidistancia. Como ha escrito Aurora Nacarino Brabo, “A veces, no hay nada más extremista que un equidistante”. Aunque el fanatismo racista europeo es peligroso y repugnante, en este momento es el fanatismo de Estado Islámico el que está provocando muertes en muchos lugares del mundo. No es una mera comparsa de los verdaderos protagonistas, los buenos y los malos europeos que, por lo que entiendo del manifiesto, son blancos. Se pueden discutir elementos de la respuesta francesa y europea, o debatir si el término guerra será contraproducente a la larga, pero la reacción del gobierno francés no se corresponde a la descripción. Las restricciones son temporales y se han hecho conforme a la legalidad. La reacción de los ciudadanos franceses (entre los que hay muchos musulmanes que han manifestado su rechazo) ha sido de entereza, y la sociedad y el gobierno de España deberían haber manifestado más solidaridad ante la amenaza común.

El camino, explica el manifiesto, es el respeto a los derechos humanos y la democracia. Es difícil estar en contra; también es difícil estar en contra de una paz justa, como proclaman. Pero un poco de realismo y conocimiento de la historia señalan que a veces defender la democracia y los derechos humanos requiere el empleo de la fuerza.

El manifiesto, que incluye un masaje ritual a “los pueblos”, convoca a una concentración para “mostrar nuestra repulsa a los ataques terroristas de París y Líbano, nuestra repulsa a los bombardeos contra la población civil siria, nuestra repulsa a recortes democráticos como ineficaces garantías de seguridad y nuestra repulsa a la política exterior belicista iniciada por el Bush-Blair-Aznar”. Como suele ocurrir, los firmantes se preocupan por los civiles sirios cuando las potencias occidentales actúan allí: quizá sea una virtud involuntaria de las intervenciones occidentales.

La guerra de Iraq fue un error tremendo. Entre sus consecuencias, además de miles de muertos y del caos en la región, está el descrédito de Occidente. La invasión tuvo una gran oposición, pero no siempre por las razones correctas. Las acciones en Siria y la situación de los actores internacionales son muy distintas a las de Iraq en 2003. Hay algo que, sin embargo, recuerda a esa época: la sensación de superioridad ética, a la que aludía Ian McEwan en Sábado, una de las mejores novelas sobre la época. El protagonista ve a unos manifestantes con una señal de “No en mi nombre”:

Su empalagosa autoestima sugiere un brillante nuevo mundo de protesta, donde los consumidores quisquillosos de champú y refrescos exigen sentirse bien o amables.

Y, un poco más adelante:

Es probable que la mayoría de ellos apenas registrara las masacres en el Iraq kurdo, o en el sur chií, y ahora descubran que las vidas iraquíes les importan apasionadamente. Tienen buenas razones para sus opiniones, entre las que se encuentra su propia seguridad. Al-Qaeda, se dice, que detesta al impío Sadam y a la oposición, se sentirá provocada si hay una ataque en Iraq y se vengará en las blandas ciudades de occidente. El interés propio es una causa bastante buena, pero Perowne no puede sentir, probablemente a diferencia de los manifestantes, que estos tengan la propiedad exclusiva del discernimiento moral.

Una respuesta que tuvo algo de farsa vuelve a repetirse como farsa. El manifiesto presenta como enemigos una hipótesis (un fanatismo europeo equivalente al islámico) y un recuerdo (líderes que ya están retirados). Si uno va un poco deprisa, casi podría pasar por alto al verdadero enemigo.

Si las sociedades abiertas se cierran, los terroristas habrán ganado. Una ciudadanía crítica, con libertad para expresar su descontento y capacidad para fiscalizar las instituciones y quienes las dirigen, es un valor irrenunciable y nos hace más fuertes. Entre otras cosas, nos permite aprender de nuestra arrogancia y nuestros errores. También debería alertarnos contra el narcisismo pueril del “No en mi nombre”.

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