Segunda crónica del FICM | Letras Libres
artículo no publicado

Segunda crónica del FICM

Assayas, Pálfi y Reygadas en Morelia.

Tres de los invitados de este año al Festival Internacional de Cine de Morelia merecieron particular atención: el francés Olivier Assayas, el húngaro György Pálfi y el mexicano Carlos Reygadas. Los tres presentaron sus más recientes largometrajes, y su paso por Morelia ha dado mucho de qué hablar, por diferentes razones.

Après mai (2012) inicia en 1971 y hace un seguimiento de los jóvenes que, como el título sugiere, pertenecen a la generación que creció después de mayo de 1968. Convencido de que la revolución es posible, el joven preparatoriano Gilles (Clément Métayer) se une a grupos que realizan actividades hasta cierto punto clandestinas: de la repartición de panfletos a la venta de periódicos subversivos y la participación en marchas contra la represión policial. Una mala noche, cuando él y sus compañeros tratan de evadir a los guardias de su escuela –donde acaban de hacer pintas en los muros– hieren gravemente a uno de los vigilantes, quien queda en coma. Para evitar ser detenidos, Gilles y sus amigos deciden salir del país. En Italia descubren que los grupos subversivos no son particularmente coherentes, y mientras algunos se involucran con ellos, Gilles comienza a distanciarse. Assayas transita por los terrenos del cine autobiográfico y expone una época de efervescencia, tanto en la intimidad como en los asuntos públicos. Pero mientras la primera se caracteriza por la libertad, apenas se habla de sentimientos y se manifiesta cierta indolencia, en los segundos hay una voluntad de compromiso y se discute constantemente sobre lo que es pertinente hacer. Como en Carlos (2010), el francés captura con eficacia la violencia de la represión policial y registra el frenesí con agilidad, con una cámara que nos conduce de un asunto a otro sin hacer mayor hincapié en las expresiones de los personajes (que no son profesionales y tienen un desempeño sobrio). Explora además la distancia que se vivía entre los hippies –que experimentaban con drogas y se aislaban– y los que se sumaban a la lucha política; la oposición entre las formas individuales y heredadas –como el lenguaje cinematográfico– y los cambios que supondría la práctica artística revolucionaria. En el camino propone lecturas y músicas, pues de alguna manera es una cinta de iniciación intelectual y emocional. El resultado es ameno y entretenido e ilumina los impulsos juveniles, que han cambiado de forma notable desde entonces, como afirmó Assayas en Morelia: mientras los jóvenes de su generación creían posible cambiar el mundo, “los de hoy tienen una actitud más bien reformista”. 

Como parte del programa especial dedicado al nuevo cine húngaro se presentó Final Cut - Hölgyeim és uraim (2012) o, en español, Corte final: damas y caballeros. En la producción se involucró Béla Tarr y es una película para la que no se filmó un sólo plano: se trata de un ejercicio de montaje que toma fragmentos de casi 500 películas de diversas épocas y realizadores (de Avatar a Casablanca; de Leos Carax a Andrei Tarkovski) y mediante la yuxtaposición va armando una historia de amor que inicia con el clásico “boy meets girl”. Pálfi visita una serie de lugares comunes abordados por el cine, y exhibe además la coincidencia (o la repetición) que a lo largo de su historia ha venido alimentando, lo mismo en argumentos que en encuadres. Por momentos, además, se hace presente un ánimo humorístico al unir películas de estilos y épocas distantes. La propuesta tiene su encanto, y para el espectador es de alguna manera un gozoso ejercicio de cinefilia, entre otras cosas por el reconocimiento de los fragmentos utilizados y de las etapas que viven los que se enamoran, en pantalla y fuera de la sala.

Una de las películas que generaban mayor expectación era Post tenebras lux (2012) de Carlos Reygadas. Luego del abucheo en Cannes y el premio a mejor director que por allá recibió, había justificadas razones para esperar una propuesta osada y demandante. Y la cinta no decepciona. El realizador mexicano reúne una serie de viñetas que tienen como hilo conductor los conflictos que vive una pareja que habita una casa modernista en un paraje boscoso. Alterna la convivencia con la gente del lugar y hace saltos al futuro, en los que la pareja asiste a una reunión familiar, hace un viaje al mar o visita una sauna donde se llevan a cabo prácticas sexuales colectivas. Intercala un par de veces, además, planos intrigantes de un luminoso diablo que ingresa a una casa con una caja de herramientas, ante el azoro de un niño que ve cómo se dirige a la habitación de sus padres. Si bien algunos críticos comentaron en el festival francés que la película no dice nada y que es confusa, ésta no es un galimatías (aunque sí una obra para armar a partir de una serie de piezas) y mucho menos es vacía; Reygadas comentó en Morelia que una película suya “no es un acertijo” y que él no busca deliberadamente “tratar de hacerse el raro, el especial”.

Post tenebras lux reúne algunas características que habíamos visto en sus anteriores largometrajes y en el cortometraje que aportó a Revolución (2010). Como en Japón (2002), la naturaleza es objeto del maltrato humano pero también un ámbito donde la violencia tiene un espacio propicio y se detona la animalidad humana; como en el corto mencionado, en una reunión familiar se puede observar la estupidez, la pedantería y la superficialidad de la sociedad, en particular de la burguesía. Pero si Luz silenciosa (2007) inicia con un lento amanecer y establece un ánimo contemplativo, ahora inicia con un ocaso impresionante: mientras las tinieblas cubren el cielo se acerca una ruidosa tormenta. Reygadas apuesta por un formato 4:3 y por momentos emplea un filtro que difumina y duplica los extremos del cuadro y que, en algunos pasajes, ocupa casi la totalidad de él. El dispositivo hace sensible atmósferas opresivas, hace patente la fuerza de la naturaleza y genera cierta claustrofobia.

Reygadas confiesa que la motivación que tiene para hacer una película es compartir su forma de sentir: “es como si fuera a abrir una ventana en mi mente o en mi alma, en mi interior, y pudieras ver dentro de mí esto”. Por ello juega con la perspectiva y hace un ensayo sobre la percepción de la realidad. Ésta no es un continuo presente, sino un ámbito en el que conviven tiempos diferentes. Hace apuntes atendibles sobre el paraíso perdido de la infancia (en la que, como dice el personaje principal, “sólo tenía que existir”), el descubrimiento temprano del mal; la convivencia en familia, la interacción con los hijos (y entre niños) y el distanciamiento progresivo y definitivo de los que viven en pareja, entre otras cosas. El resultado es fascinante, y lo mismo hay material para la reflexión que para la angustia.