Un ícono parisino | Letras Libres
artículo no publicado

Un ícono parisino

 The Dreamers, Bertolucci y Louis Garrel. 

 

París es una ciudad de estampas: recordamos de ella a Godard, recordamos el Louvre y la Shakespeare and Co.; recordamos la torre Eiffel y los bistrots y los francesitos con boina y cigarro en boca. París es tan estampa, tan postal, tan irresistiblemente estereotipada, que Woody Allen no pudo eludir la tentación de plasmarla así, toda cliché y lugar común e imposiblemente bella, en el polémico arranque de Midnight in Paris:

http://youtu.be/J3ExqFAO85o

(Polémico porque lo mismo hubo quien dijo que era de una belleza indescriptible como los que opinaron que, después de filmar eso, Woody debería aplicar para Ministro de Turismo francés.)

Ser actor en esta ciudad y ser emblemático no es cosa fácil: allí están, por ejemplo, Anna Karina, la musa danesa que Godard convirtió en estampa de la ciudad; Brigitte Bardot; Gèrard Depardieu, Catherine Denueve. Godard, claro, es otro símbolo obligadísimo de la ciudad; un apunte interesante entre la vieja rivalidad entre neoyorquinos y parisinos es este blog de Vahram Muratyan que documenta desde 2010, en ingeniosas ilustraciones, lo más representativo de la rivalidad: una de las ilustraciones más conocidas, precisamente, es la que enfrenta a las gafas de Godard contra las gafas de Woody Allen, el director por default (y por mucho) de Nueva York.

El nuevo siglo, con todo, no ha sido especialmente generoso con los símbolos parisienses: cuesta trabajo ubicar un actor o cineasta esencialmente de París, alguien que encarne a la ciudad en sus trabajos; que se defina, casi, como parte de la postal cinematográfica de la ciudad. Debe ser cosa de los tiempos globales, donde estar en París es igual a estar en Nueva York o en el D.F.; pero Louis Garrel y su breve pero sustanciosa filmografía (28 años de junior criado en familia de actores le han permitido escoger ventajosamente con quién y cuándo trabajar) parece querer destacar en la búsqueda del nuevo icono de la ciudad.

A Garrel lo conocemos desde hace años: nadie se acuerda de su participación en Les Baisers de Secours, a los seis años; comenzó a sumar minutos en pantalla con una breve y enternecedora aparición.

Ya en la memorable The Dreamers, de Bernardo Bertolucci (una revisión y homenaje al cine de la Nueva Ola francesa), Garrel interpretó al hermano del personaje de la bellísima Eva Green. Ella tiene un momento casi mágico: Bertolucci está filmando un encuentro entre su personaje y el de Michael Pitt. La cámara recorre cuidadosamente la habitación, se detiene en un par de detalles; Pitt está sentado en la cama, esperándola. Ella aparece en el marco de la puerta, etérea,  con el pecho descubierto y el resto del cuerpo apenas con una toalla encima; unos guantes negros le cubren casi todo el brazo; el efecto buscado es el de darle a Green la apariencia de la Venus de Milo.

(Green también es la responsable de los homenajes más enternecedores de The Dreamers; favorito personal es aquel al inicio del filme cuando Isabelle, el personaje de Green, enuncia una de las frases que permanecen en la memoria:

Vine al mundo en los Campos Elíseos, en 1959. La acera de Campos Elíseos. Y ¿sabes cuáles fueron mis primeras palabras? New York Herald Tribune! New York Herald Tribune!”

El audio de la escena se convierte en el original de À bout de souffle, de Jean-Luc Godard, emblemático filme de la Nueva Ola francesa. Un homenaje sentido y bellísimo; Bertolucci inserta una breve fracción del pietaje de la cinta original:

http://youtu.be/LOEztp5v6QQ)

La condición de hijo de Phillippe Garrel y nieto de Maurice Garrel (director y actor, respectivamente) le ha permitido a Louis elegir con libertad los proyectos en los que se verá involucrado. Después de The Dreamers, que es el papel que lo hace mundialmente famoso (varios quedaron prendados del joven con apariencia de modelo decadente, típicamente francés), Garrel sigue casi al pie de la letra el manual del parisiense que subió aquí hace unos días. (El punto cinco, inclusive, parece estar expresamente escrito para el personaje del pintor que Louis encarna en la última cinta en la que ha participado, Aquel Verano, de su padre; un filme que no salva ni la participación de Monica Bellucci, otra venus involuntaria.) Louis volverá a visitar el París del ’68 que tan light pintó Bertolucci (la permanencia de Los Soñadores en la memoria no se debe, ni de lejos, a su minuciosidad histórica) en Los Amantes Regulares, también de Phillippe Garrel. Aquí están, de plano, todas las características que convierten y consolidan a Garrel como el parisino por excelencia: ya en The Dreamers estaban los largos paseos

por la ciudad y el afán de rebelión; la diferencia entre la cinta de Bertolucci y la de Garrel radica en el romanticismo con el que el primero mira a la resistencia del ’68 y la dureza del segundo. No hay mayor testimonio de esto que la misma elección técnica de cada cinta: mientras que Los Soñadores está filmada bajo una lente nostálgica, casi onírica, Los Amantes Regulares es de un blanco y negro durísimo, un granulado marcadísimo; la primera mantiene la belleza del mito de la resistencia, la segunda lo destruye en una obra inmensa de dos horas y media de duración. El final idealizado del filme de Bertolucci contrasta con las cartas que recibe el personaje de Garrel (nunca la desolación ha lucido tan bien).

Hay otro Garrel, el de Christophe Honoré: este Louis canta al mismo tiempo que participa en intensos mènages a trois. En Las Canciones de Amor lleva a cabo varios números nocturnos por las calles de París en compañía de Ludivine Sagnier (quien también lo acompaña en Los Bienamados) y Clotilde Hesme; estamos ante uno de los números musicales más simpáticos filmados en la capital frandesa (y Honoré es, también, un interesante director cuyo trabajo debe ser tomado en cuenta por cualquier francófilo):

http://youtu.be/4T3lBL_N_Ao

Este puede ser el Louis Garrel más interesante – y es uno que, acompañado de Ludivine Sagnier, encarna bastante bien el espíritu romántico de la ciudad – que podemos ver al día de hoy: pícaro, inteligente, de buen humor, con una gran chica a un lado y vagando por las calles de París. A Garrel le falta una obra maestra que lo termine de unir a la ciudad          que lo vio nacer hace veintiocho años; podría ser Christophe Honoré o Phillippe Garrel, su padre, de quienes ha sido colaborador habitual, quien se la diera. Eso, o estar condenado a caminar por la ciudad, con el cuello de la gabardina alzado y el cabello cuidadosamente despeinado. No suena mal del todo, de cualquier manera.