Robbe-Grillet: diablura y falacia | Letras Libres
artículo no publicado

Robbe-Grillet: diablura y falacia

Para celebrar sus ochenta años, el asombrosamente juvenil y siempre irreducible Alain Robbe-Grillet ha publicado dos libros en Francia, una novela muy sugestiva situada en el Berlín de la segunda posguerra mundial, La reprise, y un grueso volumen de ensayos, entrevistas y conferencias, Le Voyageur, donde se recopilan diversos escritos sobre cine, actividad, no se olvide, que el novelista ha mantenido en paralelo —como director y guionista de nueve películas— a lo largo de toda su carrera, al margen, naturalmente, de haber sido el guionista de la legendaria El año pasado en Marienbad (1961) de Alain Resnais.
Partiendo de dos películas realizadas por Robbe-Grillet en 1968, L'homme qui ment y Trans-Europ-Express (en ésta también interviene como actor), que para mí son sus obras maestras cinematográficas, y poniéndolas en el contexto de su característica estrategia narrativa de escamoteo y desdoblamiento de identidades, suplantación de roles, préstamos (o pastiches) genéricos del thriller, la novela de espionaje y la más cruda iconografía erótica del "voyeurismo" masculino occidental, he querido contar "objetivamente" una pequeña historia de hombres falaces y novelistas diabólicos.
     En la historia que voy a relatar hay tres personajes, a los que de momento llamaremos el Mentiroso, el Cuentista y el Viajero. Todo empieza en el bosque, pero a la vez en la Estación del Norte de París, ya que en mi historia hay dos vías de acceso al enigma relatado; un enigma que el Cuentista no quiere verdaderamente revelarnos. Un enigma —lo aviso ya— que al final no va a tener solución cierta.
     En la primera parte de mi historia, la que se abre con un hombre corriendo y yendo a morir en el bosque, el hombre que corre se presenta, después de una primera resurrección, muy cortésmente ante nosotros, espectadores sentados en una sala de cine no muy distinta de la que ustedes ocupan esta noche aquí en París. "Me llamo Jean Robin", dice al presentarse ante nosotros el hombre del bosque, un hombre perseguido, en peligro, asesinado más de una vez mientras se desarrolla su historia, y, sin embargo, nunca demasiado angustiado o alterado, ni siquiera cuando sus enemigos le hostigan. Ese hombre tiene una especie de alegría, de juego permanente o delirio con las palabras, y de ese modo el fugitivo del bosque pronto se convierte ante nuestros ojos en un mentiroso, ya que, minutos después de presentarse por primera vez, dice: "Me llamo Boris Varissa". Es, por tanto, un hombre con dos nombres, al que veremos todo el rato con el mismo atuendo (una chaqueta gris, una camisa blanca, una corbata negra), rodeado de bellas mujeres y de individuos solemnes con aire turbio. Nunca, ni siquiera en el momento —o repetidos momentos— de su muerte, de sus muertes diversas y contradictorias, perderá él la arrogancia alegre del farsante. Esa parte de mi historia transcurre en las imágenes de L'homme qui ment, la película del fugitivo correctamente vestido, los soldados alemanes perseguidores, el bosque y el hermoso pueblo de las mujeres solas.
     Pero vamos a dejar por un momento al hombre de la chaqueta gris y el doble nombre correr, huir, divertirse, morirse sin solución de continuidad en el bosque y el pueblo desierto, para ir a encontrarle en la estación de ferrocarril donde arranca Trans-Europ-Express. Se trata sin duda del mismo hombre, con nombre diferente y esta vez vestido de otra forma: un impermeable corto es su emblema. El mismo hombre o el mismo actuante o suplantador: en cualquier caso la conocida estrella del cine Jean-Louis Trintignant, protagonista de ambas películas. Sin embargo, en la estación no es él el primero en hablar. Antes de que él lo haga, un individuo con bigote y tenebrosas cejas espesas (como de malvado teatral o de sátiro) llega primero al andén, hace el camino que después hará el hombre del impermeable corto, entra al vagón donde unos cómplices aparentes le esperan, y decide contarnos una historia. Aunque el narrador del bigote y las densas cejas sombrías viste correctamente y su aire es respetable (hemos visto, de hecho, su foto en las solapas de las novelas que Alain Robbe-Grillet publica), se sospecha pronto que también a él le gusta la farsa, ya que el inicio de la historia que nos propone tiene —y las vemos en pantalla— unas figuras salidas del cine mudo burlesco: tipos equívocos con barbas postizas y gesto acelerado. ¿Serán también postizos el bigote y las cejas ostensibles del Narrador del tren? El hombre-Trintignant que miente en el trayecto del bosque a las viejas casas del pueblo silencioso es, o así lo parece, el dueño de su relato. Mientras que el Trintignant del impermeable corto que va desde la estación a los hoteles de paso, desde un ferrocarril a un puerto marítimo, parece un lacayo, un mercenario al servicio de algún narrador endiablado con cejas excesivas. La mentira, la gana de contar historias, les aproxima. Y también una misma necesidad de desplazarse. Ambos son (o los tres, si son tres) viajeros habladores. ¿Se tratará de un único viaje? ¿Serán el militante político fugitivo que se refugia, siempre con su chaqueta gris, en el pueblo de las mujeres solas y desnudas; el traficante de drogas que, sin quitarse su impermeable corto, lleva una maleta con doble fondo de París a Amberes; el señor respetable aunque de cejas algo diablescas que habla en el vagón, serán, digo, el mismo hombre, tres en uno, algo así como una trinidad laica de la narración engañosa? Burladores ambulantes, informantes vividores. ¿Usurpadores?
     En el primer viaje predomina un ritmo de danza, por mucho que nunca se oiga música en esa historia filmada. El Trintignant de la chaqueta gris y la camisa blanca ensaya un minueto al escondite para evitar a los soldados alemanes que le persiguen, mientras que las muchachas del pueblo —las sombras amorosas de Jean Robin— juegan a la gallina ciega con el fugitivo, que a ratos parece el maestro de todos los sueños femeninos. Pero "Jean Robin" no existe, o existe en exceso. Su fotografía sacralizada sobre una pared del pueblo cobra animación de pronto, y se diría que incluso este hombre ejemplar de la Resistencia ante el invasor germano podría sentirse a gusto en un vodevil. En todo caso, el ámbito solapado y heroico de una ocupación militar extranjera, cuando los colaboracionistas disimulan, los resistentes se ocultan, la virtud implica la muerte y la traición la recompensa, es el ideal para situar los conflictos de la identidad. Boris Varissa es Jean Robin, o al menos usurpa su nombre. Y Robin no ha sido el héroe venerado por las gentes, muerto terriblemente en deportación, sino un traidor a su pueblo. O cuando menos eso es lo que le cuenta el hombre de la chaqueta gris a una de las mujeres que le escuchan fascinadas. Quizá miente, y sea él el traidor, tratando de lavar sus culpas de delator de Jean Robin y de los restantes miembros del grupo de la Resistencia detenidos por los soldados ocupantes y a continuación fusilados.
     Danza y comedia. "Soy un comediante", dice en un momento dado el hombre de la chaqueta gris, y su muerte, que se ve varias veces en pantalla, ha de ser necesariamente falsa, salvo, quizá, una de ellas. Una muerte postiza. Al final de la historia, con todo, nos espera la mayor farsa. El actor que interpreta al personaje considerado como el "verdadero" Jean Robin se dirige a la cámara y dice que "Jean Robin" no era más que un pseudónimo de la clandestinidad, y que su nombre auténtico era Boris Varissa. Las últimas imágenes de L'homme qui ment nos muestran al actor Trintignant (del que ya, encariñados con él, nos creíamos las mentiras, el trayecto, la seducción de las mujeres y sus resurrecciones sucesivas) huyendo hacia el bosque, desprovisto no sólo de palabra sino de nombre. Es su muerte definitiva.
     Volvamos al tren de Trans-Europ-Express. Aquí el viaje es material; hay espacios que se ocupan, paisajes que cambian, viajeros inocentes que miran sin recelar ni maquinar nada. Pero, al igual que en la otra historia paralela, los portavoces no son de fiar. En el diálogo entre la bella Eva y el Trintignant del impermeable, cuando ella le pregunta su profesión él contesta: "Asesino". "¿Profesional?", insiste ella. "Amateur". Y cuando él le pregunta a ella por qué no se ofrece a los clientes en su vitrina, como las demás prostitutas, siéndolo tan claramente, niega serlo: "Soy una chica de buena familia". Las identidades son tan falsas como el espacio en el que se sitúa nuestro juego de identificación. En cuanto al Narrador de estas historias... Tal vez sea ya el momento de distinguir entre cuento y cuentista, mentira y mentiroso, farsa y farsante. Impasible, algo altivo ante la cámara, burlón siempre que puede y a la vez riguroso en la ingeniería del relato, es casi seguro que se trate de Robbe-Grillet, o de alguien que lleva su nombre y tiene hoy, pasados más de treinta años del momento en que contó por primera vez estas historias cinematográficas, un físico muy semejante (excepto en el color, ahora blanco, del pelo de su cabeza y sus espesas cejas, y en la adición de la barba, ¿natural, postiza?, que luce) al del agente provocador de 1968 que no paraba de hablar en la parisina Estación del Norte antes de que el tren se pusiera en marcha. Este hombre, en resumidas cuentas, es un montador, y olvidemos por un instante su rol de mentidor. El montaje es más poderoso que la mentira.
     El montador cinematográfico de historias juega con la verdad de un modo más despótico a como lo hace cualquier otro mentidor de ficción. Narrar, mentir, viajar, no son sino tres modos diferentes de montaje de lo real. En las dos historias, en los dos filmes complementarios firmados por este temible Robbe-Grillet (de nombre, hay que subrayarlo, bipolar), se ve la figura de un personaje en un sitio determinado, y a continuación, en el plano siguiente, vemos a otro personaje que está lejos de allí y sin embargo está contemplando al primero. El interior de una habitación de hotel puede ser percibido desde un tren que circula por el despoblado, y un policía sin pelo en la cabeza observa desde la calle a la mujer en quien piensa, que se halla, sin embargo, muy alejada de él. El espacio explorado en sus historias por este ambiguo Robbe-Grillet es el terreno espejeante y prodigioso del montaje fílmico hecho sobre el corte de los planos o découpage. Découpage omnímodo y (si se desea así en la mesa de montaje) drástico, inmisericorde, de lugares, imágenes, palabras, cabezas e incluso nombres.
     Hay pocos narradores compasivos, y el nuestro es de los menos virtuosos. Farsa, relato, viaje, son maneras antiheroicas de escapar a la realidad, de engañarla por medio de la risa, el oscuro, la ausencia, la palabra que hace "como si" restituyera lo real. Probablemente no hubo nunca un Mentiroso Jean Robin ni un Boris Varissa combatiente en la Resistencia, ni tampoco ningún traficante de cocaína víctima de sus fechorías, pues al final de Trans-Europ-Express vemos a ese Viajero del impermeable con su amada, vivo y feliz, en el vestíbulo de la estación ferroviaria de Amsterdam. De igual modo, el Narrador, quien corre los mismos peligros que el militante clandestino y el delincuente, no puede aspirar a otra heroicidad más que a la falta de certeza. Trabaja con fantasmas, a partir del trazo de un signo sobre el papel o la impresión de unas manchas de sombra sobre la película, y no dispone de métodos infalibles para conocer el valor de la verdad. Y sin embargo nos seduce —quizá por su lado diabólico o farsesco— con más fuerza que los seres verídicos.
     Termino con un hermoso relato, éste escrito, que otro Alain, seguramente el mismo Robbe-Grillet, publicó en su libro de 1962 Instantanés. Es una historia breve que trascurre simultáneamente en dos espacios contiguos. Mientras un estudiante trata de alcanzar la rama de un árbol en un jardín, en la vecina escuela un niño lee en voz alta a su clase un texto de historia. Pero el colegial se interrumpe a menudo, el profesor se impacienta, los demás niños siguen a duras penas la deshilvanada lectura, mucho más interesados por el monigote de papel blanco colgado en una pared del aula. Hay en la historia tres dimensiones mezcladas. El estudiante atento al árbol en el otro lado de la calle; el niño lector del texto de historia, que a veces se confunde, sin comillas, con la tercera persona narradora; los oyentes. En un momento dado, el profesor le pide al alumno que está leyendo que haga un resumen de lo leído, y el narrador responsable o por lo menos firmante, ese Robbe-Grillet del 62 con o sin bigote, con las cejas seguramente menos espesas y negras que hoy se queja, como buen maestro del montaje que es, de que el niño "daba demasiada importancia a hechos secundarios, y, por el contrario, mencionaba apenas, o nada en absoluto, algunos acontecimientos que trascurrían en primer término".
     Entretanto, el estudiante del jardín sigue encontrando inaccesibles las ramas del árbol, el pequeño lector continúa perdiéndose en los jardines de la historia de Francia, y el profesor acaba por interesarse más en el vano intento del joven parado junto al tronco que en la lectura de su clase. Mudo, inerte, burlón, el monigote de papel también sigue colgado en la pared del aula: "No tenía —aclara el narrador del libro— ni manos ni pies, únicamente cuatro miembros recortados toscamente y una cabeza redonda, demasiado gruesa, por donde habían pasado el hilo".
     La instantánea acaba con el triunfo del simulacro, única estrategia heroica que Alain Robbe-Grillet aceptaría haber defendido en todo momento de su largo viaje cuentístico y falseador. Y es que al final, las realidades vivas del estudiante y su árbol, el profesor y su falta de autoridad, la lectura aburrida sobre la conspiración de nobles y arzobispos que marcó un hito en la historia francesa, no consiguen superar la mentira grotesca de ese hombre ficticio que es el monigote. Así termina el relato: "Los niños miraron al profesor, después a las ventanas. Pero los cristales inferiores eran esmerilados, y por encima sólo podían distinguir la copa de los árboles y el cielo. Ninguna mosca ni mariposa chocaba contra el vidrio. Pronto todas las miradas se fijaron de nuevo en el hombrecillo de papel blanco".
     El microrrelato se llama, por cierto, "El sustituto". ~