También los premiados comenzaron pequeños (segunda parte) | Letras Libres
artículo no publicado

También los premiados comenzaron pequeños (segunda parte)

Sunshine, de Danny Boyle:

Para dar cuenta de la película inmediatamente anterior a Slumdog Millionaire (2008), estoy obligado, a pesar de lo que me gustaría, a conceder que no fue un fracaso. Sunshine (2007) no fue un éxito tampoco: una película más, flotando en el limbo a donde se van las películas mediocres: las pantallas retráctiles de los autobuses foráneos. Casi es un género en sí mismo: películas para verse en los camiones, podría llamarse de no ser porque parece demasiado un título atribuible a algún autor del boom latinoamericano. Sunshine, orgullosamente, puede saberse incluida en la categoría [1].

La trama imaginada por Alex Garland es un engrudo de energía atómica, urgencias apocalípticas y vestuarios innecesariamente complicados. El relato –el trayecto de una nave para administrar respiración artificial al sol que se extingue– es uno de esfuerzo colectivo: la tripulación tiene que sortear incontables dificultades para salvarnos del invierno perpetuo. Pero a las dificultades que los personajes esquivan –o no–, hay que sumar las dificultades que el espectador, ese apéndice, debe soportar: el desastre inicial, un error de cálculo del navegante, es tan insulso que resulta ofensivo montar una producción de 30 millones de dólares sobre algo tan endeble, tan imbécil; el maloso filmado con “riesgo”, aparecido de la nada, literalmente de la nada, es desestabilizador y desesperante en extremo (cada que aparece, la cámara parece hacer el equivalente a un furioso rayón sobre la pantalla); y así, una y otra vez, una y otra vez, hasta que ya no es lo inverosímil –que, es cierto, en sí mismo no tendría por qué ser problema–, ni lo rebuscado –idem–, sino la suma de esos dos hallazgos –lo rebuscado y lo inverosímil- lo que le da a los 107 minutos la tesitura de lo soporífero. Hay una ostensible virtud en Sunshine: logra, a través de esa trama enredada y mal sostenida por los hilos más delgados, transmitir lo que pocas películas de ciencia ficción han logrado transmitir a la perfección: un total y abrasador aburrimiento cósmico.

De pronto, aunque eso creo que sólo le pasará a los espectadores poco avezados que, como yo, dormiten un poco en el asiento individual del autobús foráneo mientras intentan entender por qué una de las científicas, la encargada del jardín botánico –sorprendentemente pequeño para lo que hace: es una de las fuentes de oxígeno de los tripulantes–, se llama “Corazón”, Sunshine parece algo más: una colección de retazos, los outtakes de un remake, Solaris (1972 y 2002), 2001: Odisea del espacio (1968), incluso Alien (1979) con un poquito más de luz, todas ahí, mal acomodadas, mal digeridas. Pero sólo sucede por un momento. El aburrimiento cósmico siempre será más poderoso. Por fortuna para una película como esta, que logra penetrar en la esencia de lo soporífero-interplanetario, está siendo exhibida en el más consecuente de los lugares: las pantallas retráctiles de los autobuses foráneos.

- PD

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[1]Otras películas que en este año han logrado ser distinguidas como integrantes de la misma categoría: El Planeta del tesoro (2002); La niebla (2005) y una de una chavita futbolista que parece pero no es Bend it like Beckham, mejor conocida en México como Jugando con el destino (2002)