Clásico de beisbol: La maldición beisbolera de Carstens | Letras Libres
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Clásico de beisbol: La maldición beisbolera de Carstens

Ahora que la selección mexicana de beisbol ha conseguido el octavo y último boleto para la segunda fase del Clásico Mundial, es difícil no pensar que la estrepitosa derrota en el juego inaugural se debió al maleficio de Carstens. Invitado, en lugar de alguna de las tantas glorias nacionales del “rey de los deportes” a realizar el primer lanzamiento, el secretario de Hacienda se llevó uno de los abucheos más rabiosos y tonantes que se recuerden desde que Miguel de la Madrid había tenido que presentarse en el Estadio Azteca con tapones en los oídos durante el Mundial de futbol del 86. Con el uniforme a punto de reventar y quizá confiado de que el público beisbolero no lo vería como chivo expiatorio de la crisis actual, Agustín Carstens se subió a la lomita con fingido estoicismo, levantó la pierna y la mirada al cielo al más puro estilo de Fernando Valenzuela —por cierto, allí presente— y lanzó un piconazo guango y descompuesto que todos los asistentes no vacilaron en comparar con sus medidas económicas. La decepción de su pitcheo no superó en alharaca la indignación que despertó su presencia en el montículo. Salió cansinamente del cuadro cuando ya el griterío se estaba apagando, pero el daño estaba hecho. Él, que al parecer todo lo que toca lo convierte en déficit, había dejado tras sí la maldición.

No se me ocurre otro deporte más propenso a la hipótesis del embrujo y al fervor de la cábala que el beisbol. Desde la maldición de Babe Ruth que pesó durante ochenta años sobre los Medias Rojas de Boston, el diamante ha sido uno de los pararrayos predilectos de los conjuros y el vudú. Quizá mucho tenga que ver en esto la nutrida presencia caribeña en los parques, con sus conocidos ensalmos yoruba y su afición a la magia negra, pero el caso es que en cada partido uno puede presenciar una variedad impensable de rituales y manías esotéricas, desde el cuidado de los lanzadores por no pisar las líneas de cal, hasta las gorras al revés o en posturas inverosímiles de los aficionados rezando por un rally.

La noche del domingo en el Foro Sol, Oliver Pérez se subió a la loma de las responsabilidades segundos después de que Carstens había hecho —bueno, es un decir— el primer lanzamiento, y como no tuvo el cuidado de llevar consigo a un brujo de Catemaco, muy pronto le llovieron a palos. 3 carreras y 2 cuadrangulares espalda con espalda fue el saldo de los tres primeros hombres al bat de la novena australiana. Con el montículo cargado con las vibraciones a la baja de El malasuerte Carstens, esa noche sería más negra que el cielo en bancarrota de Wall Street: tras 22 indiscutibles y 17 carreras, se decretó la victoria por nocaut de la selección de Australia. ¿Y qué fue lo que había fallado durante ese bochornoso encuentro? El pitcheo. Cada serpentinero mexicano que tomaba la pelota se hundía al ritmo estrepitoso de las acciones de Citigroup o la Comercial Mexicana.

Por fortuna la maldición de Carstens no habría de extenderse más allá de ese partido. Aunque más de uno temió que al ser de un tonelaje equiparable al del gran Bambino podría tal vez prolongarse cuando menos por ocho décadas, el maleficio se esfumó al día siguiente, quién sabe si gracias a una minuciosa limpia. Lo cierto es que cuando se abrieron las puertas del estadio para el segundo partido, todo el parque de pelota olía a ruda y a copal. Los comandados por Vinny Castilla dieron cuenta de la selección de Sudáfrica con relativa tranquilidad, para más tarde vengarse de los australianos propinándoles una paliza aún más humillante que la que habían recibido. Con un marcador de 16-1 y el juego recortado a seis entradas por “la regla de la misericordia”, también conocida como súpernocaut, los pítchers mexicanos no sólo demostraron su acostumbrado buen nivel, sino que hicieron más evidente que la mala actuación dominical se debió a fluctuaciones ectoplasmáticas extradeportivas. Al evitar la eliminación, la novena mexicana se libró de acompañar al poderoso equipo de la República Dominicana en el clan de las grandes decepciones del certamen, y en lo sucesivo tendrá que medirse con alguna de las potencias del Oriente.

Por si las moscas, además de impedirle la entrada a Agustín Carstens a todo juego de conjunto, habría que solicitarle al manager del equipo mexicano los datos del brujo que completó la limpia del montículo. No estaría de más enviarlo de inmediato a las oficinas de la Secretaría de Hacienda.

- Luigi Amara