Se nos están acabando las diosas | Letras Libres
artículo no publicado

Se nos están acabando las diosas

En recuerdo de Lauren Bacall.

La imagen primera de Lauren Bacall, con solo diecinueve años a la hora de rodar, llevándose un cigarrillo a los labios en To Have and Have Not (del gran Howard Hawks), mientras echa una mirada despectiva a Humphrey Bogart, es uno de esos momentos indelebles de la historia del cine, quizá comparable con la belleza fría y distante — mas no por ello desprovista de una sensualidad inherente — de una mujer en un retrato de John Singer Sargent. Así es como se hace una aparición en la pantalla: con aplomo, con ese aire inalcanzable de monstruo sagrado que hoy en día ya nadie alcanza a la primera.

Naturalmente, esa mirada de soslayo es la encarnación de lo que sería mundialmente conocido como “the look”, una mezcla de gesto de chiquilla altanera y mohín desdeñoso que para millones (empezando por el propio Bogey) era una irresistible incitación a pecar. El origen de esto se debe al instinto de la formidable Diana Vreeland, la más legendaria editora de modas que jamás existió —a su lado, la temible Anna Wintour es Julie Andrews en La novicia rebelde—, que la descubrió siendo aún Betty Joan Perske, muchacha oriunda del Bronx cuya obstinada madre (pareciera que detrás de toda belleza legendaria hay una progenitora ambiciosa, si no lo creen, habría que preguntarle a Elizabeth Tavlor) llevó personalmente unas fotografías de estudio que le había mandado hacer al cumplir los 17 años, en 1941. Mrs. Vreeland la llevó en sesiones fotográficas a manos de grandes de la lente como Irving Penn y el entonces muy joven Richard Avedon. Así fue como apareció en la tapa de un número de Harper's Bazaar en que Hawks la vio, mandándola llamar a Hollywood de inmediato para reinventarla como Lauren Bacall y ponerla frente a frente con Bogart en To have and have not.

Antes del rodaje, Slim Keith, que entonces era esposa de Hawks y en su tiempo considerada una de las mujeres más elegantes del mundo (no en vano era uno de los "cisnes" de Truman Capote), se ocupó de convertir a la chica en una figura de presencia abrumadora; fue ella quien le enseñó a hablar con una voz más grave, dando como resultado una de las voces más distinguidas de Hollywood. Como era de esperar, Bogart — que tenía edad para ser su padre — quedó prendado de la criatura, al punto de que por ella abandonó a su tercera mujer, la actriz Mayo Methot (con la que sostuvo una serie de disputas escandalosas, incluso a punta de pistola, siendo ambos tremendos alcohólicos) y en 1945, se casó con ella. Además de otras cintas que realizó junto a Bogart —la inenarrable The big sleep, basada en una novela de Raymond Chandler, Dark Passage Key Largo—, Bacall se hizo una carrera propia. Quizá su trabajo más destacado de esa época sea la comedia  realizada en Cinemascope How to marry a Millionaire (1953, de Jean Negulesco) en la que apareció al lado de Betty Grable y Marilyn Monroe; su rol como la cazafortunas Schatze Page, obsesionada con  pescar marido rico, le valió tanta popularidad, que hasta en las Looney Tunes el Pato Lucas se disfrazó de ella para hacer una fonomímica de The Latin Quarter (en Daffy’s Inn Trouble, dirigida por Robert McKimson).

Tras la repentina muerte de Bogart, al que acompañó fielmente mientras rodaba para John Huston The African Queen en locación, al lado de Katharine Hepburn, aguantándolo todo, hasta el insoportable calor del continente negro, quedó viuda muy joven (solo tenía 33 años) con dos hijos pequeños, aunquelejos de que esto señalara el fin de su carrera, aprendió a volar sola. Estelarizó un espectacular y lacrimógeno melodrama  en technicolor de Douglas Sirk, Written on the wind, al lado de Rock Hudson, Robert Stack y Dorothy Malone, amén de sostener un affair con Frank Sinatra —que la dejó porque no quería casarse con ella— y luego contrajo matrimonio con Jason Robards, con quien duró casada más de una década, misma que pasaron peleando y reconciliándose. Con él tuvo otro hijo y acabó por abandonarlo por ser un alcohólico irredento.

Antes de verse obligada, como muchas otras actrices de su generación, como Joan Fontaine, Deborah Kerr o Julie Harris, a tomar roles secundarios como la esposa o madre de alguien, prefirió semiretirarse del cine al cumplir los cuarenta y buscar refugio en Broadway, donde gracias a su carisma radiante, se consagró con piezas como Cactus Flower —al lado de Walter Matthau, cuya versión cinematográfica de 1968 muestra a Ingrid Bergman en minifalda y bailando à go-gó— y el multipremiado musical Applause, versión de All about Eve, en el que dio vida a Margo Channing,  ganando un Tony y recibiendo el aplauso de Bette Davis herself.

Fue así como alcanzó el respeto de una industria que ya no la veía solo como un atractivo visual. En 1974, consciente de que era la pieza que necesitaba para su monumental adaptación a Murder in the Orient Express, de Agatha Christie, el versátil Sidney Lumet la persuadió de volver ante la cámara, en un reparto de lujo que incluía a figuras de la talla de Ingrid Bergman, Albert Finney, Sean Connery, Vanessa Redgrave, el malvado por excelencia Richard Widmark y un proverbial quién-es-quién de la pantalla de aquellos años. Socarrona y deliciosa, Bacall encabeza una diabólica conspiración de venganza y lo hace con estilo y un vestuario fabuloso. Fue hasta que pasaba de los cincuenta, en 1981, que volvió ante las cámaras, en The Fan, en la que encarnaba a una rutilante estrella teatral —justo en la época en que obtuvo su tercer Tony, por otro musical, Woman of the Year— que es acosada por un fanático muy buen mozo y bastante sociópata (Michael Biehn, antes de Terminator). La película era un thriller rutinario, aunque la presencia de Betty le dio algo de categoría, si bien el que se estrenara unas semanas después del asesinato de John Lennon a las puertas del célebre edificio Dakota, donde ambos eran vecinos —dicen las malas lenguas que a ella ni el ex Beatle ni Yoko le caían bien— no ayudó a que tuviera éxito.

Rehusándose a convertirse en una old biddy, Bacall se aventuró en la vejez a explorar otro tipo de roles, con la misma valentía (“irresponsabilidad e insolencia”, solía decir) con que llegó al cine por primera vez. Pronto adquirió un aura de mostre sacré y actriz de culto para algunos directores como Robert Altman (que en 1994 la llevó en su vitriólica Prèt-á-porter haciendo una especie de mezcla de Mrs. Vreeland y Slim Keith, con gracia infinita), la mismísima Barbra Streisand la quiso en The mirror has two faces —es lo único notable en una película más bien floja, como una madre voraz excesivamente consciente de su aspecto y de la fealdad de su primogénita—, llevándose la película y hasta su única nominación al Oscar. La Academia le daría uno honorario a manera de gracias por todo en 2009. En 2003, Lars von Trier la incorporó al elenco de Dogville como la miserable y cruel Mamá Ginger, matriarca de ese pueblo infernal perdido en las montañas y Jonathan Glazer le dio un gran papel como la astuta y generosa madre de Nicole Kidman en la injustamente infravalorada (y hermosamente realizada) Birth, cuando ya había llegado a los 80. Su última participación notable es en The Walker (2008) de Paul Schrader, en la que encarna a una anciana socialite de Washington DC que ayuda a Woody Harrelson a resolver un crimen, sin perder el rastro de aquella mirada al sesgo que la hiciera famosa sesenta años antes.

Sin tomarse nunca muy en serio aquello de ser una celebridad, Betty Bacall no tuvo nunca pelos en la lengua y decía exactamente lo que pensaba sin pudor alguno. Así aireó toda su ropa sucia en dos autobiografías —By myself (1978) y Now (1994)— en las que dejó bien claro que no se arrepentía de nada de lo que hiciera y que su pecho no era bodega. Demócrata liberal de pura cepa, acérrima enemiga de Joe McCarthy y deslenguada como solo ella sabía serlo, se mantuvo hasta su deceso el 12 de agosto, a consecuencia de una embolia, como una de las muy escasas leyendas que le quedan a Hollywood; ahora ya solo quedan Olivia de Havilland y Maureen O’Hara, y cuando estas mueran se nos habrán acabado las diosas y la edad de oro del cinema estará oficialmente extinta.