Rescatando clásicos: The Village | Letras Libres
artículo no publicado

Rescatando clásicos: The Village

Con este texto inauguramos una serie dedicada a revalorar cintas menospreciadas por el público y/o la crítica.

ADVERTENCIA: Contiene spoilers.

Estrenada en el 2004, The Village marcó un punto de inflexión en la carrera de su director y guionista, M. Night Shyamalan, donde el antes Rey Midas de Hollywood se convirtió en una suerte de burla dentro de la industria: un realizador megalómano, obsesionado con actuar en sus propias cintas, en dirigir sus propios guiones y, sobre todo, en urdir finales sorpresivos, como el de The Sixth Sense, su famosa ópera prima, con el que en una escena obliga al espectador a volver a acudir al cine para reinterpretar sus historias. La carrera de Shyamalan –o, al menos, la carrera de Shyamalan como mago cinematográfico que al final cambia las reglas del juego- no podía durar. Sobra decirlo, pero para que una obra sorprenda es necesario que nadie espere la sorpresa. Y para 2004, no había un solo espectador en el mundo que no viera venir un giro de tuerca al final de una de sus películas.

Su declive dentro de las preferencias del público y la crítica es distinto al de otros directores. Con el tiempo, las cintas de Shyamalan dejaron de ser juzgadas como una obra completa y comenzaron a ser criticadas en base a ese giro de tuerca final. Si el giro funcionaba, la cinta era aplaudida. Si no, entonces la crítica la destrozaba. Más que en The Sixth Sense, la fantástica Unbreakable y la manipuladora Signs, en The Village el truco palideció frente al resto de la historia. La audiencia y la crítica sintieron que la revelación final demeritaba la atmósfera torva, tan cuidadosamente bordada, de la primera hora y media de la película. Lejos de amplificar la trama, de añadirle fuerza al conflicto central, el secreto de The Village la alejaba del género de terror que prometía en el trailer y la convertía en una suerte de fábula sobre el bien y el mal; sobre el intento infructuoso de preservar la inocencia a toda costa.

The Village gira en torno a una pequeña comunidad rural norteamericana, que aparentemente vive a finales del siglo XIX. Asentados en un pastizal rodeado de bosque, los habitantes de la aldea permanecen anclados a su pequeño valle por temor a las criaturas que viven entre los árboles: seres monstruosos que se sienten atraídos por el color rojo y con los que los habitantes han forjado una frágil tregua: mientras se mantengan dentro de sus fronteras, estarán a salvo de ellos. La historia abre con la muerte de un niño, hijo de uno de los decanos de la aldea, y es este deceso el que impulsa a Lucius (Joaquin Phoenix) a querer salir hacia los pueblos que yacen del otro lado del bosque, en busca de medicinas. Pero antes de que Lucius pueda llevar a cabo su plan, Noah (Adrien Brody), un hombre de la aldea que sufre de retraso mental, lo ataca, dejándolo gravemente herido. Aquí, The Village cambia de protagonista y se centra en Ivy (Bryce Dallas Howard), la prometida de Lucius, quien recibe permiso de su padre (William Hurt) para viajar rumbo a los pueblos y traer medicinas que salven a su novio. Ivy –ciega, de rostro angelical, interpretada con absoluta maestría por Howard- es una de las heroínas más memorables del cine reciente. Y no sorprende que haya sido esta interpretación la que catapultara a la hija mayor del realizador Ron Howard a la fama. Phoenix y Brody también están impecables en sus respectivos papeles. Quizás no haya ningún otro actor en Hollywood capaz de transmitir más diciendo menos como Phoenix. Como el resto de los habitantes de la aldea (emparentados con los niños perennes de Never Let Me Go), Lucius es una suerte de niño habitando el cuerpo de un adulto; un joven de llanto fácil, taciturno, tímido, pero valiente y curioso. Por su parte, Brody encarna el padecimiento de su personaje con una verosimilitud que nos obliga a recordar la magnífica interpretación de Leonardo DiCaprio, como el hermano enfermo de Johnny Depp, en la sutil y olvidada What´s Eating Gilbert Grape?, de Lasse Hallstrom. Los tres –Dallas, Phoenix y Brody- forman parte de un triángulo amoroso que brilla por atípico y trágico.

A diferencia de otros directores comerciales contemporáneos como Zach Snyder, Christopher Nolan, Marc Webb y Matthew Vaughn, Shyamalan es un narrador paciente, contemplativo y elegante. El director de origen hindú entiende que el cine está más emparentado con la pintura que con el teatro y, por lo tanto, desde The Sixth Sense, pero sobre todo desde Unbreakable, usa cada encuadre, no solo para contar sino para deleitar la pupila, llenar de información la pantalla y desentramar la historia de manera efectiva, pero casi siempre bella. Basta ver dos de las secuencias iniciales de su segunda cinta: la primera, en un tren, cuando un niño espía la incómoda conversación entre Bruce Willis y una reportera deportiva, y la segunda, después del accidente, cuando, Willis se entera de que es el único sobreviviente mientras el torso de una víctima se tiñe de rojo. Más que ningún otro director comercial, Shyamalan se atreve a narrar de maneras distintas, a extender sus tiros, a confiar en la atención del espectador. The Village no solo no es la excepción: es, a fe mía, la culminación de sus mejores instintos. Hay tiros tan hermosos, tan elocuentes, que casi no pertenecen en una sala de exhibición sino en un museo. Como aquella toma cenital que muestra el cadáver de Noah, en el foso:

O ese travelling larguísimo que sigue a Ivy mientras cuenta los pasos para llegar a casa de Lucius, que bien podría ser un cuadro de Andrew Wyeth:

En una época en la que el cine está plagado de ediciones frenéticas, con tiros que a duras penas llegan al segundo de duración, la paciencia de Shyamalan es encomiable.

(Y ni qué decir del score de la cinta: probablemente uno de los más hermosos de los últimos veinte años. Aquí una probadita:)

http://www.youtube.com/watch?v=JrH9IR-VK2c

Pero más allá del contenido visual de The Village, la cuarta cinta de Shyamalan lo confirma como un director incomprendido. Sus mejores giros de tuerca –The Sixth Sense, Unbreakable y este- sirven porque no solo alteran la narrativa de sus cintas, sino que las inscriben a otros géneros. En los últimos veinte minutos, su ópera prima deja de ser un thriller con tintes de horror para convertirse en una tierna historia de amor. El drama familiar de Unbreakable, mezclado con elementos de ciencia ficción, se transforma en una originalísima historia de superhéroes. Y, fuera de manchar el resto de la trama, al alejarla del género de horror, la revelación de The Village la convierte en una de las cintas más inteligentes sobre el concepto del Paraíso Perdido. Si bien la adaptación fílmica de The Beach es fallida, su contraparte literaria es una especie de prima hermana de The Village: dos obras que analizan la imposibilidad de crear un nuevo jardín del Edén cuando este se encuentra contaminado por los falibles impulsos humanos. Al final, cuando los decanos deciden justificar y olvidar la muerte de Noah, refrendando su intención de continuar en la aldea hechiza, es difícil creer que su utopía puede mantenerse en pie por mucho más tiempo. Y a pesar de que ciertas escenas se recargan hacia el melodrama, el tono pesimista de la cinta contrasta, de manera saludable, con el optimismo religioso y chambón de Signs, una película que brilla como drama íntimo de familia y zozobra como híbrido de thriller e historia de alienígenas. Después de todo, ¿qué se puede esperar de una sociedad en la que solo una joven ciega y su novio mudo ven las cosas como son y se enfrentan al status quo? Lucius, que ha visto de frente el corazón negro de los hombres, permanece inconsciente, mientras que Ivy, la única mujer que ha cruzado el bosque, no sabe lo que vio más allá de las fronteras. ¿Qué es más abyecto: el mundo real del que permanecen cobijados los habitantes de la aldea o la comunidad que manipula a su gente, que guarda secretos, en aras de conservar una inocencia ilusoria?

Se podría argumentar que a Shyamalan no le interesa responder, ni plantear, ninguna de estas interrogantes, pero eso sería demeritar el intelecto de un director que, aunque venido a menos, reinó durante casi diez años como el único verdadero autor del cine comercial norteamericano, capaz de escribir historias originales, llevarlas a puerto y dominar la taquilla con ellas. A Shyamalan se le ha catalogado como un director de misterio y horror. Entenderlo así es no haber visto, realmente visto, ninguna de sus cintas. Shyamalan es, primero que nada, un fabulista. Vuelvan a ver The Sixth Sense y cuenten cuántos sustos nos arranca. No más de dos (y los dos son efectistas, casi prescindibles). Lo mismo se puede decir de The Village, donde el terror es rápidamente desmantelado a favor de un mensaje que es, desde mi punto de vista, superior al de casi cualquier cinta que forme parte de ese género. A Shyamalan le interesan poco los fantasmas, los superhéroes, los alienígenas y los monstruos. Lo que le interesan son los seres humanos que aprenden a vivir con ellos, que aprenden a hacerles frente. Por lo tanto, como todo gran narrador, Shyamalan sabe que lo sobrenatural carece de peso si no está anclado en personajes de carne y hueso. Y son estos, y las historias que en ellos habitan, las que siempre le han interesado, y las que cuenta como pocos directores comerciales de su generación.