¿Son pretenciosos todos los argentinos? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Son pretenciosos todos los argentinos?

 

Yo crecí convencido de que el cine más culto posible en castellano era el de Leopoldo Torre Nilsson, un director argentino a quien, no sólo por estar casado con la escritora Beatriz Guido, parecían gustarle mucho los libros: a veces, más que el cine. Torre Nilsson adaptó a la pantalla relatos y novelas de Borges, de Bioy Casares, de Arlt, de Manuel Puig, y hasta dos clásicos tan distintos como el Martín Fierro de Hernández y Nada de Carmen Laforet. Pero las películas suyas con las que yo crecí en los cineclubs o festivales españoles de los primeros años sesenta, coescritas por Guido y basadas a menudo en sus propias y muy sugestivas obras narrativas, pecaban de solemnes, de discursivas, de morosas. Así que él fue, cuando yo aprendí al fin lo que era realmente el cine, una de mis bestias negras, y también otros espectadores de aquellas épocas lo tenían como prototipo de la pretenciosidad. Para los enemigos de los argentinos, que nunca faltan, pretensión y argentinidad son sinónimos: en la psiquiatría, en la clase política, en la vida real y desde luego en la cinematografía (antes Torre Nilsson y Manuel Antín, después Lautaro Murúa y Eliseo Subiela, hoy Adolfo Aristarain y Lucrecia Martel). Pero yo no estoy de acuerdo con ese desprecio global. Me basta recordar que la literatura argentina está llena de genios del low key y la complejidad no complicada, como Borges, como Girondo, como Horacio Quiroga, Bioy, Arlt, Cortázar, Bianco, y no cito a los vivos.

Gracias al éxito de varios títulos de Campanella, Marcelo Piñeyro, Aristarain y algún otro cineasta asentado, se ve ahora en España bastante cine argentino, y con frecuencia el descubrimiento de los nuevos deslumbra. Así pasó con el desdichadamente malogrado Fabián Bielinsky (autor sólo de las extraordinarias Nueve reinas y El aura), con Lucía Puenzo, que la temporada pasada estrenó su tan interesante xxy, y ahora con La antena, segundo y modesto largometraje del aquí antes inédito Esteban Sapir. Su potencial pretencioso, sin embargo, era grande, y parecerían confirmarlo estas declaraciones de Sapir:

El propósito último de la película es mostrar cómo los mismos medios de comunicación reciclan los pensamientos y las opiniones de la gente y los devuelven transformados en opinión pública. Los deseos de las personas no sólo se manipulan con la televisión, sino a través de todos los medios audiovisuales.

Very Argentinian?

Por fortuna, La antena es un pequeño cuento maravilloso, ingenuo y sentimental al modo romántico centroeuropeo, y una exquisita labor de artesanía fílmica con actores y “cartón recortado”, que tardó once semanas en rodarse y un año y medio de laboriosa posproducción, eludiendo la alta tecnología digital y volviendo al truquismo de Meliès, el collage surrealista, los cómics históricos y con algún guiño a Tim Burton. Es una película prácticamente muda, pero sus pocas palabras son todas grandiosas. La grandeur argentine? No exactamente. Sapir relata cosas sabidas y hasta trilladas, pero su básico mensaje humanitario tiene en todo momento la autenticidad de lo primario. La antena es silente y primitiva, y con sus citas o remedos del cine mudo recrea la palmaria infancia del séptimo arte.

La película se me hizo larga, quizá porque en el fondo Sapir sucumbe un poco a la tentación de lo que sus enemigos llaman el narcisismo rioplatense. En estos casos, yo me acuerdo de Felisberto Hernández, nacido al otro lado del río, y tan económico en sus fantasías. Pero con sus excesos y sus ingenuidades, su hermosa música (firmada por Leo Sujatovich) y sus buenos actores (entre los que destaca Alejandro Urdampilleta, gran figura teatral argentina), La antena confirma dos premisas: la gran variedad formal de un cine que hoy está, a mi juicio, en la primera fila de todos los que se ruedan en castellano, y la curiosa tendencia general a un neo-expresionismo “escenificado”. La antena, con su teatralidad a las claras y sus decoraciones pintadas crudamente, es una especie de Dogville del pobre, a mi juicio más encantadora y menos sentenciosamente pedante que la celebrada película de Lars Von Trier. ¿Por qué no hablar entonces de la pretenciosidad en Dinamarca? ~