Coleccionistas y acumuladores | Letras Libres
artículo no publicado

Coleccionistas y acumuladores

A veces, un disco de vinilo vale más que un giga de canciones en mp3. La diferencia es la que va desde el placer del coleccionista al incorporar una nueva pieza a su pequeño catálogo personal, hasta el vacío perpetuo del acumulador.

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En el momento en que empiezo a redactar este artículo, tengo en mi poder un disco de vinilo: García y la Máquina de Hacer Pájaros, de 1976. Es el primero de los dos de La Máquina de Hacer Pájaros, la banda que el argentino Charly García fundó justo después de Sui Generis (el dúo del que hablamos en este mismo espacio algunas semanas atrás).

Dentro de poco ya no la tendré. Es un regalo, de parte mía y de mi amigo Octavio, para otro amigo, Sergio. Al pensar en un posible obsequio por su cumpleaños, recordamos su amor por los discos de vinilo y su admiración por Charly García y el rock sinfónico. Cuando dimos con este ejemplar de casi cuatro décadas de antigüedad, supimos que era justo para él.

El diseño de la tapa y contratapa del disco es curioso: una historieta del dibujante argentino Crist, como se puede ver en la foto principal que acompaña este artículo. En el cómic, dos personajes se encuentran y dialogan sobre el hecho de habitar, precisamente, la cubierta de un disco.

—Me da un poco de vergüenza.
—A mí también.
—Nunca había estado antes en la tapa de un disco.
—Lo que es la vida, ¿vio?

Antes que un disco, antes incluso que una banda, “García y la máquina de hacer pájaros” fue la historieta. Creada por el dibujante Crist, había aparecido por primera vez en la revista Hortensia, de Córdoba (Argentina), en febrero de 1972. La de aquí al lado es una reproducción de esa primera tira. De modo que, cuando la publicación del disco, los protagonistas, García y Caballero, llevaban ya casi un lustro intentando hacer pájaros con su máquina.

Quisiera probar el disco antes de que se lo demos al homenajeado, porque es usado y, pese a que parece en buenas condiciones, nunca se sabe. Pero es imposible: no tengo reproductor de discos de vinilo.

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Tampoco tengo reproductor de casetes. Ni de CD. Si quiero escuchar un CD, tengo que usar una computadora vieja, que tengo guardada en un cajón, porque la que uso desde hace un año no tiene reproductor de discos. Hace poco me regalaron un par de CD y saqué esa computadora vieja… para convertir las canciones en archivos mp3. Toda la música la reproduzco a través de ese formato o directamente desde internet.

Dicen los expertos que ningún formato posterior al vinilo logró igualar su calidad. Ni siquiera se le pudieron acercar, proclaman los puristas. A quienes no tenemos el oído tan bien educado, sin embargo (y me animo a afirmar que somos la mayoría de la gente), esas diferencias se nos escapan. No encontramos mayor diferencia entre escuchar un CD, un vinilo, un mp3 o Spotify. Al escuchar música, la experiencia digital es básicamente igual a la analógica.

Hay una diferencia que pasa por otro lado. Cuando empecé la secundaria, hace casi 25 años, me hice amigo de un chico muy aficionado a la música. Su colección de casetes me parecía un tesoro alucinante. Cientos de ellos se apilaban en una esquina de su habitación. Y cuando le empezó a añadir compact discs, mucho más. Ahora tengo en el disco duro de mi computadora una cantidad de música varias veces superior a la que él tenía mi amigo en aquel momento. Sin embargo, no es para mí ni un tesoro ni nada parecido. Es poco más que la radio o que un iconito en el escritorio.

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Hace algunos días, el escritor español Miguel Espigado compartió en su perfil de Facebook esta reflexión:

En los Estados Unidos, las ganancias del vinilo han superado a las de los servicios de streaming, tipo Spotify. Dicen que es porque suena mejor, pero no lo veo: solo tiene un sonido más exclusivo. Una razón más poderosa me parece esta: llevamos más de una década maravillándonos con la disposición cuasi-infinita de la novedad en Internet. La próxima etapa cultural quizás esté marcada por un regreso al placer de volver una y otra vez sobre los mismos discos, libros, películas o series, al placer de convertir cada nueva adquisición para nuestros pequeños catálogos en un acontecimiento. Cuanto más apabullante sea la oferta de cultura por internet, mayor valor daremos a crear contextos de consumo cultural que hagan de la acotación de las opciones una virtud.

Si este renacer del vinilo no es más que una moda impuesta por el mercado, es un debate casi tan interesante como la hipótesis que lo dispara. Entre los comentarios de la publicación se pueden leer algunas opiniones al respecto.

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Poco después, en la misma red social, mi citado amigo Octavio se refirió a una charla con otra persona acerca de los acumuladores, esas “personas que no pueden desechar nada de su vida. Viven enterrados bajo sus muchísimas pertenencias de escaso valor material, con las cuales aspiran a cubrir huecos emocionales. Aspiración fallida que no hace otra cosa que reproducir el dolor”.

Tal patología se llama síndrome de Diógenes. Octavio se pregunta por qué, ya que el comportamiento de este filósofo griego fue más bien el opuesto: vivió sin poseer casi ningún objeto material. Quizá, se responde, se debe a su aspecto de vagabundo, que muchos acumuladores comparten. Y después se hace otra pregunta:

Pero ¿qué pasa ahora que se acumulan películas, libros e infinidad de objetos de consumo en formato digital? Imaginábamos a un tipo barbudo, de mirada extraviada y vestido con harapos, rodeado de perros (en eso también algunos se parecen a Diógenes), con todos sus objetos acumulados que le caben en una pequeña caja.

Y es que, en el espacio digital, entre un punto y otro punto siempre cabe un punto intermedio, por lo que el acumulador puede llevar adelante su patológica conducta casi hasta el infinito, sin que su casa estalle de basura saliendo por la ventana. Pero los huecos emocionales son siempre de mayor tamaño, son verdaderos pozos sin fondo.

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Ahora, al escribir el final de este artículo, ya no tengo el vinilo en mi poder. Ya forma parte de la discoteca de Sergio, compuesta por unos 800 títulos. Son unos cuantos, es verdad, pero no tengo dudas de que cada uno tiene, para mi amigo, un valor especial. Basta con haberle visto la cara el otro día, cuando desenvolvió su regalo, para saberlo. Un disco de vinilo que vale más que un giga de mp3. En palabras de Espigado: el acontecimiento de incorporar una nueva pieza al pequeño catálogo personal. La diferencia entre el placer del coleccionista y el vacío perpetuo, el pozo sin fondo del acumulador.

Por cierto: García y la Máquina de Hacer Pájaros se puede escuchar completo en YouTube (pero no es lo mismo).