The Wolf of Wall Street | Letras Libres
artículo no publicado

The Wolf of Wall Street

El peor destino de una creación artística es generar indiferencia. En ese sentido, y muchos otros, la última de Martin Scorsese es una gran película.

The Wolf of Wall Street narra el auge y la caída de Jordan Belfort, corredor de bolsa metido a estafador. El segmento de la vida de Belfort del que se ocupa es, principalmente, aquel en el que vivió rodeado de lujos, millones de dólares obtenidos mediante fraude y, bueno, excesos: putas, cocaína, dinero, automóviles convertibles, enanos siendo arrojados a un blanco como si de dardos se tratasen, viajes a Suiza y a Mónaco y borracheras de las que Belfort volvía a su casa en helicóptero.  Y hay más excesos en la cinta, muchos de ellos narrados con detalle, con la cámara cerca de la acción. Así, a botepronto, la película confronta directamente al espectador, lo sacude; lo obliga a abrir los ojos y a contemplar el decadente espectáculo que tiene enfrente. Como en un incesante golpeteo, el filme se convierte en un test de duración. Y no todos están dispuestos a aguantar hasta el final. Ejemplos de críticos y comentaristas con un aparente interés mayor en los elementos no cinematográficos que componen a The Wolf of Wall Street: David Denby, de The New Yorker, finaliza su texto llamándola “cine nauseabundo, obsceno” de tan excesivo; David Edelstein, de Vulture, dice que es “insípida” por las mismas razones —y la llama en un comentario “una cinta sin arco dramático”, como si eso fuera un crimen—; Adam Peneberg, de Pando, afirma que “no sería posible sin las víctimas”, condena a DiCaprio y a su director y afirma que parte de la recaudación debería destinarse a compensar a los defraudados (¡!); Joanne Lipman, de Time, dice que “no se verá reflejado el punto de vista de las mujeres; Loren Steffy, de Forbes, afirma que “el final de la película es básicamente un comercial para el nuevo negocio de Belfort, las pláticas motivacionales”, y plantea la posibilidad de que el director haya sido estafado por Belfort (cosa curiosa: el artículo se titula “Did The Wolf of Wall Street Con Martin Scorsese?”, pero la dirección URL señala otro nombre: “Why I Don’t Intend to See The Wolf of Wall Street”, o lo que es lo mismo, ese texto fue escrito sin ver la cinta).

Etcétera, etcétera, etcétera: parte de la crítica alrededor del mundo ha señalado la moralidad —o la ausencia de ella— en The Wolf of Wall Street como un factor decisivo, o incluso, como el más importante. Este sector ha decidido convertir una película —o el alabarla, reseñarla positivamente e incluso el mero hecho de verla— en un asunto ético. ¿Por qué habría una obra de ficción ajustarse a los parámetros morales ideales de la realidad? El debate, por supuesto, no es nada nuevo: Richard Brody señalaba ya en su columna en The New Yorker que los críticos que condenan moralmente a The Wolf of Wall Street se verán a la luz de la historia tan ridículos como aquellos que condenaron en 1930 a Scarface, de Howard Hawks.

 

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Si coincidimos en que la cuestión moral no es lo más importante, o que quizá no revista de alguna importancia en una obra de ficción,  entonces The Wolf of Wall Street es una película con un montón de aspectos interesantes. Vale la pena ver el tráiler oficial, que además es una pieza de cinematografía emocionantísima —y una nada despreciable clase de edición.

A menos de dos minutos del inicio hemos visto ya un anuncio falso, el lanzamiento de un par de enanos, la presentación de Jordan Belfort y su maleabilidad como narrador:

 “Mi nombre es Jordan Belfort”, se escucha a DiCaprio decir mientras la pantalla está congelada. “No él”, aclara refiriéndose al enano; “él”, agrega, al tiempo que la cámara se concentra en su rostro extático.

A partir de ese momento, la cinta no da tregua, comenzando una espiral descendente y ascendente en la vida de Belfort. El joven Jordan conoce a Mark Hannah—interpretado con precisión por Matthew Mccounaghey—  y es iniciado en los tejemanejes de Wall Street. Lo vemos convertirse en corredor, sólo para enfrentarse al Black Monday de 1987 en su primer día de trabajo.

Belfort es contratado entonces como corredor de penny stocks —acciones de empresas precarias, vendidas a precios ridículos a miembros de la clase obrera norteamericana— e inicia su estancia en el terreno de la estafa especulativa. Tras conocer a Donnie Azoff, interpretado por Jonah Hill, ambos fundan Stratton Oakmont, una firma que funciona como fachada respetable de su negocio de estafas y que rápidamente crece en personal y mobiliario. El montaje de este crecimiento ocurre en cuatro tomas, de menos de un segundo cada una. La elipsis entre ellas nos explica la rapidez de la evolución de la firma.

 

En Stratton Oakmont presenciamos excesos orgiásticos —de la forma más literal posible—, humillaciones públicas —la escena en la que vemos cómo rapan a una empleada a cambio de diez mil dólares resulta particularmente dolorosa— y formas poco ortodoxas de entretenimiento, como arrojar enanos vestidos con velcro. Pero sería falso afirmar que eso es todo lo que ofrece la cinta: al mismo tiempo somos testigos de la transformación de Belfort y compañía —una pandilla de traficantes de drogas metidos a corredores estrella, encabezados por Jordan y Donnie— en unos adictos. Y es aquí donde podemos encontrar quizá el punto que parte de la crítica estadounidense no ha podido —o no ha querido— ver: The Wolf of Wall Street no es necesariamente —o no de forma principal— una celebración del exceso tanto como una metáfora de la adicción. Y la adicción, se sabe, no es otra cosa que el consumo excesivo y dependiente de lo que sea. Belfort lo dice claramente antes de aspirar unas líneas de cocaína en su escritorio: “Con la cantidad suficiente de esta droga puedes conquistar el mundo. Y no me refiero a esto”, dice mientras señala la coca—, “sino a esto”, agrega al tiempo que extiende un billete de cien dólares frente a la cámara antes de arrojarlo a la basura.

Como una especie de alegato contra la división entre forma y fondo, la película trata sobre la adicción y el exceso, pero para que esto funcione no puede hacer otra cosa que volverse adictiva y excesiva, impidiendo siempre que el ojo esté quieto o aburrido. Sus recursos cinematográficos son abundantes: narración en off, llena de humor; rupturas de la cuarta pared, de la diégesis más tradicional; encuadre selvático en el que siempre están sucediendo cosas, se mire donde se mire; varios cameos —están allí Spike Jonze y Jon Favreau, directores cuya presencia aumenta las capas referenciales de la cinta—; ecos entre lo que se ve en la televisión y lo que sucede con los personajes. Dos ejemplos de lo último: Donnie y Jordan quieren drogarse, pero la droga no surte efecto; en la televisión aparece Urkel diciendo que “para elevarse hay que dar un jalón”; acto seguido, Donnie y Jordan toman otra pastilla:

Al final de esa escena, después de que ambos personajes se balancean al borde de la sobredosis, el recurso es usado de nuevo. Jordan debe salvar a Donnie, pero se encuentra demasiado drogado para reaccionar; en la pantalla, Popeye el Marino se empina una lata completa de espinacas; en el suelo, Jordan aspira un frasquito de cocaína justo a tiempo para reaccionar y salvar a su amigo:

Así es como se muestra el exceso de drogas y sexo y dinero en The Wolf of Wall Street: con una distancia irónica que permite el regocijo, la carcajada; la exhibición gozosa a través de los abundantes recursos cinematográficos que retratan el bacanal. En un año en el que 12 Years a Slave —una película cuyas virtudes son alabadas sin tapujos gracias a sus buenas intenciones— ganó reconocimiento casi total, es comprensible que un filme centrado en la estafa, el abuso de sustancias ilícitas y la adicción al sexo haya causado alarma en la crítica estadounidense, nación especialmente angustiada por la corrección política.

Parece ridículo que en pleno 2014 la preocupación de parte importante de la crítica sea la altura moral de los protagonistas de las obras que analiza. Es un debate antiguo, ridículo, avivado por el advenimiento de una liga de la decencia que parece dispuesta a establecer los lineamientos con los que las obras deberían regirse. El espanto con el que se ha recibido a The Wolf of Wall Street no es distinto de aquel que retiró de la biblioteca de Brooklyn un libro de Tintín por “racista”, o de ese otro que en 2005 condenó a Memín Pinguín por las mismas razones. El desacuerdo con los elementos mostrados en una obra no debería ser motivo para la quema en efigie de sus creadores—o de la obra misma: en Dubai, 45 minutos fueron cortados por censura.

El peor destino de una creación artística es generar indiferencia. Un filme que permite que un espectador se marche sin preguntarse cosas, sin emocionarse o conmoverse de alguna forma, es probablemente una obra fallida. En ese aspecto, The Wolf of Wall Street se revela como una gran película; con su opulenta muestra de excesos ha despertado a las buenas conciencias que, espantadas, pretenden defenestrarla. El fracaso de esta liga de la decencia será seguro:  a poco más de veinte días de su estreno, la cinta ha ganado más de cien millones de dólares, recibido altísimos puntajes de críticos alrededor del mundo y ha dado un Globo de Oro a Leonardo DiCaprio por su actuación. Aunque las señales de alarma de la corrección política estén por allí, podemos permanecer tranquilos: la moralina aún no se apodera del mundo.

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Tras casi tres horas de carnaval incesante—con un par de falsos clímax que otorgan unos minutos de calma antes de volver a montarse en la acción de forma vertiginosa—, The Wolf of Wall Street muestra el destino final de Belfort: conferencista de pláticas motivacionales. El filme culmina con una presentación de Jordan en Nueva Zelanda —presentado por el mismísimo Belfort en un cameo particularmente maligno—, donde podemos verlo hablarle a una audiencia ávida de recibir el secreto de la riqueza. El viejo lobo de Wall Street los mira, pensativo, y comienza su plática con el mismo diálogo que vimos al principio de la cinta, el argumento que comienza la estafa: “Véndeme esta pluma”. El público se ve dubitativo, tembloroso; Belfort los mira una vez más y el encuadre se convierte en un espejo:

Ese público torpe y fascinado a manos iguales somos nosotros en la sala de cine —no en vano una luz parece iluminar la parte trasera de la cabeza de los asistentes, como un proyector cinematográfico—: ávidos de ser engañados, hemos pasado tres horas contemplando un festival orgiástico comandado por un director de orquesta del fraude. El filme está completo: Jordan Belfort es un adicto; para él es imposible dejar de estafar, y siempre habrá allí un grupo de ingenuos dispuestos a creer sus palabras. ~