Ciudadanos del sentimiento | Letras Libres
artículo no publicado

Ciudadanos del sentimiento

Para notables poetas y pensadores, la verdadera patria del hombre es la niñez. En ella se forman y arraigan en nosotros las nociones de quiénes somos y de dónde venimos, quiénes queremos ser y a dónde queremos ir. Y habrán de acompañarnos hasta el final de nuestros días.

Tal vez nunca haya sido fácil comprender nociones como raíz, patria, pueblo, origen; en todo caso, no lo es en este dramático siglo XXI en el que estamos aprendiendo a vivir. Todo tiende a confundirse, aunque al final, a estas alturas, hay al menos algunas cosas que tenemos claras. Por ejemplo, que los últimos treinta años del siglo XX fueron terribles: en ellos, quienes alguna vez tuvimos fe en que las utopías estaban a nuestro alcance vimos cómo se nos morían en los brazos, y cómo ciertos conceptos peregrinos (macroeconomía, estabilidad económica, socialdemocracia) fueron ahogando los perfiles del sueño, las revoluciones posibles, la conciencia de que podemos desafiar los estrechos márgenes de la realidad al menos con los ideales, a los que uno tras otro fuimos sepultando. El dios mercado triunfó donde los ideólogos y los profetas fracasaron; con supuesta justicia retributiva habría de repartir los bienes de acuerdo con los méritos de cada uno.

Han pasado dieciséis años desde que, corroído por su fracaso, cayó el muro de Berlín, y por ello aproximadamente mil millones de personas se quedaron sin Dios y, lo que es peor, sin legitimidad histórica, como una suerte de bastardos de la historia; pronto vimos cómo, de manera múltiple, masiva e inconmensurable, las manchas de las migraciones lo inundaban todo. Conozco Tijuana desde 1978. Entonces me impresionaba ver en el Cañón Zapata, antes de que ahí hubiera un muro, los partidos de futbol entre los que iban a cruzar y los miembros de la migra. Me gustaba verlos compartir los tacos y la devoción por el Niño de Atocha y la Virgen de Guadalupe, para luego despedirse deseándose los unos a los otros no encontrarse en el camino.

Eran tiempos en que el cruce era tolerado en función de las cosechas. Jimmy Carter ya había descubierto que el concepto "derechos humanos" incluye a los latinoamericanos, los que hablamos español, los persas y los negros. La ilegalidad ayudaba a balancear las condiciones de vida de los californianos con el sudor de los mexicanos, pero todavía resultaba difícil llegar a imaginar cuál sería el peso y la fuerza que adquirirían los mexicanos en Estados Unidos, especialmente en California.

No sé por qué me fascina Tijuana, aunque he podido y he querido entenderla desde todos los puntos de vista. La ciudad de los fairways, del pecado y del salvajismo tiene leyes propias. Su medio ambiente está determinado porque lo delimitan el desierto, el mar y el imperio; es tierra de libertinaje para quien lo pueda pagar y tierra de libertad para quien pueda gobernar su vida. Nunca entendí muy bien por qué desde el inicio de mi relación con esa ciudad me acosó la intuición de que una de las claves de la mexicanidad (y por tanto de los que hablamos, lloramos y sufrimos en español) residía en Tijuana, ni por qué estoy seguro de que es tierra de creación.

Pero lo sabía, lo sé, siempre lo supe. Tal certidumbre estaba en mi cabeza cuando vi la película Touch of Evil de Orson Welles y advertí que, extrañamente, el mal no "chingaba", que se rompían los estereotipos y al final del día éramos más resistentes, que podíamos con el desierto, con nuestros gobernantes, con nuestro idioma de doble filo y con la dignidad. Única dignidad en el mundo que habla español, frente al terrible vecino del Norte.

Seguí yendo a Tijuana durante los años ochenta. Al comenzar los noventa me fui a vivir a Nueva York, que, como todo el mundo sabe, está en Estados Unidos pero es mucho más que el país que la contiene. Ahí comencé a saber algo y lo fui entendiendo tarde a tarde frente a la televisión neoyorquina, página a página leyendo el New York Times. Comencé a entender que sólo México y los mexicanos iban a tener peso determinante en la construcción de América del Norte.

En la ciudad de Nueva York hay más de dos millones y medio de personas que hablan español; se habla español de Puerto Rico, de la República Dominicana, del Caribe, pero ninguna de esas migraciones podría ser un elemento que determinase el futuro de Estados Unidos. Durante el tiempo que viví en Nueva York "de seguido", como decimos aquí, nunca entendí por qué México, aparte de su numerosa representación migratoria y de su colindancia fronteriza, iba a terminar alterando, modificando, cambiando sustancialmente los Estados Unidos de América. No sabía, pero sí intuía, que negarse a ser melt de retiros era un salto cualitativo en la historia de Estados Unidos, y sabía que eso sólo lo podían hacer los mexicanos.

Luego, en el año 2000, decidí mudarme a México. Quería entender en el lugar de origen lo que no terminaba de comprender en el lugar de destino. (Ahora que lo pienso, puedo decir que mi migración interna es siempre a la búsqueda de América del Norte.) La última vez que antes de ese año había estado en Tijuana fue en 1994, días después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, que debió ocurrir ahí para que Tijuana siguiera cumpliendo el inescrutable destino trágico que hace de ella el lugar donde empieza o termina la patria, según se vea. Después no volví a Tijuana hasta el 2002, y entonces comencé a entender por qué todos somos tijuanenses; por qué Tijuana es la patria de los sentimientos; por qué nos conviene; por qué nos convierte en ciudadanos del sentimiento; por qué hace que nuestra vida se vea afectada y contaminada por las estadísticas. Por aquellas cosas que deben ser, pero que no nos dejan ser; por esa resignación que debemos tener para ver cómo nuestra vida se destruye. Al llegar a ella, Tijuana nos da un pasaporte cuya visa es nuestra propia fuerza, y nos permite reconstruir nuestra vida desde el dolor de pedir hasta el esfuerzo de ofrecer.

Y por ello cada día entiendo peor que Tijuana siga siendo considerada un elemento exótico, de asombro para el turista; que el color, la vida y la fuerza que emanan por cada uno de sus poros nos sigan cautivando superficialmente y nos neguemos a reconocerle a esa ciudad la fuerza moral que ha conquistado.

Porque hay que tener mucha fuerza moral para surgir de la nada y convertirse en tierra de asilo para quienes tengan el valor de luchar por cambiar sus vidas. Porque no sólo no se puede seguir tratando a Tijuana con la aberrante visión de una ciudad viciosa, violenta y sin estructura moral, sino que se debe reconocer que es muestra cotidiana y permanente del querer ser mexicano, tierra de libertad y esperanza que convive, en condiciones de superioridad moral, con un vecino muy difícil, perdido en sueños de gloria.

Tijuana empieza en el último pueblo de Michoacán, donde el último varón se levanta una mañana para tomar el bus que lo llevará al norte, a la nueva vida, y termina con el último inmigrante ilegal que al caer la tarde se acostará sobre las piedras del canal de Los Ángeles con sus sentimientos como único techo.

Es necesario reconstruir esa Tijuana en que, hasta 1944, se atravesaba de un lado a otro sin necesidad de pasaporte; esa que, durante la sequedad inmoral de la depresión, se transmutó en nirvana de los bebedores; esa que, a fines de los años setenta, fue capital de un sueño que hizo nacer en medio de la nada un Centro Cultural, como premonición de cuál sería la gran capital ilustrada de la frontera norte y muestra de que en ella las individualidades artísticas harían surgir "el hongo creativo de Tijuana". Quien tenga sensibilidad frente al desierto, el imperio, el mar, la escasez de agua, el trabajo semiesclavo de las maquilas, tendrá su microclima para crear y no estallar en ese borde de la patria, mientras se reconstruye o se reinventa. Tijuana somos todos, todos somos tijuanenses.

Desde el Centro Cultural Tijuana hasta el Instituto Municipal de las Artes; desde "inSite" hasta el Ballet; desde la última conferencia de Carlos Monsiváis sobre Tin-Tan hasta la intuición distante y lejana de la frontera más transparente de Carlos Fuentes, la única explicación que encuentro para ese fenómeno sorprendente, salvaje y humano sobre todas las cosas llamado Tijuana es tener con ellos, para ellos, por ellos, el valor de enumerar las conquistas del hombre. Tierra de libertad, de asilo: no es un espejismo. Sus movimientos artísticos no son alucinaciones a la búsqueda del oasis: tienen cara y ojos, padre y madre, nombre y apellido. Tijuana es la república de los sentimientos y su existencia como fenómeno sólo se puede entender desde los ciudadanos del sentimiento; es la patria de quien tiene el valor de querer cambiar su vida; es el abandono de la resignación y del concepto de sufrimiento colectivo. En ella no hay piedad, sólo hay lucha; no hay margen para sólo pedir y llorar: sólo lo hay para construirse y construir... Y para ofrecer a los demás lo mismo que nos fue ofrecido a nosotros: un comienzo.~