Cómo interpretar la voz del Pueblo en la zarza ardiente | Letras Libres
artículo no publicado

Cómo interpretar la voz del Pueblo en la zarza ardiente

Algunos reeleccionistas como Hugo Chávez y los representantes kirchneristas han desarrollado la capacidad de discernir lo que Pueblo desea. El problema es que el resto de los mortales carecemos de ese talento.

La hermenéutica de la reelección

La frase “Vox populi, vox Dei” es acertada en más de un sentido. Usualmente se utiliza para homologar los pronunciamientos del Pueblo con los de Dios en términos de su naturaleza infalible y sus efectos vinculantes; es decir, una vez que hemos logrado dilucidar que detrás de un determinado enunciado se encuentra la voz divina o la voz popular, el juicio que contiene es final e inapelable. Sin embargo, el paralelo va mucho más allá. Así como Dios, el Pueblo parece haber sido mucho más elocuente en el pasado que en el presente. Entre los creyentes existe la absoluta certeza de que Dios habló en persona con Moisés y le entregó los fundamentos de la ética judeo-cristina que gobierna a la mitad del mundo. De igual forma, véase por ejemplo el artículo 40 de la constitución mexicana: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, federal, compuesta de Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior; pero unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental.” Claramente el Pueblo mexicano dejó constancia cabal del tipo de sistema político en el que se quería organizar. El Pueblo estadounidense fue todavía más explícito y tomó la pluma literalmente en sus manos para afirmar desde el inicio la autoría de sus dictados: “We the People, etc.” Así como nadie duda del diálogo en el Sinaí, nadie duda tampoco de la existencia del agente volitivo que dictó la constitución mexicana y escribió el preámbulo a la constitución de los Estados Unidos. Sin embargo, desde aquel momento fundacional, Dios y el Pueblo se han abstenido de aclarar en persona los conflictos que surgen entre el texto original y las cambiantes situaciones que este debe normar.

Por supuesto, son muchos los que han anunciado a los cuatro vientos que lograron escuchar la voz de Dios o la voz del Pueblo manifestando claramente su voluntad. Tales individuos suelen iniciar un largo peregrinaje desde los márgenes de la sociedad hacia su mainstream y desafortunadamente no todos logran llegar a puerto. Muchos terminaron esperando la segunda venida de Jesucristo entre electroshocks y paredes acolchonadas, otros quedaron atrapados en una infecta jungla, enfermos y amargados porque el Pueblo nunca acudió a su encuentro como lo había prometido. Pero hay también quienes logran convencer a sus prójimos de la verdad de sus visiones divinas/populares y se ponen al frente del movimiento que avanza al rencuentro de Dios o del Pueblo, y a veces de ambos.

Frente a la parquedad de Dios, desde los primeros tiempos los estudiosos se ayudaron de la hermenéutica para dilucidar los significados más sutiles de sus palabras recogidas  en los textos sagrados. En las teorías contractualistas del Estado y la teoría constitucional contamos también con un ejército de especialistas en la interpretación de los textos en los que el Pueblo dejó constancia de sus deseos. A diferencia de Europa Occidental y Norteamérica, donde existe consenso sobre los rasgos generales de los designios de la voluntad popular y el debate se centra en detalles que no comprometen el diseño fundamental del Estado, en América Latina no terminamos de ponernos de acuerdo ni siquiera en el aspecto general de los sistemas políticos creados por el Pueblo. Quizá nada ponga tanto de relieve lo anterior como el tema de la reelección. Hugo Chávez acaba de ser reelecto como presidente de Venezuela para un tercer periodo consecutivo bajo la constitución venezolana vigente, y cuarto si se toma en cuenta el corto periodo que precedió al nuevo orden constitucional. En Argentina, intelectuales afectos al kirchnerismo acaban de lanzar la sonda exploratoria del tercer mandato y las aguas vuelven a agitarse.

Los demócratas liberales y muchos de sus compañeros de viaje socialdemócratas no tienen duda de que el Pueblo tiende a elegir sistemas de gobierno limitados y equilibrios y contrapesos al ejercicio del poder. La reelección ilimitada, en la medida en que debilita dicho aparato de contención a la discrecionalidad del Poder Ejecutivo mediante la concentración de poder y la falta de renovación de liderazgos, es una perversión del diseño institucional original y por lo tanto de la voluntad popular expresada en él. Para describir esta situación, los pensadores de esta tendencia han acuñado o retomado  diversos términos como “democracia plebiscitaria”, “populismo”, “dictadura perfecta” o “dictablanda”, etc., que conllevan todos la noción de una usurpación de la voz del Pueblo por parte del Líder que pretende perpetuarse en el poder. Los liberales comparten con la mayoría de los teólogos la preferencia por una visión más estable de los designios del Pueblo y de Dios, respectivamente. En ambos casos, el momento fundacional adquiere una gran preponderancia, los ajustes requeridos en la función cotidiana de las instituciones son mínimos, y los errores de interpretación (deliberados o involuntarios) no alteran la esencia del diseño original.  

Los argumentos en favor de la reelección ilimitada son definitivamente más audaces en su interpretación de los contenidos y formas de expresión de la voluntad popular. Básicamente lo que nos dicen es que el Pueblo puede cambiar de opinión con frecuencia para adaptar sus  leyes e instituciones a las cambiantes condiciones del entorno. De esta forma, por ejemplo, si en 1999 el Pueblo venezolano decidió establecer la reelección limitada a un solo periodo, para 2007 es muy probable que haya pensado mejor las cosas y decida eliminar los límites. Más importante aún, los reeleccionistas no esperan que cada vez que el Pueblo cambie de opinión haga escuchar “su voz como estruendo de muchas aguas” (Apocalipsis 1:15), sino que les basta con el murmullo calmo de la votación popular en el referendo sobre el cambio constitucional, o incluso es suficiente con que el Pueblo no dé a conocer abiertamente que en realidad no ha cambiado de opinión, un poco como en aquella escena de Los Simpsons en la que Homero dice en su oración nocturna: “Dios, si estás de acuerdo con que me coma esta galleta, no hagas nada (…) Está bien, hágase tu voluntad.”

Considérese esta declaración de Julio Pereyra, uno de los principales dirigentes kirchneristas en el conurbano bonaerense, citado por la escritora Beatriz Sarlo: "Un país es verdaderamente justo cuando cada ciudadano puede votar a quien desea, cuantas veces quiera…Cristina dejará de ser nuestra líder cuando el pueblo lo decida, y no cuando la Constitución lo determine." (La Nación 29/09/12.)  Es decir, el Pueblo se reserva la capacidad de decidir cuándo respetará la constitución que él mismo diseñó y aprobó y cuándo se la pasará por el arco del triunfo. Esa es precisamente la definición de “soberanía” del filósofo constitucionalista Carl Schmitt, cuya fuente es eminentemente teológica. 

No cabe duda de que algunos reeleccionistas como Hugo Chávez y los representantes kirchneristas han desarrollado la capacidad de discernir lo que Pueblo desea. El problema es que el resto de los mortales carecemos de ese talento. Hace unos días les preguntaba a algunas amistades de izquierda que estaban seguras de la voluntad reeleccionista del Pueblo venezolano cómo sabríamos si el Pueblo mexicano deseara lo mismo y qué haríamos si deseara ponerlo en práctica con Enrique Peña Nieto. Una respuesta me agarró con la guardia baja: “el problema”, me decía esta persona, “es que el Pueblo mexicano está manipulado.” Aquí sí tenemos que romper el símil con la hermenéutica teológica. Los estudiosos de la Palabra de Dios nunca previeron la posibilidad de que, al plasmar su voluntad en la Biblia, Dios no haya sido Dios propiamente, sino una entidad manipulada por el Diablo. Siempre pensaron que la Maldad podía colarse en la interpretación, pero no en la fuente de la Doctrina.

Me parece a mí que la Teoría del Pueblo Manipulado es una hija ilegítima de la teoría marxista de la ideología como “falsa conciencia” y de la teoría gramsciana de la hegemonía. Su vicio de origen es que las teorías madres nunca aceptaron los supuestos de las teorías contractualistas del Estado. Es decir, no conciben al Pueblo como ente volitivo cuya voluntad (valga la redundancia) se exprese en el momento fundacional del sistema político. Aquí no hay “Vox populi, vox Dei.”  Por lo tanto, no sienten que deban andar excusando al Pueblo por desear lo que no debe.

Pero volvamos al hilo principal. Desde Hans-Georg Gadamer sabemos que la hermenéutica no se limita a descubrir la “verdadera” intención del autor del texto interpretado ni a establecer su verdad con base en su adecuación a los hechos “objetivos”, sino que la labor de interpretación procede desde una perspectiva que funde el contexto del texto con el contexto del interpretador. Así como no podemos establecer la “verdad” de las interpretaciones de la voluntad de Dios con base en su sola enunciación (¿Dios quiere que lapidemos a los adúlteros o solo que los expulsemos de la aldea? O la clásica polémica de Santo Tomás de Aquino: ¿Dios justifica la rebelión contra el tirano?), tampoco podemos establecer con claridad si el Pueblo quiere ponerle piedritas en el camino al gobierno o quiere delegarle todo el poder al Líder y retirarse a atender sus asuntos.

Sin ánimo de hacer la apología de la subjetividad, me parece importante señalar que estamos ante una situación en la que los criterios de validación de una interpretación son internos al discurso interpretativo. Es decir, estamos en los terrenos de la persuasión. Por lo tanto, permítaseme adelantar mi propia interpretación de los textos de la sabiduría popular y tratar de persuadir al lector. Yo creo que el Pueblo desea establecer límites a la reelección a fin de protegerse de sí mismo. Bien conoce el Pueblo su propia debilidad ante las artes seductoras de aquellos líderes que se le acercan prometiéndole siempre escucharlo y convertir en realidad sus anhelos y acaban suplantando su soberana voluntad y adormeciendo su capacidad de crítica y reacción. Peor aún, el Pueblo, a diferencia de Dios, no es un soberano infalible ni omnipotente (a pesar de que se dice que “unido jamás será vencido”), ni siquiera eterno; en realidad, el Pueblo tiende a diluirse entre sus partes y debe ser convocado constantemente por medio de toda suerte de artes de alquimia discursiva. Sin embargo, como en las historias de Lovecraft, a veces  cuando algún aprendiz de brujo trata de hacer que el Pueblo vuelva a la vida lo único que consigue es crear un adefesio monstruoso que se devora a sí mismo y a lo que tiene cerca. Por eso el Pueblo, previendo su insuperable imperfección, se limitó en sus efectos. Es, por así decirlo, un Dios autocrítico.