What We Do In The Shadows | Letras Libres
artículo no publicado

What We Do In The Shadows

What We Do In The Shadows es un mockumentary hilarante sobre la vida cotidiana de cuatro vampiros en Nueva Zelanda. 

What We Do in the Shadows narra la incursión en la casa de cuatro vampiros: Viago, Vladislav, Deacon y Petyr —este último sospechosamente parecido al Conde Orlok de Nosferatu y a Barlow de Salem's Lot*. Los cuatro comparten piso en Wellington, capital de Nueva Zelanda y una de sus ciudades más pobladas. La película sigue a los cuatro roommates durante varios meses, revelando así los pormenores de su cotidianeidad, que incluyen peleas domésticas —hasta los vampiros se niegan a lavar los platos—, problemas con su forma de comer —o de las peripecias de conseguir presas humanas— y el extraño retorno de exnovias del infierno.

Aunque poco vista y comentada en comparación a otras películas (Metacritic alberga 28 reseñas de críticos de What We Do in the Shadows y 49 de Birdman), What We Do in the Shadows le imprime nueva vida al género vampírico. Buena parte del cine de 2014, se apuntó acá, estuvo marcado por la hibridación y la autoconciencia genérica, y en esta película ese rasgo es evidente: en la mezcla de tópicos, solo lejanos en apariencia, What We Do in the Shadows encuentra la innovación.

En primer lugar tenemos su envoltorio: ficción disfrazada de realidad. What We Do in the Shadows aparece como un documental —presentado por The New Zealand Documentary Board— que, como muchos otros, se introduce en el diario trajinar de unos sujetos determinados: en este caso, una cofradía de vampiros. Hemos visto esta narrativa con anterioridad, y es quizá tan antigua como el género mismo: Nanook of the North, considerado como el primer filme documental, cuenta la vida cotidiana de una familia de inuits. (Cabe subrayar que desde entonces las fronteras entre documental y ficción eran borrosas: tanto Nanook como Las Hurdes: tierra sin pan, de Luis Buñuel, por mencionar un par de incipientes documentales, prepararon escenas y falsearon situaciones, además de exagerar y modificar los hechos a fin de darles estructura dramática.)

El disfraz de What We Do in the Shadows aparece con toda seriedad: “Cada determinado número de años, una sociedad secreta se reúne para un evento especial: La mascarada profana”, nos dice un letrero al inicio de la película, y continúa explicando que veremos el trabajo de un equipo de documentalistas (todos protegidos por un crucifijo y con la integridad garantizada) con acceso a un pequeño grupo de esta sociedad. Lo que sigue es el chiste que destruye la seriedad del disfraz: Viago, el vampiro más cercano a los documentalistas, aparece despertando a las seis de la tarde, flotando para salir de su tumba mientras sonríe con la ingenuidad de un niño aprendiendo a andar en bicicleta. Su rostro lo dice todo: no hay peligro, no hay terror; hay humor y parodia. El tono cambia de documental a mockumentary.

Conforme avanza, es posible notar la forma en que What We Do in the Shadows contamina los géneros que toca. Sus vampiros son casi totalmente ortodoxos —beben sangre, no pueden ver la luz del sol, temen a los crucifijos, no tienen reflejo— pero el entorno en el que se encuentran no lo es. Para sobrevivir, el chupasangre tiene que encontrarse en un terreno que le sea favorable: aislado, oscuro, oculto; el vampiro requiere del secretismo como de la sangre humana.

El problema es que ese terreno ya no es posible en nuestros días: el vampiro es una creatura romántica de otros tiempos. What We Do in the Shadows toma a esos seres, sofisticados y pagados de sí mismos, capaces de vestir viejos ropajes medievales en plena época contemporánea, y los coloca en una ciudad moderna. Su condición anacrónica queda patente mientras caminan en la noche de la ajetreada Wellington: en el siglo XXI los vampiros son objeto de burlas. Hay cierta textura nostálgica en su descontextualización —todo lo contrario a Only Lovers Left Alive, una película persistentemente fascinada con el lado romántico del nosferatu—, en su transformación de entes elegantes a viejos ridículos.

Los vampiros de What We Do in the Shadows son materia de escarnio por su pertenencia a otros siglos y por su pretendida sofisticación: invitan a sus víctimas a elegantes sofás antiguos pero los cubren con periódico para evitar ensuciar al matarlos; intentan hipnotizar a jóvenes mujeres pero fracasan estrepitosamente y se conforman con el anciano que les abre la puerta. El de What We Do in the Shadows es un humor del absurdo—se nota la influencia de Jemaine Clement, protagonista, director y guionista de esta película y parte esencial de Flight of the Conchords—, logrado mediante la recontextualización. Un poco como la risa afectuosa que despiertan los tíos de la familia que abren su Facebook. (También los vampiros de What We Do in the Shadows abren cuentas en redes sociales: uno de los inimaginables usos que les dan es el de rastrear a antiguos esclavos.)

Una vez en el terreno de la franca burla, What We Do in the Shadows se permite agregar más ingredientes a la mezcla de géneros. Va un ejemplo. Buscando alimentarse, Petyr —el más viejo del grupo— transforma por accidente en vampiro a Nick, un joven de Wellington. Esto da pie a una vertiente que —al menos en mi memoria— es casi inédita en el cine vampírico (aunque existe una pequeña variante de este tema en Entrevista con el vampiro): los cuatro vampiros tienen que hacerse cargo del recién llegado al grupo como si fuera un niño pequeño —con todo y el hermano mayor que “todo hace bien”: el increíble Stu, amigo de Nick, un personaje memorable donde los haya. Algo hay en ese proceso de adopción, de pequeña familia expandida, que recuerda al cariño reacio de los protagonistas de Three Men and a Baby. No sobra decir que el remix es afortunado.

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Son buenos tiempos para los subgéneros cinematográficos. Desde que Seinfeld y Los Simpson irrumpieron en la cultura pop con su humor referencial y de superposición (aquel en el que una situación típica de un subgénero cinematográfico, como una investigación criminal, es superpuesta a una cotidiana, como la pérdida de un libro; los antecedentes de este humor podrían rastrearse hasta Take the Money and Run, de Woody Allen), el camino de la referencialidad, la metaficción y la autoconciencia genérica ha dado un sinnúmero de frutos dulces. La llegada del found footage y la popularización del falso documental han abierto nuevos senderos en esa ruta. Exit Through the Giftshop de Banksy o Borat de Larry Charles son algunas de las cintas que mejor han asimilado esas vertientes, y allí arriba, a un ladito de ellas, en esa selecta repisa, habrá que colocar también a What We Do in the Shadows. ~

 

* Vale la pena escarbar en esta genealogía de vampiros dientudos: Petyr, Barlow y el Conde Orlok de Nosferatu son, evidentemente, familia (o el mismo vampiro):