The World´s End | Letras Libres
artículo no publicado

The World´s End

La última cinta de Edgar Wright es un ejercicio de parodia concentrado en buenos chistes y oficio cinematográfico. 

Preferentemente, este texto debería ser leído por aquellos que ya vieron la película y desean conversar sobre ella: contiene eso que llaman spoilers.

La parodia no debe ser un género sencillo de llevar a cabo: allí tenemos tantos ejemplos –Scary Movie y derivados a la cabeza— de películas y series de películas concentradas en la gracejada, en el chiste fácil y obvio, sin ninguna clase de ejecución cinematográfica: una doble pobreza. La trilogía Cornetto, como cariñosamente se conoce a la serie de películas dirigidas por Edgar Wright y escritas por el mismo Wright y Simon Pegg, que también actúa en las tres –junto a Nick Frost—, es un ejercicio de parodia concentrado en ambas ejecuciones: la del buen chiste y la del oficio cinematográfico. Shaun of the Dead, la primera entrega, es una revisión al arquetipo de la invasión zombi; Hot Fuzz, la segunda, va sobre las comedias con parejas de policías como protagonistas; su tercera y última entrega, The World’s End, revisita a la invasión extraterrestre/el fin del mundo.

El argumento de las tres es muy similar, y podríamos incluso establecer sus constantes con facilidad: dos amigos –no exclusivamente, pero sí como centro de la narración—, un pueblo inglés pequeño –la primera cinta está filmada en Londres y en un par de comunidades británicas, pero no se establece de forma abierta—, una amenaza subrepticia que se desquicia en algún momento del filme –y que en las últimas dos tiende a secreto de pueblo chico— y el siempre orgulloso pub británico. (Otras dos: el sabor de Cornetto, que da lugar al nombre de la trilogía y suele conectar el color del helado con la trama de forma simbólica, y el chiste de las vallas de jardines, repetido en las tres cintas.)

The World’s End no se despega de este manual porque en su repetición también radica su gracia; la cinta muestra a Gary King, un personaje patético, empeñado en revivir sus viejos años de furor preparatoriano, reuniendo al grupo de amigos que lo acompañó durante las hazañas de sus años mozos sólo para cumplir un reto: beber en todos los bares que conforman La milla dorada, doce pubs en los que deben tomar un tarro de cerveza en cada uno para completar el recorrido y terminar pedísimos. La secuencia inicial muestra este recorrido en forma de flashback: esto que se está haciendo ahora ya fue intentado en algún momento. En apenas tres minutos se establecen las bases del personaje de Gary, un consistente desmadroso que no se detiene por nada ni nadie. Aquí hay un pequeño detalle –muy al estilo de Cloverfield— del futuro de la trama –las imágenes, ni modo, salieron de un screener que da vueltas por internet—:

(En la parte superior del cuadro, del lado izquierdo de la cabeza del joven Gary, se distingue un puntito blanco que se mueve con velocidad hacia la tierra: será este puntito el comienzo del desastre que sacuda pueblito de Newton Haven.)

Sus cuatro amigos, más renuentes, terminan aceptando –la parte del convencimiento es más bien un trámite que pasa con rapidez—, no sin un buen montaje que muestra los contrastes entre Gary, con su vida de soltero, y sus amigos, ejecutivos casados o comprometidos:

En menos de 15 minutos de película, los cinco ya están dentro de un auto –el viejo auto preparatoriano de Gary— y dispuestos a seguirle el paso a su otrora líder. La banda sonora de la película constantemente recuerda que estos tipos no son precisamente jóvenes: las canciones son casi en su totalidad recuerdos del britpop noventero, con Suede, The Stone Roses, Primal Scream y Blur encabezándola.

Cada bar trae consigo alguna revelación, pequeña o grande: en el primero, se nos informa que el personaje de Nick Frost es abstemio; en el segundo, que la hermana de Oliver –Martin Freeman, que ya encarnó al doctor Watson en la serie Sherlock y quizá más popularmente a Bilbo Baggins enThe Hobbit— fue un acostón de Gary al tiempo que el amor de la vida de Steven –Paddy Considine, menos conocido—. El tercer bar nos muestra que Gary está vetado de por vida del lugar –curiosamente, el primero en el que lo reconocen—, y el cuarto trae consigo la revelación de la película, el giro de tuerca: si has leído hasta aquí y no quieres enterarte, no continúes.

Gary entra al baño del bar, después de varias agrias cervezas con sus amigos, que no parecen del todo contentos con la aventura,  y discute con un adolescente automatizado mientras aquel se lava las manos. Comienza una pelea física que, sorprendentemente, termina con el chico decapitado en el baño: de su cuello sobresale lo que parece una pieza de plástico que embona, y líquido azul escurre de su cabeza aún consciente. La pelea que sucede a ese descubrimiento –cinco amigos contra cinco seres de aparente plástico— es uno de los mejores momentos de The World’s End: dos casi planos secuencias –y digo ‘casi’ porque están ayudados por lo digital, aunque eso no resta mérito a la edición— que forman una secuencia perfectamente coreografiada, con algo de lucha libre y gore: algo que se le agradece enormemente a la trilogía Cornetto es su arrojo al mostrar escenas de sangre y desmembramientos –aunque sea sangre azul, en el sentido más literal. (El gag se ve repetido en la segunda y tercera peleas de la película, de la misma forma que involucra tomas largas y edición veloz.)

La revelación llega pronto: estos seres son sustitutos extraterrestres de seres humanos que se negaron a asumirse bajo el control de las entidades que llegaron, ajá, en el cometa que aparece durante la secuencia inicial. Los amigos ahora se ven en un predicamento: no quieren estar en ese pueblo, no quieren estar con Gary, pero deben permanecer juntos hasta terminar su aventura con tal de no despertar sospechas en el pueblo. Hasta aquí no he hecho énfasis en algo vital: The World’s End es muy chistosa. Cierto: no cumple con las altas cotas establecidas en Shaun of the Dead/Hot Fuzz, pero es porque parece existir un interés mayor en desarrollar a Gary King y su patetismo; un énfasis en este tipo cuarentón que se niega a abandonar la adolescencia. Con todo y eso, la cinta logra salir adelante en el apartado del humor: hay muchos y muy buenos chistes, desde el “Get your feet off of her!” con el que Steven amenaza a un invasor con pies en lugar de manos, hasta la aparición de Pierce Brosnan como líder de los seres automatizados.

Un aspecto inteligente de The World’s End es que, como ya se ha apuntado, es un homenaje bastante claro aInvasion of the Body Snatchers (1956), pero con un giro inesperado: mientras que en Body Snatchers los invasores son una metáfora del comunismo, con su “todos somos iguales” como estandarte, y los humanos hacen una defensa del mundo libre –encarnado por los ideales de Estados Unidos—, en The World’s End los invasores son, mediante las mismas técnicas, exactamente lo contrario: híper capitalistas disfrazados de progreso –acaso el progreso sea el estandarte del capitalismo contemporáneo—, de tecnología –incluso, en la película, la disparada tecnología actual es achacada a esa invasión que comenzó en los noventa. Hasta la simbología de la inteligencia extraterrestre se parece a la de la acelerada modernidad capitalista, con sus iconos brillantes de reciclaje y plantitas que encubren el asesinato de los que son sustituidos:

Es esta gravedad en los temas a tratar –el intento de suicidio de Gary King, no mostrado pero sí revelado; la crítica a la aséptica modernidad— los que, por una parte, disminuyen las posibilidades del chiste, lo frenan un poco, limitando su alcance, pero, por otro lado, enriquecen las posibilidades de la cinta, aumentan su discurso para llevarlo de la payasada por el mero gusto al chiste con algo que decir. (No que haya una cosa mejor que la otra.) El final, con Gary King encabezando à la Los tres mosqueteros unas réplicas de sus mejores amigos, jóvenes por siempre, propone otra tesis, una que dice que no necesariamente tienen que ganar la madurez y la sensatez en este universo: también es posible darle la vuelta a la existencia y redefinirla según las propias e intempestivas reglas.