Conquistas amenazadas | Letras Libres
artículo no publicado

Conquistas amenazadas

Quizá la única alternativa para salvar del naufragio a nuestra joven democracia es el surgimiento de una izquierda liberal con vocación modernizadora. En el campo de los derechos civiles, el populismo conservador del Peje cancelaba esta posibilidad, pues, ya sea por cerrazón ideológica o cálculo electoral, durante su gobierno nunca se arriesgó a promover leyes en favor de la comunidad homosexual ni a defender el derecho de la mujer a la interrupción del embarazo. Por fortuna, dentro de la izquierda mexicana hay una corriente menos cautelosa y acomodaticia que antepone las convicciones a las argucias del clientelismo. La asamblea de representantes del DF, con el apoyo del jefe de gobierno Marcelo Ebrard, ha dado ya dos pasos históricos en materia de libertades civiles: la despenalización del aborto y la legalización del matrimonio homosexual.

Tamaño atrevimiento, que no debería indignar a ningún partidario de la separación entre la Iglesia y el Estado, ha provocado la formación de una triple alianza integrada por el clero católico, el PAN y el PRI, que busca perpetuar la tutela moral de la Iglesia sobre la sociedad mexicana y ha logrado ya reformar la constitución de dieciocho estados para criminalizar a las mujeres que abortan (incluyendo, en muchos casos, a quienes abortan por haber sido violadas). La postura del PAN era previsible porque en materia de moral sexual sus militantes son censores intransigentes, no así en el terreno de la moral cívica, donde muestran a diario una fuerte proclividad a las corruptelas. El presidente Calderón ha visto cruzado de brazos los atropellos de Mario Marín y los latrocinios de Ulises Ruiz, pero en cambio las infanterías de su partido persiguen encarnizadamente a las campesinas, obreras y desempleadas que recurren al aborto clandestino. Según datos de la organización Human Rights Watch, antes de esta contraofensiva, los gobiernos panistas de Guanajuato habían encarcelado ya a más de 130 mujeres renuentes a aceptar la maternidad no deseada (véase el portal de internet Correo de Guanajuato, 10 de marzo de 2009). Pero la reacción del pri, que se preciaba de ser un partido laico, marca un hito en la historia del tartufismo político. En su afán por conquistar el voto conservador a cualquier precio, los herederos de Obregón y Calles ya ni siquiera se molestan en fingir una mínima lealtad a los principios fundacionales de su partido. Después de haber traicionado los ideales de la Revolución, ahora pisotean los de la Reforma.

Para ponerse a tono con las fiestas del bicentenario, el arzobispo Norberto Rivera se ha propuesto emular a Manuel Abad y Queipo, el obispo de Valladolid que decretó la excomunión de Hidalgo. Su cruzada contra la homosexualidad y el aborto demuestra que el único interés político de la Iglesia mexicana, desde la Colonia hasta hoy, ha sido restringir las libertades de los mexicanos para mantenerlos en una eterna minoría de edad. Si por él fuera seguiríamos en los tiempos de la colonia, cuando los “sométicos” (apócope de sodomíticos) eran quemados vivos en las plazas públicas. No soy un entusiasta partidario del matrimonio gay y, de hecho, temo que la imitación de las instituciones monogámicas heterosexuales pueda convertir esa opción sexual en un remedo insulso de la pareja buga. Pero si un núcleo importante de la comunidad gay quiere alinearse con el mainstream, ningún ministro de la Iglesia tiene derecho a impedirlo.

El derecho de adopción concedido a las parejas homosexuales es el agravio que más sulfura a nuestro prelado. Desde una postura humanitaria, la posibilidad de que miles de parejas homosexuales adopten criaturas debería alegrarlo, pues ahora muchos niños huérfanos tendrán una mejor vida. Las familias alternativas no significan una amenaza para la familia tradicional: más bien demuestran la fortaleza de la institución familiar y el fracaso de los modelos de vida individualistas. Norberto Rivera fue un acérrimo defensor de Marcial Maciel y se hizo de la vista gorda cuando le reportaron las tropelías del sacerdote pederasta Nicolás Aguilar, acusado de violar a más de 90 niños en México y Estados Unidos. Tal vez por eso cree que todos los homosexuales se comportan como los sórdidos curas a quienes ha protegido. Pero la experiencia demuestra que las madres lesbianas y los padres homosexuales quieren la felicidad de sus hijos y, por lo tanto, respetan su orientación sexual sin tratar de influenciarla. Si Rivera Carrera quiere combatir la corrupción de menores, que empiece por barrer debajo de su alfombra, en vez de lanzar anatemas contra las conciencias libres de Sodoma.

La meta de la Iglesia es derogar las dos reformas sacrílegas aprobadas en la ciudad de México, pero hasta el momento la Suprema Corte de Justicia ha mantenido una postura firme a favor de las libertades recién conquistadas. Ojalá siga ocurriendo así en los próximos años. Pero de cualquier manera el arzobispo de México es un líder de opinión y sus bravatas han azuzado ya a las jaurías de mastines que esperan su grito de guerra para saltarle a la yugular a las huestes de Satanás. En Jalisco y Guanajuato, algunos médicos mochos del sector Salud actúan como delatores de las mujeres que acuden a verlos por complicaciones después de un aborto mal practicado. La cruzada contra los herejes se ha dejado sentir también en los medios de comunicación masiva. Las bravatas machistas del conductor televisivo Esteban Arce son un indicador alarmante de que algunos comunicadores, envalentonados por la beligerancia del arzobispo, empiezan a utilizar sus tribunas para condenar la homosexualidad, con argumentos propios de un pleito de cantina. El medio de la farándula ha sido siempre un reducto de libertad donde homosexuales y lesbianas pueden hacer carrera sin ser perseguidos. De hecho, en los últimos tiempos Televisa ha producido varias telenovelas en las que se defiende abiertamente el amor homosexual, de manera que la postura de Arce no representa en este caso la ideología de su empresa. Pero la descalificación es el preámbulo de la incitación a la violencia, y si nadie impone límites a la locuacidad de los asnos, otros inquisidores caerán en la tentación de atizar el odio contra un grupo social que en la mayor parte del país sigue siendo muy vulnerable. ~