Roger Ebert: al centro de la película de su vida | Letras Libres
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Roger Ebert: al centro de la película de su vida

Nadie puede arrebatarle a Roger Ebert el título del crítico de cine más popular de Estados Unidos. Tras su muerte en abril de 2013, periódicos, revistas y programas en varios países le dedicaron el tipo de tributo asociado a quienes protagonizan y dirigen películas, no a los que escriben sobre ellas. Sin embargo, hubo un tiempo en que Ebert era considerado un crítico ubicuo y sin relevancia. Para la comunidad cinéfila “seria”, Ebert y su colega Gene Siskel eran culpables de reducir el análisis del cine a una cuestión de “pulgares arriba” o “pulgares abajo”: el gesto con el que los críticos remataban sus comentarios sobre películas en sus populares programas de televisión.

El ensayo que mejor documenta la cruzada contra la crítica “rápida” fue escrito por Richard Corliss, crítico de la revista Time. Se titulaba “All thumbs: Or, is there a future for film criticism?” y apareció en la edición de marzo/abril de 1990 de la revista Film Comment. En él, Corliss hacía un recuento reverencial de la crítica de cine “de tipo elevado” y afirmaba que sus exponentes –James Agee, Manny Farber, Andrew Sarris, Pauline Kael– eran una especie en extinción. Serían reemplazados, decía, por “un servicio al consumidor que es todo pulgares y cero cerebro”. Corliss argumentaba que la pantalla podía ser una herramienta útil en el estudio del cine dirigido a un público amplio. Así lo demostraban, agregaba, los magníficos análisis cuadro por cuadro que conducía Roger Ebert en algunos festivales. “Sí, ese Roger Ebert”, remataba, confiando en que los lectores compartirían su desencanto al comprender que se refería a uno de los conductores de Siskel Ebert the movies, donde los críticos “jugaban a ser emperadores romanos”.

Ebert respondió en el número siguiente de la revista con el ensayo “All stars: Or, is there a cure for criticism of film criticism?”, una invitación serena a reflexionar sobre las necesidades de los nuevos espectadores de cine. “Llegó la era de la reseña de cine instantánea y empaquetada –arrancaba, desarmando a Corliss–, y muchos asistentes al cine no tienen tiempo de leer a los críticos serios y buenos –los Kaels y los Kauffmanns–.” Lo que Corliss no comprendía, agregaba, era que la nueva tendencia de productores y editores de ofrecer en sus medios “veredictos” de los estrenos, era preferible a la nula difusión que tenía la crítica de cine en los años sesenta. Ebert instaba a Corliss a recordar que, fuera de la academia y de un par de revistas especializadas, nadie publicaba comentarios sobre películas. (De la televisión, ni hablar.) Era cierto que la calidad del cine se había ido a pique, pero el interés por comentarlo se había multiplicado de forma exponencial. Y eso, decía, era un motivo para celebrar.

Corliss y Ebert recrearon una escena recurrente en la historia de la cultura. Toda innovación técnica que promete acercar las ideas a mayor cantidad de gente es percibida como un peligro para la integridad de esas ideas. El trasfondo suele ser el miedo de grupos cerrados de perder la custodia de las obras, los libros, los debates. Cada época tiene visionarios que confrontan y se convierten en verdaderos protectores de una tradición. Ebert previó la revolución mediática de fines del siglo y supo que la crítica solo sobreviviría si dejaba de aferrarse a la tinta y el papel. Las razones por las que Ebert insistía en que los críticos debían aliarse con los medios de masas explican que unos años después aprovechara como ningún otro crítico las posibilidades que le ofrecía internet.

La revaloración de Roger Ebert comenzó apenas en la última década. Podría atribuirse a su presencia en las plataformas virtuales, pero la sola expansión de su base de lectores no era suficiente para que se le percibiera de forma distinta. Tampoco su muerte habría bastado para que algunos lo elevaran de rango. Fue otro incidente el que aceleró su vindicación: un cáncer de tiroides que lo orilló a llevar al límite su capacidad para ejercer la crítica. En marzo de 2010, la revista Esquire llevó en su portada una fotografía impactante del crítico. Ebert miraba a la cámara con expresión aguerrida, mostrando al mundo una cara desfigurada por la ausencia de la mandíbula derecha. Se sabía que en 2006 el cáncer se había extendido al tejido adyacente al hueso, y que complicaciones en la cirugía lo habían dejado para siempre sin hablar ni alimentarse normalmente. La foto, sin embargo, no era un llamado a la lástima. Era más bien la ratificación de un compromiso adquirido cincuenta años antes con sus lectores: nunca interrumpir el diálogo.

No quiero decir que la decisión de Ebert de no claudicar fue lo que revistió su trabajo de una nueva importancia. Sería condescendiente, y una falacia no muy distinta a equiparar popularidad con prestigio. Sin embargo, las condiciones en las que Ebert continuó su trabajo lo revelaron como el crítico más moderno de todos. La relación de tiempo completo con su laptop lo llevó a desarrollar una de las más completas páginas de internet dedicadas al cine, RogerEbert.com. El año de su muerte, su cuenta de Twitter tenía ochocientos mil seguidores. El Chicago Sun-Times, donde publicó siempre, tiene solo 162 mil.

Uno de los frutos de la devoción con la que Ebert se entregó a su blog fue el libro de memorias La vida misma. Una vez que perdió el habla, el crítico comenzó a escribir entradas cada vez más personales y autobiográficas que culminaron en la publicación del libro, en 2011. Al año siguiente, el director Steve James comenzó la filmación de un documental basado en las memorias. La película se estrenó en festivales desde fines de 2014 y ha ganado una veintena de premios, la mayoría otorgados por asociaciones de críticos.

Titulada también La vida misma, la película es un híbrido de autobiografía y homenaje. Más notable es la crónica del último año en la vida de Ebert y contiene el único capítulo que el crítico no habría podido escribir: su despedida del mundo y las reacciones a su muerte. Ebert la habría aprobado: es un relato en tres actos, modelo clásico de cine documental. Aun en las escenas que lo muestran más vulnerable y débil, el crítico asume el papel de director. (“Nací al centro de la película de mi vida”, escribió en la primera línea de sus memorias.) En su cuarto de hospital, le indica a James filmar esto y aquello. Por ejemplo, el procedimiento de succión de flemas, que quizá sea indoloro pero no es un espectáculo apacible. En off, James dice al espectador que Ebert se alegraba de que hubieran captado la escena.

Momentos como este se intercalan con el relato biográfico, que a su vez se corresponde con capítulos del libro. Incluye fragmentos leídos por el propio Ebert (con ayuda de “Alex”, la voz de su computadora), enriquecidos con todo tipo de material gráfico, clips de televisión y entrevistas con aquellos que se relacionaron con el crítico a lo largo de su vida. Unos aportan recuerdos –sus colegas de juventud, productores de sus programas, su familia extendida– y otros, directores y críticos, reflexionan sobre su influencia. La vida misma deja ver que Ebert fue atípico desde sus inicios. Alentado por sus padres editó un periódico escolar que él mismo redactaba, imprimía y repartía. Se unió al Chicago Sun-Times con apenas dieciséis años, y fue asignado crítico de cine a falta de alguien mejor. Su formación de periodista le daría una ventaja sobre los demás críticos: un sentido de inmediatez y la capacidad de escribir notas articuladas en un tiempo mínimo. Ocho años después, Ebert sería el primer crítico de cine en recibir el premio Pulitzer. No se menciona en el documental, pero el año de su llegada al Chicago Sun-Times, Ebert conoció a Pauline Kael y le envió algunas de sus reseñas. Esta, que era todo menos zalamera, le respondió que le parecía “la mejor crítica de cine que se estaba haciendo en ese momento en los periódicos de Estados Unidos”.

El eje de La vida misma es la crónica de la etapa que lo convertiría en un crítico incómodo: su entrada a la televisión al lado de Gene Siskel, crítico rival del Chicago Tribune, con quien condujo Sneak previews y Siskel Ebert the movies. Sus programas trasgredían las reglas de la televisión: sus conductores no eran telegénicos, usaban ropa feísima y se peleaban a cuadro sin ocultar su desprecio por las opiniones del otro. Ebert sostuvo con Siskel una relación que pasó de ser áspera y competitiva a entrañable. Los mejores momentos de La vida misma son las tomas descartadas de esos programas, no solo porque muestran el contraste de sus personalidades sino porque ponen en evidencia la evolución de su vínculo.

El productor del documental es Martin Scorsese, uno de los historiadores de cine más dedicados del mundo. En La vida misma Scorsese habla del papel que Ebert jugó en su carrera: escribió una reseña positiva de una de sus primeras películas, inadvertida por el resto, y “rescató” su carrera al darle un reconocimiento cuando su adicción a la cocaína amenazaba con terminar con todo. Por su parte, Errol Morris desmiente la noción de que en Siskel Ebert solo se reseñaba cine comercial (“no tendría carrera de no ser por ellos dos”) y Werner Herzog habla de su afecto por el crítico (apuntando hacia otro de los asuntos controvertidos en la vida de Ebert: su amistad con directores).

Los críticos entrevistados en La vida misma ponen sobre la mesa temas que valdría la pena explorar en otros ensayos y documentales: el legado de Roger Ebert y las claves de su permanencia. “Su forma de escribir –comenta A. O. Scott, de The New York Times– revela gran inteligencia y conocimiento enciclopédico, pero no es condescendiente ni complaciente.” El académico Jonathan Rosenbaum reconoce que mientras la mayoría de su círculo lamenta la muerte de la crítica en manos de internet, Ebert fue el único que vio un “renacimiento”; también, celebra la participación en RogerEbert.com de periodistas itinerantes que aportan perspectivas distintas. A propósito de reivindicación, la aparición más significativa en La vida misma es la de Richard Corliss leyendo los primeros párrafos de aquel famoso ensayo de 1990. “Creo que estaba un poco enojado”, comenta al final.

Es fácil ver la ironía: aquel que fue acusado de vulgarizar el trabajo de “los Kaels y los Kauffmanns” creó un modelo de crítica basado en el debate, y al hacerlo trasplantó al siglo XXI la pasión por las ideas de los Kaels y los Kauffmanns. Sobre todo de Pauline Kael, una figura que se hace pre- sente en varios momentos de La vida misma: en el librero de Ebert, en un fragmento de entrevista donde ella habla de “un nuevo tipo de crítica” (el que ella introdujo) y cuando Ebert le reconoce su influencia en toda una generación de críticos. Eso mismo podría decirse ahora de él. “La cultura de cine apasionada que se da en internet –dice A. O. Scott en otro momento del documental–, donde la gente discute hasta el punto de alterarse, germinó en Siskel Ebert: es la visión de la crítica de Roger.” ~