X-Men: First Class | Letras Libres
artículo no publicado

X-Men: First Class

 

Más allá de ser una entretenida precuela, X-Men: First Class es una de las más agradables sorpresas palomeras del verano.

 

'X-Men'pero, principalmente, 'X2' fueron brillantes incursiones en el difícil terreno de llevar a los superhéroes al siglo XXI. Varias décadas habían pasado ya desde que Lee y Ditko fundaran un género y una mitología (con varios precedentes importantes, claro, pero hay que decirlo de una buena vez: fueron ellos, sumados a Kirby, Siegel y Shuster quienes crearon el mito superheroico que conocemos) que tomó por asalto la ficción (al tiempo que bebía de sus referentes clásicos), y en el camino habían aparecido ya fenómenos y autores que hacían ver a los héroes sesenteros en spandex como simples aventurillas: 'The Matrix', Philip K. Dick; el cómic mismo, tras la irrupción de Frank Miller y su 'The Dark Knight Returns', dejó de lado la ingenuidad y se dedicó a la creación de personajes 'maduros'. Un comentario tiene cabida aquí: creo que si hubo un trabajo que terminó de llevar al superhéroe al siglo XXI fue aquella primera etapa de Brian Michael Bendis en 'Ultimate Spiderman'. No obstante, ésta no se publicó hasta octubre del 2000, lo que mantiene a 'X-Men' – de julio del mismo año – como el principal referente. La misión de adaptar el arquetipo superheroico a los nuevos tiempos fue confiada entonces al cine y al cómic mismo, quienes supieron hacerlo con solvencia.

Más de diez años después, la necesaria vuelta a los orígenes, 'X-Men: First Class' aparece, justo como 'Iron Man' (Favreau, 2008), como un blockbuster veraniego inesperado. La audiencia, concentrada desde ya en las filtraciones de 'The Dark Knight Rises' o en los avances, por mínimos que se anuncien, de 'Captain America: The First Avenger'o 'Green Lantern', no le reservó mucha expectación a la precuela mutante. Entendible, cuando los últimos dos productos de la franquicia habían sido 'Last Stand',decepcionante conclusión a manos de Brett Ratner de la trilogía iniciada por Singer y 'Wolverine: Origins', infame spin off que funcionaba como perfecto comercial de la musculatura de Hugh Jackman. La precuela, en manos de Matthew Vaughn, quien ya había adaptado con medianos resultados 'Kick Ass'de Mark Millar, está colocada en una posición muy distinta a la de la trilogía original: en vez de acercarse al estereotipo del superhéroe oscuro y atormentado (al que, por ejemplo, la saga de Batman de Christopher Nolan se adhiere sin ningún problema), la cinta transita los caminos que trazó hace cincuenta años aquella mítica Marvel Comics: un cine más ingenuo, campy por momentos, que no tiene ninguna dificultad en introducir los argumentos relevantes (el conflicto mutante y, principalmente, la diferencia de opiniones entre Charles Xavier y Erik Lensherr, 'Magneto') en medio de una cinta que, en la superficie, es sólo cine de aventuras.

'First Class' establece las bases de lo que contará rápida pero efectivamente: Charles Xavier es un idealista, un chico burgués y acaudalado cuya condición mutante no es visible para los demás. Un joven profesor de genética que se da la libertad de usar sus conocimientos como táctica de ligue en cualquier bar: el personaje interpretado por James McAvoy, aunque consciente de la problemática de su condición, no está aún lleno de solemnidad como su versión futura, encarnada por Patrick Stewart. Erik Lensherr (encarnado por un Michael Fassbender monumental), sobreviviente de los horrores del régimen nazi, amo del magnetismo, viaja por el mundo castigando a los culpables de la muerte de sus padres en un campo de concentración. Y aunque detrás de ellos hay un elenco de actores más o menos conocidos (destaca, por supuesto, Kevin Bacon interpretando al doctor Sebastian Shaw), es su relación - y el mano a mano actoral que conlleva - la que convierte a 'First Class' en una cinta de superhéroes diferente. Porque la relación entre el profesor X y Magneto es la confrontación misma de los ideales, de aquel que dice 'el fin justifica los medios' y el que pretende conservar la integridad, la ética, la moral. Es, en reducidas cuentas, el mismo conflicto que existió entre Martin Luther King Jr y Malcolm X: enfrentar el justificado uso de la violencia contra la paz razonada de parte de los segregados.

Ambos actores se convierten en el eje en torno al cual orbita la parte importante de 'First Class'. Porque es verdad: hay mutantes, hay trajes amarillo y azul, hay cameos de personajes importantes en la saga. Hay, y eso tampoco debe olvidarse, mucha diversión. Aparta la solemnidad de una saga cuyos últimos dos actos habían llevado este aspecto de oscuridad y seriedad a límites ridículos. 'Listen to me very carefully, my friend: killing will not bring you peace', le dice el joven Charles Xavier a Erik Lensherr durante una arquetípica partida de ajedrez - que, como se verá en los años posteriores, seguirá siendo la forma de convivencia predilecta de los rivales. 'Peace was never an option', contesta, imponente, Fassbender en la piel de Magneto, un hombre que no tiene nada que perder. Un diálogo que resume la esencia misma del conflicto que sustenta la mitología de los X-Men: ¿es lícito, es ético, está justificado devolver la violencia contra los opresores a la menor oportunidad? ¿Hasta qué punto una minoría debe tolerar la segregación de una mayoría inconsciente? La respuesta a esta pregunta no es privativa de los mutantes o los superhéroes.